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miércoles, 21 de marzo de 2012

El Adulterio en la Edad Media y la Justicia


Uno de los temas de gran relevancia en la vida social, religiosa y legislativa medieval era el tema del adulterio, al igual que en la literatura poética y narrativa. Enmarcado en la época en la que el amor cortés fue tanto una creación poética, como un ideal social o un código de amor.
En la Edad Media era habitual que, en casos de adulterio de la mujer, el marido ofendido asesinase a los amantes o se tomase la justicia por su cuenta sin esperar la intervención de las autoridades judiciales. Los mayores castigos y penitencias por adulterio eran impuestos a mujeres más que a hombres, lo que corroboraba los diferentes criterios entorno al adulterio. El  marido se va  convirtiendo, poco a poco, en el garante del cuerpo de su mujer,  aumentando  así el  control sobre la esposa. Así se denominaba “adulterio” a la relación extramatrimonial de la  mujer, mientras que a la del marido se la denominaba simplemente “mancebía”. El  adulterio  femenino era  considerado como una  falta grave, que atentaba contra el honor del marido y de la  propia  familia, en  tanto que la  infidelidad del marido no  producía  deshonra  alguna para la mujer, por esta mentalidad, ambos actos tenían diferente tratamiento judicial.
Los actos cometidos por el marido ofendido se justificaban, según consta en documentos del siglo XV, por actuar movido por el dolor o el deseo irrefrenable de venganza. Hacia el final de la Edad Media no tenían muy claro el juzgar por estos delitos.
La Lex Julia romana establecía que el marido ofendido podía matar al amante de su esposa adúltera, mientras que el padre de la esposa tenía potestad de matar a ambos amantes adúlteros si los hallaba juntos. Pero si el marido despechado mataba también a su esposa o el padre de ella mataba solamente a uno de los amantes, éstos eran perseguidos y juzgados aunque la magnitud de las penas aplicadas era inferior a las cometidas por los adúlteros.
El Código de Justiniano, dificultó que el marido engañado pudiese matar a su esposa adúltera con impunidad legal. Según se refleja en la Novelae 117, del 542, el marido engañado debía dar tres avisos escritos a los adúlteros, cada uno delante de tres testigos fiables, y si después de tres avisos volvía a encontrarlos juntos, entonces podía matar al amante. A la mujer no la podía matar sin ser acusado de asesino aunque la hubiera acusado previamente de adulterio.
El Derecho Germano, reconoció al marido el derecho de matar a ambos amantes con total impunidad si los sorprendían juntos.
Para los burgundios, el adulterio era considerado como “pestilente” así, la mujer adúltera era estrangulada y arrojada a la ciénaga inmediatamente mientras que, los galo-romanos establecían que los adúlteros sorprendidos en flagrante delito fuesen muertos en el acto “de un solo golpe” y los francos consideraban el adulterio como una mancha para la familia por lo que la culpable debía ser castigada con la muerte.
En el Liber Iudiciorum o Lex Visigothorum, el adulterio era castigado con la esclavitud del adúltero respecto al cónyuge inocente, pero en caso de ser adúltera la mujer el marido podía darle muerte, pudiendo matar también al amante si los sorprendía “in fraganti”. Los delitos de lesiones o daños personales eran castigados con el talión, pero sólo en casos de lesiones premeditadas.
La mayor parte de los fueros altomedievales castellanos inspirados en el Fuero Juzgo dotaron al marido del derecho de matar a ambos así, según el Derecho Castellano, el marido estaba facultado para matar a los adúlteros si así lo deseaba y para disponer de sus bienes como quisiera. Ahora bien, y como se recoge en el Fuero Real (1252-1255), no podía vengar la afrenta sufrida con la vida de uno solo de los adúlteros y perdonar la del otro; o los dos o ninguno. El Ordenamiento de Alcalá de Henares (1348) se hizo eco de esta filosofía penal:
“Si el esposo los hayare en uno, que los pueda matar, si quisiere, ambos a dos, así que no pueda matar al uno, y dexar al otro.” 
Las Leyes de Toro (1505) establecieron que quienes se tomaran la Justicia por su mano no recibirían la dote de sus esposas ni los bienes de sus amantes, si primero no lo  reclamaban ante los tribunales. Con ello se pretendía evitar las alteraciones de la paz ciudadana que traían aparejadas estas acciones, ya que la familia del amante muerto exigía también venganza.
En Francia, al sur del valle del Loira, existía la costumbre de someter a la pareja de adúlteros  a efectuar  un paseo, atados incluso por el sexo, durante el que sufrían todo tipo de insultos, pullas y burlas. La Iglesia luchó por erradicar esta práctica y llegaron a darse casos, como en Bayona en 1394, en los que el obispo excomulgó a toda la comunidad.
Pero no todos los casos de adulterio terminaban con la muerte de los amantes, ni siquiera con la disolución de los matrimonios afectados, ya que era tan habitual que el marido matase a su esposa adúltera como que le otorgase su perdón y volviese a realizar «vida maridable» con él.
Cuando el marido  engañado quiere perdonar a su mujer y volver  con ella, tiene que otorgar le  obligatoriamente una carta de  perdón. Estas cartas,  denominadas desde el siglo XIV «cartas de  perdón de cuernos» se nos han  conservado en gran  cantidad en los archivos notariales del siglo XV y  consisten,  sencillamente, en un  reconocimiento expreso que el marido otorga ante un escribano y  testigos de que  concede su  perdón a la mujer, le  disculpa cualquier «yerro e maleficio» que le haya hecho y la admite de nuevo  junto a él. Con esta carta la mujer solicita, y  normalmente  obtiene sin ningún  problema, la carta de perdón real.

Foto: El marido y el padre de la esposa adúltera tenían la potestad legal de matarla junto con su amante.

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