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lunes, 24 de octubre de 2011

Las Cartillas de Racionamiento


Los años de la dictadura en España fueron tiempos de cartillas de racionamiento, de penurias, de escasez… Pero también dicen que el hambre agudiza el ingenio y de eso en este país vamos “sobraos”.
En los años 40, debido a la guerra,  a la política económica de Franco y al aislamiento internacional, en España escaseaban los alimentos. El gobierno decidió controlar la distribución de las mercancías, asignando a cada persona cierta cantidad de los productos básicos más escasos: azúcar, arroz, aceite, pan, judías..., que había que recoger con la Cartilla de Racionamiento. Estas cartillas se establecieron el 14 de mayo de 1939 y se suprimieron en 1952.
Funcionaba la distribución de alimentos mediante la asignación de una cartilla personal llamada "Cartilla de Racionamiento", que mediante cupones y previo pago de los mismos se asignaba a cada ciudadano, alimentos de primera necesidad. El suministro lo designaba la Comisaría General de Abastos que cada semana anunciaban públicamente el porcentaje, la cantidad y precio de los alimentos que se adjudicaban.
Cada ciudadano tenía asignado el proveedor o tienda de comestibles que podía utilizar. Era imposible adquirir de una forma legal cualquier alimento que no estuviera controlado por el Racionamiento, salvo que se acudiera al mercado negro que se llamaba "estraperlo", con precios por muy encima de lo establecido por la Comisaría de Abastecimientos. Las personas que se salían de la normativa legal tenían altos riegos de ser condenados con penas de cárcel.
«Las cartillas eran de 1ª, 2ª o 3ª categoría» en función del nivel social, el estado de salud y el tipo de trabajo del cabeza de familia. Los productos que se entregaban eran básicamente: garbanzos, boniatos, bacalao, aceite, azúcar y tocino; de cuando en cuando se encontraban maravillas como café, chocolate, membrillo o jabón. Rara vez se repartía carne, leche o huevos, que sólo se encontraban en el mercado negro.
Se presenta una tabla para hacer idea de los alimentos que se suministraba a cada persona por semana, que podía cambiar según las necesidades, cantidad y alimentos circulantes en cada momento según criterio de Comisaría de Abastecimientos.

-Un cuarto de litro de aceite.
-Cien gramos de azúcar terciada.
-Cien gramos garbanzos.
-Doscientos gramos de jabón.
-Un kilo de patatas.
-Un bollito diario de pan

La leche era uno de los bienes más preciados en un país que libraba una batalla contra el hambre que dejaron las balas. El pan, que era negro, porque el blanco era un artículo de lujo, quedó reducido a 150 ó 200 gramos por cartilla. Muchas veces en las casas se hacía el pan por la noche para evitar a los agentes de la Fiscalía, pero al día siguiente lo encontraban por el olor y decomisaban el pan. A veces la gente desenterraba los animales muertos y se los comía. Se tenía que contar con el permiso de las autoridades para hacer la matanza. Lógicamente la cantidad de comida era insuficiente y la gente tenía que buscarse la vida. Los gatos se degustaban por liebres (”dar gato por liebre”), patatas a lo pobre, patatas al Avión (patatas hervidas con laurel y un toque de colorante marca “el Avión”), leche aguada, guisos de castañas y bellotas, achicoria por café… Pero el más curioso de todos: “tortilla de patatas sin patatas ni huevos”.

La parte blanca de las naranjas situada entre la cáscara y los gajos se apartaba y se ponía en remojo a modo de patatas cortadas. Los huevos eran sustituidos por una mezcla formada por cuatro cucharadas de harina, diez de agua, una de bicarbonato, pimienta molida, aceite, sal y colorante para darle el tono de la yema.

No sé cuál sería el resultado final de esta peculiar tortilla pero no me diréis que no era ingenioso.

Foto: Cartilla de Racionamiento del Estado Español, Colección de Cupones de Racionamiento y Tarjeta de Abastecimiento de 1945.

viernes, 21 de octubre de 2011

Los pecados del Vaticano II: El Concilio Cadavérico


El episodio más macabro del papado es, sin duda, el conocido como "concilio cadavérico" o "sínodo del cadáver". 
Tras la muerte en 888 de Carlos el Gordo, el Imperio carolingio se desmembró, disputándose la corona dos facciones: la de los francos orientales o alemanes y la de los francos occidentales o franceses.

El entonces papa Formoso, hombre inteligente y activo, coronó en febrero de 891 a Lamberto de Espoleto, líder de los franceses, pero más tarde se retractó y un año después impuso la corona imperial a su rival Arnolfo de Carintia, rey de los francos orientales. A la muerte de Formoso, en el año 896, le sucedió Bonifacio VI, que sólo duró quince días en el pontificado, siendo elegido nuevo papa Esteban VI, un ferviente partidario de los Espoleto. 
La indignación por la consagración que había hecho Formoso de Arnolfo como emperador era de tal magnitud que, a instancias de Agiltrudis, madre de Lamberto, Esteban VI reunió y presidió un sínodo para procesar al difunto papa: se exhumó su cadáver momificado y, revestido de sus ornamentos pontificios, fue sentado en un trono y sometido a juicio. 
El proceso fue una pantomima: se acusó a Formoso de distintos delitos como el perjurio y la violación de cánones, y de su defensa se encargó un diácono que contestaba a las acusaciones en su nombre. Formoso fue condenado, se le despojó de sus dignidades papales, se le amputaron los dedos pulgar, índice y corazón de la mano derecha, que era con los que impartía la bendición, y se arrojó su cuerpo al Tíber. Según algunas crónicas, el cadáver quedó varado en las redes de unos pescadores, y según otras, fue recogido por un eremita, pero el caso es que se conservó y se le dio una sepultura clandestina. En el verano de ese mismo año se produjo una rebelión popular que terminó con el pontificado de Esteban VI, que fue encarcelado y más tarde estrangulado en la prisión. 
A Esteban VI le sucedió Romano y a éste Teodoro II, que celebró un nuevo sínodo para rehabilitar la figura de Formoso, volviendo sus restos a San Pedro con todos los honores dignos de un papa. El pontificado de Formoso abrió lo que se conoce como "siglo oscuro" o "siglo de hierro". A lo largo de esta centuria se sucedieron treinta papas, de los cuales más de la mitad murieron de forma violenta, a menudo después de ser depuestos y de sufrir cárcel, torturas y terribles mutilaciones.


Foto: Esteban VI en ‘el juicio al papa Formoso’ obra de 1870 de Jean-Paul Laurens, Museo de Bellas Artes de Nantes
Fuente: Revista Memoria, Historia de cerca, nº XXXI. www.revistamemoria.es

jueves, 13 de octubre de 2011

El Caballo de Troya


Mientras los griegos buscaban el modo de entrar en Troya, ciudad que mantenía un asedio de  diez año en los que ni Agamenón, Ulises ni Aquiles habían logrado traspasar sus muros. Entonces el inteligente Odiseo ordenó la construcción de un enorme caballo de madera. El caballo debía tener la particularidad de estar hueco por dentro, para que los soldados se pudieran esconder en él.
Una vez que la estatua de madera fue construida por el artista Epeo, Odiseo y treinta y nueve guerreros griegos más se introdujeron en el hueco del caballo. El resto de la flota griega se retiró abandonando al caballo, para que los troyanos creyeran su retirada, siendo Sinón el único hombre dejado atrás.
Cuando los troyanos se percataron de la presencia del caballo se maravillaron ante sublime creación, mientras que Sinón fingió estar furioso con los griegos por haberle dejado atrás.
Sinón les hizo creer a los troyanos que el caballo era un regalo de los dioses a modo de amuleto para que Grecia ganase la guerra. De hecho, el tamaño del caballo era inmenso para que los troyanos no lo pudieran introducir en la ciudad, y así robarles el amuleto que les daría la victoria definitiva en la guerra.
Casandra, portadora del don de la profecía, se opuso a la introducción del caballo en la ciudad, ya que sabía que ese sería el fin de Troya, pero la maldición del dios Apolo evitó que nadie la creyera. Esa misma noche, los troyanos celebraron lo que creían que era su victoria introduciendo el caballo en Troya con todo el esfuerzo que fue necesario.
Una vez que el caballo se encontraba dentro de las murallas de Troya, el ejército griego regresó sigilosamente durante la noche. Cuando Troya dormía, Sinón dejó salir a los guerreros griegos del caballo, y masacraron al pueblo troyano.  Los soldados abrieron las puertas de la ciudad a sus compañeros  y esa misma noche la inexpugnable Troya cayó en manos de los griegos. Príamo, el rey de Troya, fue asesinado mientras se acurrucaba en el altar de Zeus, y Casandra fue arrancada de la estatua de Atenea, violada y abandonada a su propio destino, un destino que su maldición le impediría evitar.

Foto: Fotograma de la película "Troya" con los troyanos celebrando junto al caballo la retirada de los griegos.


lunes, 10 de octubre de 2011

El Tío Jorge


Jorge Ibor y Casamayor «el tío Jorge» era un labrador honrado y vecino del Rabal, antes de la Guerra de la Independencia. Durante ella fue un jefe popular y uno de los que más se señalaron por la exaltación de su patriotismo y su carácter determinante.
Fue nombrado capitán de la Guardia del General y murió como consecuencia de las fatigas y del afán que había sostenido durante el sitio de Zaragoza en noviembre de 1808 con cincuenta años.
Participó en el levantamiento popular de mayo, pidiendo las armas de la Aljafería y deteniendo en ella a Guillelmi, y fue quien encabezó el grupo de labradores que fueron a La Alfranca para instar a Palafox a que tomase el mando.
El mismo Palafox lo nombró capitán de la «Compañía de Escopeteros del Arrabal» que hacía las funciones de guardia personal del capitán general.
Lo cierto es que no murió de fatigas sino por la epidemia de tifus que comenzó a extenderse por la ciudad justo antes de la segunda llegada de los franceses, el 15 de noviembre de 1808. Por expreso deseo de Palafox fue enterrado en el panteón de la ilustre casa de los marqueses de Lazán.

Con motivo del centenario de su muerte, la ciudad de Zaragoza le dedicó una placa en la casa en la que nació en el barrio del Arrabal, en la que podía leerse:



Al "Tío Jorge", al insigne ciudadano D. Jorge Ibor y Casamayor, espejo de patriotismo en el alzamiento de Zaragoza, brazo invicto de su primera defensa, dedican esta memoria, con ocasión del primer Centenario de los Sitios, la Patria y la Ciudad, agradecidas".


Foto: Monumento al  tío Jorge de Angel Orensanz (1968) situada en el Parque tío Jorge de Zaragoza.

domingo, 9 de octubre de 2011

La Galana


Juana Galán, apodada "La Galana", fue una famosa guerrillera, de las muchas que hubo a lo largo de la Guerra de la Independencia (1808-1814).
Nacida  en Valdepeñas en 1787, Juana era la mayor de siete hermanos de una familia burguesa que regentaba una fonda y taberna a la entrada de la villa. El trabajar en el negocio familiar le proporcionaba una excelente fuente de información, siendo considerada la mujer mejor informada de la localidad.
Cuando el 6 de junio de 1808, la villa de  Valdepeñas tiene que defenderse  contra las tropas de Napoleón (la Contienda de Valdepeñas), ella misma animó a las mujeres a salir a luchar ante la falta de hombres suficientes para hacerlo. Las mujeres colaboraron en el combate vertiendo por las ventanas agua y aceite hirviendo sobre la soldadesca francesa, mientras que Juana se armó con una porra y salió a la calle a luchar cuerpo a cuerpo contra la caballería francesa. Gracias a esta contienda, los franceses abandonaron toda la provincia de La Mancha y se retrasaron en la batalla de Bailén, que acabó en victoria para los españoles. Por esta acción se le concedió a la villa de Valadepeñas el título de "Muy Heroica".
Juana Galán contrajo matrimonio el 2 de mayo de 1810, con Bartolomé Ruiz de Lerma, natural de Valdepeñas , con quien tuvo dos hijas. A causa de su último parto falleció el 24 de septiembre de 1812, el mismo día en que se declaraba La Mancha liberada de las tropas napoleónicas, con la entrada triunfal de Francisco "Chaleco" en Valdepeñas.
La acción de "La Galana" supuso para la ciudad de Valdepeñas un símbolo histórico-artístico de resistencia, heroicidad, fortaleza, patriotismo, y, sobre todo, de liberación feminista.
Ha sido representada en numerosas obras de arte local. Se la suele representar de pie, sosteniendo sobre la mano derecha una cachiporra, y en la izquierda sujetando a un soldado francés. También se la ha representado en el teatro en obras sobre la batalla de Bailén y la contienda de Valdepeñas.
En 2008, la compañía teatral toledana La Recua, utilizó a este personaje como protagonista de una recreación de unos mitificados fusilamientos, que amenizaba un mercado goyesco que recorrió varios puntos principales de España como acto principal del bicentenario de la Guerra.

Foto: Estatua de Juana "La Galana" en Valdepeñas, del escultor madrileño Francisco Javier Galán