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sábado, 28 de mayo de 2011

Mirambel, la bella del Maestrazgo

Mirambel es otra de las localidades del Maestrazgo turolense con historia, en ella dejaron su huella los caballeros templarios y las guerras carlistas que dejaron un conjunto urbano que en 1980 fue declarado Conjunto Histórico-Artístico, por ser "villa cargada de historia, conservando el recinto amurallado y las construcciones notables sin alterar la imagen y el ambiente medieval".

En 1981, la Asociación Internacional Europa Nostra, le concedió la medalla de oro por las tareas de restauración llevadas a cabo en la villa. La medalla la entregó S.M. la reina Sofía a la que se le concedió el título de "Hija Adoptiva de Mirambel".

Las primeras referencias a la localidad se sitúan en el siglo xii, tras la conquista del asentamiento musulmán por el rey Alfonso II, aunque en esta zona ya se tiene constancia de asentamientos prehistóricos e íberos. La villa es entregada por Alfonso II a la Orden del Temple y perteneciendo a la Baylía de Cantavieja. El rey concede a Mirambel, en 1157, el Fuero Libre y en 1234, el Maestre de la Orden del Temple otorga la "Carta Puebla" que reguló el derecho de frontera, al ser considerada como un punto estratégico como posición fronteriza.

La historia de Mirambel sigue las mismas vicisitudes del resto de localidades del Maestrazgo, así, después de la disolución del Temple, pasará a manos de la Orden de San Juan del Hospital.

Para su protección, la villa se rodeó de una muralla de la que se conserva casi toda su estructura y sus puertas como: el Portal de San Roque, el de San Valero, el de la Fuente y el del Estudio. La puerta principal es el llamado Portal de las Monjas desde el que se accede al núcleo histórico de la localidad. El torreón de las Monjas fue construido entre los siglos XV y XVI y se ha convertido en el monumento más representativo de Mirambel.

En el siglo xix, Mirambel recupera su protagonismo estratégico durante las Guerras Carlistas, siendo un punto de encuentro entre liberales y carlistas, dentro del territorio controlado por el General Cabrera. Son numerosas las leyendas y las huellas que se conservan de este periodo.

En 1986 se rodaron en Mirambel varias escenas de la serie televisiva Clase media, y en 1994 se rodó gran parte de la película de Ken Loach Tierra y Libertad. En 1996 se grabaron varias escenas de la película En brazos de la mujer madura, de Manuel Lombardero.

El nombre de Mirambel proviene del latín «miror», admirar, y del catalán «bell», bella; Mirada Bella. Es otra bella localidad del Maestrazgo que no debe dejar de visitar.

Foto: Portal de las Monjas de Mirambel.

sábado, 21 de mayo de 2011

Curiosidades médicas en la Historia

Un ciudadano canadiense conocido solo como George fue, probablemente, la primera persona en practicarse a sí mismo una lobotomía, operación que consiste en cortar ciertas fibras del lóbulo frontal de cerebro. Deprimido por padecer una manía obsesiva que le hacía comprobar continuamente si las cosas estaban en su sitio, las ventanas cerradas y su cartera en el bolsillo, decidió suicidarse disparándose un tiro en la boca. La bala no le mató, pero penetró en el lóbulo frontal izquierdo de su cerebro. Cuando se recuperó de la herida, estaba en posesión de todas sus facultades, y curado de su obsesión.

Antes del descubrimiento de la anestesia en 1842, los médicos intentaban narcotizar por diversos medios a los pacientes que debían operar. Semiafixiarlos, emborracharlos, congelar la parte del cuerpo que debían intervenir, o hacerles inhalar los humos de plantas narcóticas quemadas eran los procedimientos más comunes.

Claro que, en esos mismos tiempos anteriores a la anestesia, la reputación de los cirujanos venia dada por la rapidez y destreza con que manejaban el escalpelo. En el siglo XVIII, el actor William Cheselden, del Hospital Santo Tomás de Londres, tardaba menos de un minuto en cortar, meter el dedo y extraer una piedra de la vejiga de un paciente. Más tarde, en el siglo XIX, el doctor, Robert Liston, del University College, se hizo famoso por el tiempo que tardaba en amputar una pierna: menos de 30 segundos.

En la antigua Babilonia, si un medico mataba accidentalmente a su paciente, se le condenaba a la amputación de ambas manos. Cuando el paciente era un esclavo, al galeno no le pasaba nada… pero estaba obligado a compensar al amo con un esclavo nuevo.

Además de cómo explosivo, la nitroglicerina también se utilizaba ya en el siglo XIX como un vasodilatador para curar la angina de pecho.

El cáncer también era frecuente en la prehistoria, según una investigación de los antropólogos alemanes Michael Schultz, de Gotingan, y Alfred Czarnetzki, de Tubingen. De los 80 esqueletos estudiados del cementerio prehistórico de Viesenhauser, próximo a Stuttgart, uno de cada cinco difuntos presentaban huellas de tumores malignos.

John Hunter, cirujano del rey Jorge III y uno de los mas destacados médicos de su tiempo, fue pionero en la cirugía de los trasplantes, al implantar el diente de una persona en la cresta de un gallo. Hunter murió a causa de los experimentos realizados consigo mismo.

A principios del siglo XIX, Francia importaba anualmente entre 30 y 40 millones de sanguijuelas. Estas eran utilizadas por los médicos para eliminar la sangre de las mordeduras de serpientes, y también como anticoagulante e cirugía plástica y de reimplantacion de extremidades semiamputadas. A causa de la demanda, estos chupadores de sangre llegaron a estar en verdadero peligro de extinción.

Hasta finales del siglo XIX, para saber si una persona era diabética, los médicos probaban la orina o la vertían en las proximidades de un hormiguero, con objeto de ver si el dulce atraía a los golosos insectos.

Antiguamente, para librarse de las pesadillas, se recomendaba meter tres mañanas seguidas las manos en el retrete; previamente se rociaba con aceite el sanitario.

Para curar la locura, los médicos babilonios recetaban al enfermo la hoguera o el entierro vivo, sistema que naturalmente acababa con la enfermedad de raíz.

La primera cesárea de la historia fue practicada a Elizabeth Alespachin en el año 1500 por su marido Nufer, un castrador de cerdos del poblado suizo de Turgovia.

A Virginia Argue, una californiana de 80 años, al ser operada de un supuesto tumor en el ovario derecho, se le encontró un diamante, incluso tallado. El medico supuso que pudo caer en el cuerpo de la mujer 52 años antes, cuando se le practicó una cesárea. Probablemente, se desprendió del anillo de una de las enfermeras presentes en la operación.

Durante años, la India ha sido el primer país exportador de esqueletos humanos, destinados a las aulas de medicina de diversos países europeos. El gobierno prohibió este comercio en 1987, ante los rumores de que la exportación propiciaba los asesinatos de niños, para luego vender sus cráneos. Ante la repentina escasez, el precio de los esqueletos se multiplicó en todo el mundo.

El vampirismo no es un fenómeno sobrenatural, sino una enfermedad. Así lo han diagnosticado psiquiatras sudafricanos, tras tratar diversos pacientes que tenían una necesidad imperiosa de beber sangre humana. Si no podían obtenerla, se cortaban las venas y bebían la suya propia.

En la Inglaterra del siglo XIX, las escuelas de medicina requerían tantos cadáveres para las practicas de sus estudiantes, que se organizó un verdadero mercado negro. Los avispados John Wiliam Burke y William Hare, al no poder encontrar cuerpos, los “fabricaban". Cuando fueron detenidos en 1930, se les atribuyeron entre 15 y 30 asesinatos. Fueron ahorcados junto con el doctor Knox, profesor de anatomía de la Universidad de Edimburgo, su principal cliente.

Foto: Robert Liston (1794-1847). Cirujano escocés

miércoles, 18 de mayo de 2011

Isabel II y Nicolás Salmerón

A continuación os pongo una anécdota que se cuenta entre la reina Isabel II y Nicolás Salmerón, quien fue Presidente de la 1ª República, cuando ambos se encontraban en el exilio en París. Es la siguiente:

"Tres meses después de morir Fernando VII, la reina María Cristina de Borbón casó en secreto con Agustín Fernando Muñoz, de humilde linaje de Tarancón. Una hija de dicho matrimonio, Josefa, casó con el príncipe Ladislao Czartoryski, del que tuvo un hijo, Augusto.

A la muerte de la reina María Cristina surgieron algunas desavenencias en torno al testamento que implicaban, como principal heredera, a la reina Isabel II, destronada entonces y residente en París. También exiliado se encontraba en la capital francesa el insigne abogado don Nicolás Salmerón, que después de haber sido uno de los cuatro primeros presidentes de la Primera República Española, vivía de su profesión de abogado, que lo era y eminente, al servicio de los españoles residentes o inmigrantes en Francia.

La familia Czartoryski encargó un asunto a don Nicolás y, al saberlo la reina Isabel II, se lamentó ante su amigo Tomás Rodríguez Rubí, de la Embajada española en París, de no haberlo hecho ella antes.

Rodríguez Rubí estuvo conforme en la honestidad y el saber de Salmerón, aunque hizo ver a la ex soberana que quizá no seria conveniente que Isabel II se pusiese en manos del gran jurista, consultó sin hablar con él, ya que era abogado de la parte contraria y republicano por añadidura.

— Lo que falta es que Salmerón quiera encargarse del asunto –dijo la reina por toda respuesta.

Rodríguez Rubí hizo las gestiones necesarias y pocos días después don Nicolás Salmerón se dirigía hacia el palacio de Castilla, residencia en París de la ex reina de España. Al ser recibido por ella no pudo menos que advertirle:

¾ Señora, soy republicano; no seré, pues, el abogado de una reina, sino que tendré una cliente española.

Isabel II, que tuteaba a todo el mundo, según costumbre real, le atajó y le dijo:

¾ El que sea usted o no republicano, es cosa que le atañe a usted y no a mí; yo he llamado al abogado más eminente y al hombre más honrado de España.

¾ Señora, el modesto abogado está a sus ordenes –contestó Salmerón.

Es fama que fue la única vez que Isabel II trató de “usted” a alguien. Salmerón cumplió con su deber a maravilla, solucionó el caso y no quiso cobrar minuta alguna. Al enterarse de ello Isabel II, le envió un retrato suyo con un marco de plata en el que estaban engarzadas perlas y piedras preciosas. Salmerón se quedó con el retrato y devolvió el marco con una carta de agradecimiento.

Poco tiempo después y con ocasión de una desavenencia con su marido, Francisco de Asís, Isabel II tuvo que recurrir de nuevo a un abogado, que fue en esta ocasión don Manuel Cortina. Solucionó este también el conflicto y como minuta solicitó de la reina un retrato suyo; pero acordándose de lo sucedido con Salmerón, precisó:

¾ Pero, majestad, que sea sin joyas.

A los pocos días, don Manuel Cortina recibía un retrato de Isabel II con una expresiva dedicatoria que terminaba: “…y, como ves, sin joyas”.

Y, efectivamente, en el retrato aparecía la reina sin brazaletes, collares, anillos ni pendientes, absolutamente sin ninguna joya".

Foto: Isabel II y Nicolás Salmerón.

jueves, 12 de mayo de 2011

El Marqués de la Ensenada, un gran reformador

Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada, encabezó la administración y la política interior durante la mayor parte del reinado de Fernando VI (1746-1759). De modestos orígenes en Alesanco (Logroño), donde había nacido de una familia de hidalgos, en 1701, era, sin embargo, un hombre capaz y seguro de sí mismo.

Se había formado en la escuela de Patiño, especializándose en la administración naval. En 1736 se vio recompensado por sus servicios en la reconquista de Orán (1732) y en la expedición a Nápoles (1733), con el título de marqués de la Ensenada. Fue promovido al cargo de secretario del almirantazgo, en 1737, desde donde comenzó a trabajar en la reconstrucción de la marina. Pero su carrera política culminó en 1743, cuando fue nombrado secretario de Hacienda, Guerra, Marina e Indias y, además, se le concedió el título de Secretario de Estado y superintendente de ingresos, convirtiéndose en el hombre más poderoso de España.

Ensenada llevó a cabo un programa reformador cuyas prioridades fueron: la reforma administrativa y financiera, el comercio de las Indias, la construcción naval, el reforzamiento del ejército y las relaciones con Roma.

Fruto de su política fue la creación de fábricas y compañías privilegiadas de comercio, la construcción de carreteras y puertos de montaña en Castilla, y la instalación de arsenales en Cádiz, Cartagena y Ferrol, lo que, unido a la modernización de las técnicas de ingeniería naval, permitió duplicar el número de barcos de guerra en muy poco tiempo.

Suya fue también la responsabilidad de la firma del Concordato de 1753 con la Santa Sede. Ensenada preparó la negociación y dispuso la formación de un comité de investigadores con la misión de buscar en los archivos todos los documentos que abonaran el punto de vista de la Monarquía española en materia de regalías.

A imitación del Banco de Inglaterra, creo, en 1751, el Real Giro para dotar a la Hacienda de un instrumento financiero eficaz, que le hiciera menos dependiente de los asentistas privados.

En cuanto al comercio americano, intentó acabar con el espíritu de monopolio y eliminar las principales restricciones sobre el comercio colonial. Para ello dio un nuevo impulso a la utilización de los navíos de registro, con preferencia sobre el sistema de flotas.

Pero el eje de su política económica fue el intento de establecer en Castilla una contribución única, planeada según los moldes existentes en la Corona de Aragón. Tras unos ensayos generales en determinadas provincias, Ensenada ordenó la realización de un Catastro de la riqueza y población de las veintidós provincias de Castilla, con el propósito de establecer en ellas la Única Contribución, inspirada en el Catastro catalán. En el Decreto de 10 de octubre de 1749 se manifestaba que la pretensión era reducir a una sola contribución las de millones, alcabalas, cientos, servicio ordinario y sus agregados, o lo que era igual, la variedad de las Rentas Provinciales. Un nuevo decreto, la Ordenanza de Intendentes, potenciaba la figura de esta institución, extendiéndola a toda la corona de Castilla, a la vez que se le encomendaba la dirección de la política económica del Estado, muy especialmente las operaciones del Catastro.

La gran innovación del Catastro de Ensenada era que, por primera vez, se iba a realizar un control de los súbditos, incluidos los estamentos privilegiados, con el consiguiente perjuicio para este sector de la sociedad. Al propietario de la tierra se le exigía la declaración de sus parcelas y su contenido. El impuesto recaería sobre el destinatario de la renta, tuviera esta la forma que fuese: de la tierra como propietario, de alquileres de casas, de réditos de censos o de la percepción de impuestos enajenados.

La oposición nobiliaria a esta iniciativa y la retirada del poder del marqués de la Ensenada provocaron el fracaso del proyecto, que en el reinado siguiente, con Carlos III, tampoco se hizo realidad.

El Catastro de Ensenada constituye en la actualidad una de las fuentes primordiales para el estudio del reparto de la propiedad castellana en el siglo XVIII.

Aunque Ensenada concentró sus energías en la reconstrucción interior, su caída, en 1754, vino provocada por sus discrepancias con Carvajal en política exterior, en concreto, por el Tratado de Madrid, por el que se llegaba a un acuerdo con Portugal para canjear la colonia de Sacramento por los territorios del Paraguay. Ensenada, que consideraba lesivo el tratado, se las ingenió para malograrlo. La muerte de Carvajal situó la crisis en primer plano. Los enemigos de Ensenada y los ingleses se aliaron contra el primer ministro consiguiendo su destitución y su exilio a Granada.

Con la subida al trono de Carlos III, Ensenada fue rehabilitado de nuevo. Su presunta implicación en los motines de 1766 le llevó al destierro a Medina del Campo, donde falleció.

Foto: Zenón de Somodevilla, marqués de La Ensenada, el gran reformador de la Armada española. Jacopo Amigioni (1750). Museo del Prado, Madrid.

miércoles, 11 de mayo de 2011

La Leyenda del Holandés Errante

La leyenda del Holandés Errante es la más famosa leyenda sobre un barco fantasma que nunca llegó a puerto y fue condenado a vagar para siempre por los océanos del mundo. El velero es siempre visto en la distancia, a veces resplandeciendo con una luz fantasmal. Si otro barco lo saluda, su tripulación tratará de hacer llegar sus mensajes a tierra, a personas muertas siglos atrás. Pues esta es su historia:

Una bruñida calina se cernía sobre las azules aguas de False Bay, campo de juego situado junto al mar, en la punta más meridional de África del Sur. Era un día ardientemente caluroso de marzo de 1939, y sobre las blancas arenas de la playa de Glencairn unas 60 personas descansaban junto a las cálidas aguas del océano Índico.

De repente, de la bruma surgió un magnifico buque totalmente aparejado, de los que comerciaban con las Indias Occidentales siglos atrás. Quienes lo vieron llamaron a los demás, y pronto la playa era un hervidero humano que comentaba la aparición.

Desapareció sin dejar rastro

Según la noticia aparecida al día siguiente en un periódico, el barco, con todas sus velas henchidas, pese a que no soplaba la menor brisa, parecía mantener el rumbo hacia Muizenberg.

El British Sount Africa Annual de 1939 informaba: "Como guiado por un misterioso empeño, el barco navegaba en línea recta mientras que los visitantes de la playa de Glencairn, sacudidos de su letargo, discutían vivamente los motivos y razones del barco, que parecía dirigirse hacia su propia destrucción en las arenas de Strandfontein. Pero, precisamente cuando la excitación alcanzaba su punto álgido, el misterioso barco se desvaneció en el aire, tan extrañamente como había aparecido".

En los días que siguieron a la aparición del barco fantasma se expusieron diversas teorías. Una de ellas afirmaba que los espectadores de Glencairn habían visto un espejismo, y que el barco misterioso era, por algún fenómeno de refracción de la luz, la imagen de algún barco que navegaba a varios cientos de millas de distancia. Como señalaban quienes lo vieron, el casco ancho y achatado, y la alta popa, e incluso el aparejo, eran muy distintos de cualquier buque moderno. Era inconfundiblemente un buque mercante del siglo XVII.

La señora Helene Tydell se hallaba aquel día en la playa, entre la multitud de testigos que presenciaron el hecho. "Digan lo que digan los escépticos, aquel barco no era otro que el Holandés errante", declaró.

Un hábil marino

Incluso antes de que inspirase a Wagner su ópera "Der Fliegende Hollander", la leyenda del Holandés Errante era conocida por innumerables generaciones de marinos de todo el mundo. Lejanos antecedentes demuestran que en 1680 un barco holandés que hacia la travesía a las Indias Orientales, mandado por el capitán Hendrik van der Decken, navegaba desde Amsterdam a la colonia de Batavia, en las Indias Orientales holandesas. Van der Decken, de disposición aventurera e intrépida, gozaba al parecer de pocos escrúpulos y de mala reputación. Pero era un hábil marino, y los propietarios del barco no tuvieron inconveniente en confiarle el mando del buque, pese a sus fanfarronadas en las tabernas del muelle, en las que afirmaba que volvería con una fortuna.

Todo pareció ir bien para Von der Decken y su tripulación mientras navegaron hacia el sur por los soleados mares tropicales, pero cerca del Cabo de Buena Esperanza un repentino temporal hizo jirones las velas y destrozó el timón. Conforme pasaron los días y las semanas, el barco era zarandeado a la altura del cabo, incapaz de avanzar frente al viento que soplaba en dirección sudeste. Según la leyenda, Van der Decken se enfureció cada vez mas al ver que ninguna de sus habilidades y conocimientos de navegación le servían para bordear el cabo. No hacía otra cosa que proferir juramentos.

Maldijo al todopoderoso

Aprovechando el desesperado animo de Van der Decken, el diablo le sugirió en sueños que desafiara el intento del todopoderoso de impedirle bordear el cabo. Ciego de rabia, el capitán holandés profirió el reto:

Frenético lanzó el espantoso juramento, gritando potentemente sobre el estruendo de la tempestad:

"Desafío al poder de Dios a detener el curso de mi destino y mi resuelta carrera.

Ni el mismo diablo despertará mi temor aunque tenga que surcar los mares hasta el día del juicio".

No se sabe quien citó por primera vez las palabras del capitán, pero el castigo llegó rápidamente cuando el Ángel del Señor ordenó que Van der Decken errase para siempre por los mares "hasta que las trompetas del Señor rasgasen los cielos".

El barco acabaría hundiéndose y la tripulación moriría, pero Van der Decken ha de proseguir su vigilia hasta el día del juicio final.

Van der Decken y su barco no llegaron nunca a Batavia. Desde 1680 son innumerables las gentes que han visto su barco.

Se dice que cualquier buque que aviste al barco fantasma tendrá mala suerte.

Así aconteció cuando el difunto Jorge V, guardiamarina en el buque de guerra británico Bacchante, vio el barco fantasma y a una figura en la popa vestida con un antiguo uniforme, mientras el Bacchante navegaba a 50 millas del cabo. Al día siguiente un miembro de la tripulación se cayó del aparejo del barco y se mató, sin que nadie pudiera evitarlo.

La última vez que se le vio en el cabo fue en septiembre de 1942, cuando cuatro personas sentadas en la terraza de Mouille Point, en la ciudad de El Cabo, divisaron al fantasmal navío dirigiéndose hacia la bahía de Table, para desaparecer tras la isla de Robben.

Opinión de los científicos

Los científicos siguen insistiendo en que lo que Jorge V y los bañistas de la playa vieron fueron espejismos, y que otros barcos se han visto del mismo modo. En cierta ocasión se divisó en Aden un barco correo que navegaba rumbo a la India. Su cuaderno de bitácora demostró más tarde que se hallaba a unas 200 millas de distancia.

Pero la ciencia no ha podido explicar aún los múltiples detalles análogos descritos por quienes han visto el barco, ni que el hecho de que los barcos de este tipo hubieran navegado por última vez hace ya más de 200 años.

La leyenda del Holandés Errante ha sido inmortalizada en todos los campos de la representación: novela, teatro, ópera y cine. Así la obra de teatro The Flying Dutchman (1826), del dramaturgo inglés Edward Fitzball, la novela The Phantom Ship ("El buque fantasma", 1837) de Frederick Marryat, la Ópera El Holandés Errante (1843.), de Richard Wagner y la película De Vliegende Hollander (“El Holandés Errante”)( 1995), dirigida por Jos Stelling, son buenos ejemplos de ello .

Foto: The Flying Dutchman de Albert Pinkham Ryder. 1896