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sábado, 12 de noviembre de 2016

La revuelta Irmandiña (1467-69)

Recreación irmandiña
Para el profesor Carlos Barros, la revuelta Irmandiña se trata de una revuelta social paradigmática para poder entender el tránsito a la modernidad de nuestra patria. La sociedad se libera de la vieja clase feudal, y, en el caso de Galicia, surge desde abajo, pasando a la modernidad en el 1467, con la destrucción de las fortalezas.

Se da por sus propios medios, un mínimo de violencia social, espontánea pero consciente, y un fuerte protagonismo social.  Los Reyes Católicos llegan en los años 80 y consolidan su poder sobre los señores. El trabajo duro ya estaba hecho. Aquí, tenía como problema para el poder la nobleza levantisca, derrotada por los Irmandiños, pero que intentaban de nuevo restaurar el orden social existente antes de la revuelta. A los restantes nobles les conceden el exilio dorado.

Arzobispo Alfonso III Fonseca
El cardenal Tabera (El Greco)
La fuente directa es el “Pleito Tabera- Fonseca”, concordia entre el arzobispo de Compostela Alonso III de Fonseca, y su sucesor en el cargo Juan Tabera. Esta es una fuente documental para la comprensión fundamental del patrimonio del arzobispado en los siglos XV y XVI y los hechos relacionados con las guerras Irmandiñas, consta de 204 declaraciones verbales de protagonistas y descendientes. Es la propia voz de la revuelta.

El origen de la revuelta está en el aumento de la presión por parte de los señores sobre sus vasallos. Aquí, los malos usos significan recurrir al secuestro, al robo, a la violencia pura y dura. En 1465, las ciudades de Galicia piden Hermandades al rey Enrique IV, que, a comienzos de 1467, concede la extensión de la Hermandad de Castilla y León, con el fin de mantener el orden público. Guardar esa orden, para ellos, era destruir las fortalezas y expulsar a los señores —malhechores—. Esta tardanza se puede deber al miedo, transmitido por la alta nobleza, a que esas Hermandades fuesen movimientos de revuelta. Aquí, las alianzas entre campesinos, burgueses y nobles se dieron en el marco de la Hermandad. También participó la Iglesia, sobre todo, cabildos catedralicios, clérigos y el capitular, así como la baja y media nobleza y agraviados, caso de Alonso de Lanzós. El rey Enrique IV también apoyó este movimiento. Ruy Vázquez, clérigo irmandiño escribe en la “Crónica de Santa María de Iria” que “los señores quedaron desnudos como vinieron al mundo, sin tierras y sin vasallos”.

En dos meses, entre que viene un corregidor de Enrique IV a Compostela a la Iglesia de Santa Susana y la destrucción de fortalezas, viene a confirmar la teoría de la nobleza, sobre todo de don Pedro Álvarez Osorio, conde de Lemos. También, don Pedro Pardo de Cela le dijo al conde de Lemos que “ynchiese los carballos con sus vasallos,” aunque el conde de Lemos habría de vivir de esos “carballos”. La existencia de las Hermandades daría lugar a un movimiento señorial. Fue una especie de comunidad de agraviados por parte de los señores de las fortalezas.

Enrique IV Trastámara
Los Irmandiños detentaron el poder durante dos años, desde la primavera de 1467 a la primavera de 1469, en nombre del Rey, mediante la Junta General del Reino de Galicia. Vivieron dos años sin señores. En 1469, tres ejércitos señoriales penetran en Galicia al mando de don Pedro Madruga (Portugal), del arzobispo de Santiago (Salamanca), y del conde de Lemos (León), derrotando a los Irmandiños. Las ciudades aguantaron, por lo menos, dos o tres años el intento de recuperación por parte de los señores, llegándose a negociaciones. Hubo, por tanto, un intento de restauración, con, incluso la ejecución, mediante la horca, de varios alcaldes de la Hermandad en la tierra de los Andrade. Fernando de Acuña y García López de Chinchilla llegaron enviados por los Reyes Católicos para imponen la autoridad real, activando, de paso, a los irmandiños mediante milicias, para luchar con la nobleza levantisca. A través de la Audiencia de Galicia se inicia un proceso de regresión de las rentas jurisdiccionales.

Cartillo de Monterrei, escenario de una de las más importantes
 batallas de la Gran Guerra Irmandiña
Todos los grupos que integraron la Revuelta Irmandiña acabaron por triunfar. Los campesinos se libran de lo más duro de la presión señorial, y acceden a la pequeña propiedad a través de los foros. La burguesía consigue el apoyo directo del Rey, a quien compensan con su apoyo durante la Guerra de las Comunidades. La Iglesia sustituye a la nobleza laica, una vez que esta es descabezada, primero por los Irmandiños y después por los Reyes Católicos. Al mismo tiempo la Iglesia gallega se ve cada vez más dependiente a la castellana, por lo que va dejando sus tierras en manos de la hidalguía, que será la clase dirigente a partir del XVI.

En conclusión, el tránsito a la Modernidad no es algo superestructural, sino que afecta al conjunto de la sociedad, además de ser un cambio en el modo de producción. El concepto de modernidad se aplica al Antiguo Régimen.

Fase final de la Guerra Irmandiña. Reacción de la nobleza
El Estado recupera, ahora, el control sobre el ejército, la hacienda y la administración de la justicia, imponiéndose a la nobleza, y con el apoyo de las clases populares y la burguesía. La nobleza pasa a ser una nobleza de servicio. Pesan más las rentas públicas que las jurisdiccionales. Otro cambio estructural importante es el papel que, el comercio y las ciudades, van a jugar en la Modernidad.

En el ámbito de las mentalidades, digamos que el primer motor importante es la nueva mentalidad sobre la justicia, la seguridad y la paz, algo que consiguen los Reyes Católicos, desde arriba. Los Irmandiños lo intentaron desde abajo. Se produce en el ámbito de la cultura y las mentalidades una convergencia entre el humanismo social y el humanismo letrado, así como el imperio de la ley, que pasa a ser un elemento indispensable con las “Partidas”. Pasamos de la sociedad tri‑funcional a la sociedad estamental, bajo la soberanía de una monarquía católica que tenía, ya, el monopolio de la violencia.

Pero el acceso a la Modernidad tuvo un precio. En el ámbito religioso, homogenización forzada en torno al cristianismo (expulsión judíos en 1492 y de los moriscos en 1609, obligados antes con los Reyes Católicos a convertirse). Nace la Inquisición que margina la cultura popular.

Los Reyes Católicos
Otro precio a pagar fueron las nacionalidades históricas surgidas en la Baja Edad Media, en Castilla éstas son desprovistas de sus instituciones propias; mientras que en Aragón fueron conservadas. Con el matrimonio entre Fernando e Isabel se impuso el centralismo castellano al pactismo aragonés. En el ámbito de las lenguas, no hubo un decreto que los prohibiese, sino simplemente un proceso administrativo de la imposición cotidiana. Ese proceso se da de una manera más clara en el siglo XVIII. Los caminos del progreso y la modernidad no son lineales, y es tarea del historiador explicarlos siempre con la idea de no entender la historia como un movimiento de élites, sino como una evolución de la que participa toda la sociedad.

14 de julio de 1535: la conquista del fuerte La Goleta

El Emperador Carlos I
En julio de 1535 el Emperador Carlos I, en vista de los daños que causaba en las costas e islas del Mediterráneo, pertenecientes a los reinos cristianos el famoso corsario tunecino Haradin Barbarroja, determinó realizar una expedición a Túnez y arrasar aquellos nidos de piratas.

Para ello invitó a los monarcas interesados a formar parte en la expedición. A ella se adhirieron todos los reinos de Europa, excepto Francia, cuyo Rey, a pesar de titularse cristianísimo y en cuyas costas mediterráneas hacían estragos los piratas africanos, se dice que avisó al Rey de Túnez del peligro que le amenazaba. Conocida era su rivalidad con el Emperador.

Haradin Barbarroja
En breve espacio de tiempo se reunió, en Barcelona, una potente Armada que constaba de 12 galeras pontificias a las órdenes de Virginio Morisco; 27 galeras de la orden de Malta; y hasta 400 más de Portugal, Cerdeña, Nápoles, Génova y Flandes, llamando la atención por su magnificencia los barcos españoles, cuya capitana, mandada por Andrea Doria, ostentaba 24 banderas de brocado de oro con las armas imperiales.

La expedición iba regida por el propio Emperador, asistido de sus célebres capitanes: don Álvaro de Bazán, marqués del Vasto; don Hernando de Alarcón, duque de Alba; don Antonio Doria; don Antonio de Saldanha; don García de Toledo; don Berenguer de Requesens; don Bernardino Mendoza, duque de Nájera; y otros ilustres próceres y caudillos. La tripulación estaba compuesta por 17.000 españoles, 8.000 alemanes, 5.000 italianos y muchos aventureros de otros países.

La Escuadra partió de la capital del Principado, el 30 de mayo de 1535, con rumbo a Cerdeña, donde se le unieron otras naves y desde donde pusieron rumbo a las costas tunecinas, yendo en vanguardia los portugueses, en el centro el grueso de la flota con el Emperador al mando y a retaguardia el resto de la Escuadra con don Álvaro de Bazán, llegando el 14 de junio a la costa de La Goleta, donde ya eran esperados por los tunecinos.

La Goleta se hallaba situada en la costa, en la boca de un canal que une a Túnez con el mar, y sus fortificaciones eran robustísimas, resguardadas por un ancho foso y cuya guarnición estaba al mando del famoso pirata de Esmirna, Sinan el judío.

Ataque a La Goeta. Tapiz del Palacio Real de Madrid
El Emperador empezó por atacar la fortaleza, las trincheras y las baterías, comenzando el bombardeo el día 15 con 80 cañones. El fallo estuvo en no haber arrasado unos olivares próximos a su campamento, lo que dio lugar a que Barbarroja emboscase en ellos varios escuadrones que, atacando de improviso y ayudados por una salida vigorosa que hizo la infantería de la guarnición en la mañana del 24, día de San Juan, causaron gran alarma en el campo y muchas bajas entre las tropas cristianas, pereciendo entre otros don Luis de Mendoza y los alféreces Lara y Liñán, pero se les pudo rechazar y obligarlos a regresar a la fortaleza.

Salida de los sitiados del fuerte La Goleta
los tunecinos hicieron una nueva salida el día 26, en la que el Emperador corrió grave peligro y estuvo a punto de caer prisionero pues cargó, lanza en ristre, al frente de su escolta sin mirar por su propia seguridad, consiguiendo con su ejemplo rechazar las tropas auxiliares de Barbarroja que pretendía hacerle levantar el sitio.

En estos días se presentó en el campamento cristiano ante el Emperador el rey de Túnez, Muley Hassan, destronado por Barbarroja, pidiéndole protección para recobrar su trono, y ofreciéndole su ayuda, a lo que accedió el Emperador.

El bombardeo continuaba sin causar gran daño a la fortaleza, por lo cual, y por consejo de don Hernando de Alarcón, se establecieron nuevas baterías que consiguieron derribar la torre principal, ordenándose el asalto por la brecha resultante. Al no estar del todo libre el paso se hubo que sostener un largo y sangriento combate cuerpo a cuerpo hasta que, animados por el Emperador, entraron en la fortificación arrasándolo todo y acuchillando a los 1.500 veteranos que quedaban dentro, de los 6.000 que formaban la guarnición al mando de Sinan.  Quedaron en poder de las tropas imperiales los 40 cañones que se encontraban en La Goleta además de los víveres, municiones y los 42 buques de la escuadra de Barbarroja, que estaba anclada en el lago, y que se rindió sin ofrecer resistencia. Se tomó la fortaleza el 14 de Julio, tras un mes de asedio.

Asedio a La Goleta
En el primer asalto se distinguió el alférez Marmolejo, que llegó a plantar la bandera de su compañía en el muro, pero herido en el brazo derecho, cogió la bandera con los dientes y la espada en la izquierda, salvándose desangrado, pero con su enseña.

En el segundo, el alférez Diego Ávila fue el primero que clavó su bandera en el muro, cayendo muerto al pie de ella, animando a su gente y, según documentos de la época, los primeros en asaltar el muro fueron los soldados Miguel de Salas y Andrés Toro, ambos naturales de Toledo, distinguiéndose además don Álvaro de Bazán y el Príncipe de Salerno.

don Andrea Doria
Tomada La Goleta, la decisión del Emperador fue la de continuar a Túnez para reponer a Muley Hassan en eltrono, y dejando a Andrea Doria al mando de la plaza, partió a la conquista de aquella ciudad. Las bajas españolas no llegaron a 1.500.

El resultado de la expedición fue un gran éxito para el Emperador Carlos ya que la flota del corsario Barbarroja fue destruida y en Túnez quedó establecido un protectorado español, mientras se iniciaban una serie de obras de fortificación en La Goleta.

Esta fortaleza era un punto estratégico de gran importancia. El fuerte de La Goleta constaba de un cuerpo central cuadrado y cuatro bastiones (Goleta la Vieja), pero este primitivo recinto de tiempos de Carlos i quedó luego incluido dentro de la nueva fortificación que Felipe II encargó al ingeniero italiano II Fratino, en 1565, para reforzar las defensas de la plaza, y que estaba provista de seis bastiones (Goleta la Nueva).