lunes, 18 de abril de 2016

El naufragio del mercante holandés “Le Constant”. Una terrible historia

Simulación del Naufragio del Le Constant
La historia que os voy a contar es una de las historias más terribles que hayan podido vivir unos marineros a finales del siglo diecinueve cuando el buque Le Constant naufragó en los mares de la India en 1858.
El propio capitán del buque náufrago, Vystenhoven, marra de su propia mano este terrible y espantoso acontecimiento:

«El 27 de agosto la gran chalupa se encontraba frente a la altura de las islas Felem, donde debían concedernos hospitalidad al día siguiente. Pero no nos atrevíamos a abordar en aquellas islas por temor a los salvajes, que en todos aquellos archipiélagos son de la misma raza, y ya nos habían enseñado a desconfiar de ellos. De día en día nuestras fuerzas se agotaban de una manera visible; nuestra debilidad iba en aumento, y ya ni teníamos aliento para empuñar el remo; para colmo de males, tuvimos mucho viento contrario y mar gruesa, y los víveres se nos habían agotado; ya habíamos devorado pedazos de tela, de cuero, y todo cuanto tuvimos a mano; y por último, nos vimos obligados a tomar la fatal resolución de sacrificar a uno de nuestros semejantes para salvar a los demás.

Después de muchos días de angustias y privaciones de toda especie, en aquella horrible necesidad, tuvimos que decidirnos por adoptar tan espantosa resolución. Decidimos matar a un negro de bengala que para nosotros era una verdadera carga, pues se había negado tenazmente a ayudarnos en el trabajo; debíamos echar a suertes, pero todos se oponían a que el piloto y yo entrásemos en ellas, y después vinieron las plegarias. Uno de los marineros decía que su madre era anciana y que no tenía en el mundo más apoyo que él; otro nos pintaba la aflicción de su mujer y de sus hijos; en fin, ninguno quería morir: se decidió, pes, sacrificar al negro. Sin embargo, tomada ya esta resolución, nos faltaba el valor para ejecutarla, y lo dejamos para el día siguiente, abrigando la esperanza de encontrar un buque o una isla, con lo cual no nos atormentarían los remordimientos por haber derramado sangre humana.

El día siguiente pasó como los demás, sin una vislumbre de esperanza. Cuatro días pasamos así entre la vida y la muerte… el quinto día, antes de salir el sol, nos era imposible luchar por más tiempo contra el hambre…sentíamos los síntomas de la rabia, y matamos al negro.

Después de habernos comido al negro y roído sus huesos, echamos pajas para ver a quienes tocaban sus huesos. Los favorecidos por la suerte los tostaron al fuego, y los devoraron sin dejar un átomo de ellos. Esta horrible escena tuvo lugar el 5 de setiembre de 1858. Jamás olvidaré aquel horrible festín con el que almorzamos a las ocho de la mañana del citado día. El mismo día a las once de la mañana vimos a lo lejos las velas de un gran buque. Un grito unánime se escapó de nuestros pechos oprimidos. ¡Nos hemos salvado! ¡Nos hemos salvado!

Pero ¡ay, que no debía ser así! ¡Nuestro destino no estaba cumplido! ¡Todavía no habíamos sufrido bastante!

Atamos muchos remos unos a otros, y en la extremidad de este mástil improvisado clavamos una bandera, con la esperanza de que nuestras señales serían vistas. Vimos perfectamente pasar el buque a una distancia de cuatro millas.
Nueva Guinea Papua
El viento que nos empujaba por detrás reanimaba nuestras esperanzas y nuestras fuerzas; todos nos pusimos a remar…pero fue en vano. El buque que podía salvarnos pasó adelante.

Una ligera brisa se levantó, pero nuestras esperanzas se desvanecieron. Cuando vimos las velas del buque desaparecer en el horizonte, quedamos sumergidos en la más profunda desesperación. ¡Oh y qué cruel es ver desaparecer así la última tabla de salvación! Habíamos hecho todo lo posible por ser vistos por la tripulación del buque.

Desde aquel momento la resignación reemplazó al valor, y resolvimos luchar contra nuestra infausta suerte mientras nos quedase una gota de sangre en las venas, y todos nos horrorizábamos al pensar que llegaría el día en que uno solo abandonado en la soledad de los mares sobreviviese a los demás.
Algunos días después, el 14 de setiembre, un nuevo sacrificio humano ensangrentó nuestro pabellón. Habíamos pasado nueve días sin otro alimento que nuestros excrementos, ni más bebida que la orina y la lluvia que de cuando en cuando quería Dios enviarnos. Esta vez fue la víctima uno de Manila a quien matamos de un pistoletazo.

Mi sangre se hiela cuando pienso en aquel periodo nefasto y bárbaro de la vida de los hombres civilizados. ¡Dios libre a los navegantes de sufrir los tormentos que nosotros hemos padecido!

El 18 de setiembre terminaron nuestros sufrimientos. Es el día de mi cumpleaños: estaba sentado rigiendo el timón cuando por la mañana percibí una costa; al punto lo comuniqué a mis compañeros, que se estremecieron de alegría. Nos encontrábamos en la Nueva-Guinea o tierra del Japón.

A la hora de mediodía nos pusimos a pescar sobre la costa, e hicimos una pesca verdaderamente milagrosa. Yo solo cogí más de quinientos pescados algo más pequeños que los arenques, y cada uno de mis compañeros cogió también un gran número de ellos. Hambrientos de no haber comido nada en cuatro días, nos fue imposible esperar a que los pescados estuviesen fritos o cocidos, y los devoramos crudos con los intestinos y las escamas, cuyo manjar nos confortó sensiblemente.

Nativos de Nueva Guinea
Cogimos una gran cantidad de pescado, que no pudimos agotarla. Este fue el primer acontecimiento feliz que tuvimos desde el día en que nos vimos arrojados a la inmensidad del Océano, que hasta entonces parecía extender sus límites hasta lo infinito para no dejar escapar su presa.

El día 21 después de mediodía, nos acercamos a la costa lo bastante para poder comunicar con los japoneses, que se presentaban en ella armados de flechas, azagayas y hachas. No obstante la actitud guerrera de los isleños, que no era la más apropósito para tranquilizarnos, no pudimos resistir al deseo de desembarcar; tan débiles y exhaustos de fuerzas nos encontrábamos, que resolvimos entregarnos en sus manos, esperando que la Providencia no nos abandonaría después de habernos protegido tan visiblemente hasta entonces.

—Si quieren matarnos, decíamos, cúmplase la voluntad de Dios. Por otra parte, poco tiempo hubiéramos podido resistir con la vida que hacía muchas semanas llevábamos.

Luego que desembarcamos, los japoneses llegaron y entraron en la chalupa: comenzamos a hablar con los japoneses por medio de gestos, y nos entendíamos bastante bien. Un accidente fortuito vino a mejorar nuestra situación.

Uno de los isleños llevaba al pecho una oración impresa en lengua holandés; le preguntamos dónde había adquirido aquel objeto, y nos dio a comprender que en Dory. Al oír pronunciar esta palabra nos alegramos mucho; porque en llegando a dicho puerto podríamos terminar el último acto del drama fantástico del que éramos tristes actores. Para conseguir esto usamos la astucia: les prometimos pagarles bien si querrán acompañarnos a Dory, donde esperábamos encontrar blancos, o al menos hombres civilizados que nos diesen algún auxilio en la situación en que nos hallábamos.
Nuestra proposición fue aceptada. Custro días después partimos para Saucris y de allí para Ambarbacan, donde nos vimos obligados a detenernos. Alcabo de cuatro días que nos parecieron siglos, llegamos a Dory o Dorea, donde encontramos al digno misionero M. Ottow. Felizmente acudió sin tardanza a nuestro auxilio, pues ya los negros se disponían a vendernos como esclavos y sabe Dios la suerte que nos estaba reservada.

M. Ottow y su mujer nos recibieron con sin igual benevolencia; tuvieron con nosotros los más solícitos cuidados y nos asistieron como un padre y una madre asistirían a sus propios hijos.

El día de nuestra llegada, que fue el 28 de setiembre, ninguno de nosotros se hallaba en estado de dar diez pasos sin que le sostuvieran, teníamos los pies llenos de heridas; con mucha frecuencia habíamos estado mojados durante muchas horas y la sed había destruido nuestra salud.
Poblado típico

¿Creéis si os digo que hasta hemos comido pedazos de madera hecha rajas? Pues he aquí otro ejemplo de la situación tan miserable en que nos hemos encontrado y que seguramente no habrá sufrido ningún ser humano. Un día cogí el cadáver de un ave de mar que flotaba sobre el Océano: estaba ya en putrefacción y hormigueaban los gusanos; fue inmensa la alegría que nos causó aquel miserable y asqueroso manjar, que dividimos entre todos y que devoramos pareciéndonos excelente. ¡Dios os libre de tener algún día hambre como la que nosotros sufrimos!

Muy lentamente íbamos recobrando las fuerzas con grande alegría de M. Ottow; pero nuestros sufrimientos no habían terminado… las enfermedades no se hicieron esperar mucho; el 11 de octubre tributamos los últimos deberes al marinero Bingston, y teníamos enfermo con pocas esperanzas de vida al marinero Juan Van der Burie; por último, pocos días después caí yo enfermo, y de tanta gravedad, que he visto con mis propios ojos hacer dos féretros, una para el marinero y otro para mí.
Semejante espectáculo no era el más a propósito parta inspirarnos valor. Un letargo profundo en que estuvimos sumidos por espacio de tres o cuatro días, provocó una crisis en nuestra enfermedad y nos salvamos; pero como íbamos cayendo enfermos unos detrás de otros, nos vimos obligados a detenernos muchos meses en la misión.

Luego que todos nos encontramos restablecidos, sentimos vivos deseos, muy naturales, por cierto, de abandonar aquel suelo hospitalario y acercarnos a nuestra patria y familias; pero por desgracia en aquellos días reinaba el monzón del Oeste, y este viento era desfavorable para ir a Ternate: a estos vientos acompaña siempre fuertes aguaceros, y hubiese sido una verdadera locura, en el estado de salud en que nos encontrábamos, ponernos a hacer una travesía en una pequeña chalupa.

El bueno y caritativo misionero nos trataba regiamente; pero no sabíamos cómo matar el tiempo; y nuestros recuerdos nos llamaban a las riberas en que habíamos visto la luz del día.

Durante seis meses y medio, esperamos una ocasión cualquiera para trasladarnos a Ternate; pero como en todo este largo periodo no hubiese llegado ningún vapor, resolvimos aprovechar el monzón del Este que entonces soplaba, para intentar la travesía. Mientras estuvimos en Dory vino otro misionero, M. Gysler, el cual con fraternidad verdaderamente cristiana compartió la carga de nuestra hospitalidad con la familia Ottow.»

Esta es la trágica historia de los náufragos holandeses del Le Constant, contada por su propio capitán, donde se ve hasta dónde puede llegar la capacidad de aguante del ser humano y de lo que es capaz de hacer para sobrevivir.

miércoles, 3 de febrero de 2016

El Castillo de Torija, un enclave estratégico entre Castilla y Aragón

Entrada al castillo
Torija es una villa con larga historia. El pueblo , en su ubicación actual, data del siglo XV, ya que inicialmente estuvo situado junto a la actual ermita de la Virgen de Amparo. En 1452 fue arrasado tras el largo asedio al que fue sometido para arrebatárselo a los navarros mandados por Juan de Puelles, quienes resistieron durante dos años los numerosos ataques de las tropas del Marqués de Santillana y el Arzobispo de Toledo que, finalmente, conquistaron Torija para el reino de Castilla.

Fachada del castillo y elementos más significativos
El castillo es el edificio más emblemático de la localidad. En el siglo XI, los caballeros templarios levantaron una pequeña fortificación defensiva. Su configuración actual, data del siglo XV y fue obra de la familia Mendoza que, desde su llegada a Castilla, estuvo vinculada a la localidad, en la que también construyeron su Iglesia Colegiata. Esto ocurrió en 1452, cuando el Marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza, conquista el castillo a las tropas de los Infantes de Aragón, tras siete años de asedio. En1810, durante la Guerra de la Independencia el castillo sirvió de refugio al famoso guerrillero Juan Martín “El Empecinado”, que acabó volando sus muros para que no pudieran ser utilizados como fortaleza por las tropas francesas.

El castillo de Torija se configura en torno a un torreón defensivo medieval construido sobre una elevación rocosa del terreno por los templarios que se encargan de la defensa del lugar, paso estratégico entre Castilla y Aragón, tras la conquista del territorio en 1085 por Alfonso VI de Castilla quien se lo arrebata a la antigua Taifa de Toledo.

Fachada posterior

Planta del castillo
La fortaleza es de planta cuadrada y está construida con piedra caliza de la Alcarria. Tiena altos muros con barbacana y rematados por almenas, con tres torreones cilíndricos en las esquinas y una esbelta y espectacular Torre del Homenaje cuadrada de más de 30 metros de altura, donde en tiempos se alojaron los señores del castillo. 

En el centro de su patio de armas tiene un pozo que sirvió para abastecer a sus moradores. En el siglo XVI sus muros albergaron a reyes como Carlos V o Felipe II, en su camino hacia las tierras de Aragón.

Una inscripción en el arco de acceso al castillo nos indica los históricos ocupantes que ha tenido desde el siglo XI hasta el siglo XIX:

Inscripción en el arco de acceso

Orden del Temple
D. Iñigo López de Orozco
D. Pedro González de Mendoza
D. Diego Hurtado de Mendoza
Dña. María Coronel
D. Pedro Núñez de Guzmán
D. Gonzalo de Guzmán
Infantes de Aragón
D. Iñigo López de Mendoza  “Marqués de Santillana”
D. Lorenzo Suárez de Figueroa
D. Bernardino de Mendoza
Juan Martín “El Empecinado”

De la fortaleza partía y llegaba la muralla que rodeaba la villa y de la cual se conservan algunos torreones de sus puertas y varios tramos, sobre todo en el lugar conocido como Carralafuente, donde sigue en pie una vieja barbacana desde la que se domina el valle.

Desde época medieval Torija contó con una Feria de Ganado, de las más prestigiosas de Castilla, que estuvo en auge hasta finales de los años sesenta.

Plaza de Torija


El castillo fue reconstruido en el años 1962 y desde entonces hasta nuestros días ha sufrido varias transformaciones, sin perder en ningún momento su noble estampa. Actualmente en su interior se encuentra ubicado el Centro de Interpretación Turística de Guadalajara (CITUG) y en su Torre del Homenaje se ubica el Museo del Libro “Viaje a la Alcarria” escrito por el Premio Nobel Camilo José Cela, primera sala en el mundo dedicada a un libro y único museo provincial centrado en la comarca de la Alcarria.

Exposicíón del libro "Viaje a la Alcarria" de Camilo José Cela en la Torre del Homenaje del castillo de Torija

domingo, 6 de diciembre de 2015

El Saco de Roma

Saco de Roma, 1888. Francisco Javier Amérigo Aparicio.
 Pequeño formato. Biblioteca Museo Víctor Balaguer
El Saco de Roma se enmarca dentro de la lucha entre Francisco I de Francia y Carlos V, por el dominio de Italia.

Tras la muerte del papa Adriano VI, el deseo del nuevo papa Clemente VII, era el de mantener el equilibrio entre ambas potencias. Pero, mientras, Carlos V había concluido, el 16 de junio de 1522, una alianza en Windsor con Enrique VIII, a la que siguió un tratado secreto. No obstante, por una parte, Inglaterra era un aliado diplomático más que militar; por otra, el Papa se desinteresaba por la coalición formada en tiempos de su antecesor. Es más, Francisco I reconquistó Milán en octubre de 1524, y en diciembre Clemente VII concluía una alianza con Francia y Venecia. Mientras tanto, las tropas imperiales fracasaban en Champaña y Marsella, y Francisco I, persiguiendo a los españoles en su retirada, volvió a invadir Italia, llegando hasta la plaza de Pavía, que fue sitiada durante cuatro meses. Para socorrerla, acudió un ejército improvisado que se midió con los franceses ante los muros de la ciudad.

Francisco I y Carlos V
El 25 de febrero de 1525, la batalla de Pavía daba la victoria a los imperiales, que, además, capturaban a Francisco I. Carlos V estaba en situación de establecer las condiciones de paz sin tener en cuenta a Inglaterra. Por el tratado de Madrid, firmado el 15 de enero de 1526, Francisco I se comprometió, a cambio de su libertad, a renunciar a sus derechos sobre Italia y Flandes, y a entregar Borgoña al emperador.

Clemente VII
Lejos de cumplir las cláusulas del tratado, Francisco I organizó la Liga de Cognac contra el emperador, el 22 de mayo de 1526. El papa Clemente VII, Francisco Sforza, duque de Milán, que había sido repuesto en sus posesiones por el emperador, Venecia y Florencia, se unieron a Francisco I, bajo la neutralidad de Enrique VIII, que había abandonado momentáneamente la alianza española. Carlos V decidió dirigir sus fuerzas contra el eslabón más débil, el Papa; pero era difícil controlar unos ejércitos que no habían recibido su paga, y el asalto de Roma —saco de Roma—, realizado el 5 de  mayo de 1527 por las tropas españolas y alemanas, fue seguido del pillaje y profanaciones sacrílegas durante una semana. Clemente VII, sitiado en el castillo de San Angelo, tuvo que capitular en noviembre.

Plano del Saco de Roma
La situación de impasse que se produjo en 1527, entre Francisco I y Carlos V, fue porque ninguno de los dos monarcas tenía dinero para salir adelante. Desde 1526, los administradores españoles de Carlos le aconsejaban evitar cualquier plan que implicara una mayor participación en Italia. 

Pero, al mejorar las perspectivas económicas de Carlos V, éste comenzó a tener una posición ventajosa frente a su rival. Comenzaban a llegar cantidades importantes de metales preciosos desde las Indias y, por otra parte, en julio de 1528, Andrea Doria desertó de Francia para entrar, junto con su flota, al servicio del emperador, al parecer fueron motivos patrióticos los causantes de esta decisión, ya que Génova sólo podía ser independiente con un Milanesado dependiente de los Habsburgo.

Andrea Doria
El ejército francés, que había invadido Milán y Nápoles, fue derrotado y, en julio de 1529, el papa y el emperador se reconciliaron mediante la firma del tratado de Barcelona, aceptando el primero recibir a Carlos V en Italia. Francisco I se vio obligado a ceder y, por la Paz de Cambrai, el 3 de agosto de 1529, conocida también como la Paz de las Damas, pues había sido negociada por Luisa de Saboya, madre de Francisco I, y Margarita de Austria, tía del emperador, reconoció la soberanía de Carlos V sobre Artois y Flandes y renunció a sus derechos sobre Milán, Génova y Nápoles; a su vez, Carlos V renunciaba momentáneamente a Borgoña, y reconocía al duque de Milán, Francisco Sforza, como vasallo imperial.

Carlos V completó su victoria política en Italia con su coronación imperial en Bolonia por Clemente VII, el 24 de febrero de 1530.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Las Atarazanas en el sitio de Barcelona de 1714 durante la Guerra de Secesión

Opetarios trabajando en el Parque de Artillería
de las Atarazanas
Al morir Carlos II, el último Rey de la casa de Austria, el 1 de noviembre de 1700, reconoció como heredero a la Corona Española a Felipe de Anjou quien, recién llegado a España, se apresuró a organizar el Ejército a la manera francesa, sustituyendo los mosquetes, arcabuces y picas por fusiles con bayoneta y sustituyendo la orgánica de las unidades militares de los Austrias por el modelo regimental francés.

Oficial de Artillería del
 Regimiento Real de Artillería
La situación económica en que se encontraba España a principios de siglo obligó a una acción reformadora, desde el punto de vista mercantilista, asumiendo el Estado un papel protagonista al modelo francés, apoyando en el sector metalúrgico las Reales Fundiciones; este apoyo se materializó fomentando la tecnología, dotando de maquinaria para el desarrollo de los procesos de producción, animando la investigación técnica y científica con la creación de centros de enseñanza y aumentando la calidad de los conocimientos al integrarse tecnológicamente en Europa, enviando a técnicos militares a estudiar al extranjero e importando conocimientos, al atraer especialistas de otros países a nuestros centros de producción.

El 2 de mayo de 1710, para guarda y servicio de trenes de Artillería, Felipe V promulga la “Real Ordenanza para la dirección y servicio de la Artillería; creación de un Regimiento, sueldos, fuero, grados, preeminencias y proposiciones de empleos” y se crea el Regimiento Real de Artillería de España. Se organiza en tres batallones a doce compañías cada uno: tres de artilleros, una de minadores y ocho de fusileros. El primer batallón es destinado al Ejército de Aragón, con cabecera en Valencia, para guardar las plazas de este Reino y las de Cataluña, Valencia, Navarra y Guipúzcoa. De este batallón se destinan a Barcelona varias de sus compañías, las cuales se ubicaron en las Atarazanas, en aquel momento Parque de Artillería.

Plano de las Atarazanas
Se debió a que como consecuencia de la guerra de sucesión en España, las urgentes reparaciones del material necesitaba de muchos trabajadores con conocimientos y aunque de antiguo las Atarazanas contaban con personal experto, muchos de estos no pertenecían a la plantilla del Ejército, por lo que a más de la custodia se intentó proveer de trabajadores militares. Por ese motivo el Reglamento del 2 de mayo de 171O obligaba a que cada una de las compañías del Regimiento, tuviera diez obreros entre carpinteros, toneleros, herreros armeros y calafates.

Durante la guerra de sucesión, entre 1712 y 1714 se produjo el célebre sitio de la ciudad de Barcelona, que había decidido continuar la guerra por su cuenta defendiendo la causa del Archiduque Carlos. El mando militar de la Ciudad lo el teniente mariscal Antonio de Villarroel y Peláez y el asedio fue dirigido en principio por Restaino Cantelmo-Stuart y Brancia, duque de Popoli, que había sido nombrado capitán general de Cataluña por Felipe V.

Plano de Barcelona en 1714 durante el sitio

El bloqueo fue planteado por el general Jorge Próspero de Verboom, prestigioso militar conocido por sus estudios sobre fortificaciones, el cual vio difícil el mantenimiento del cerco, en vista de la cantidad de Artillería que tenía la Ciudad, recuperada de los almacenes de las Atarazanas, por lo que hizo una petición de la Artillería que a su juicio era imprescindible para la operación consistente en 90 cañones, 50 morteros y gran cantidad de municiones y pólvoras, comenzando el cañoneo sistemático en abril de 1714.

Al resistir la Ciudad el intercambio de fuego artillero y no dar muestras de debilidad, Felipe V solicitó apoyo francés, siéndole enviado el prestigioso mariscal James Fitz-James, duque de Berwick con unos 20.000 soldados franceses y una fuerte Artillería, al mando del conde de  Grandpré, compuesta por 87 cañones y 33 morteros, así como numerosas piezas de pequeño calibre.

Sitio de Barcelona de 1714. Asalto final
Tras encarnizados combates con numerosas bajas por ambas partes y tras rechazar los barceloneses las propuestas de paz del duque de Berwick, éste procedió, el 11 de septiembre, al asalto final. Tras abrir la artillería borbónica una gran brecha entre los baluartes del Llevant y Portal Nou  las tropas penetraron en la ciudad y obligó al gobierno del Conseller en Cap, Rafael Casanova, a rendir la ciudad bajo amenaza de pasar a sus habitantes a cuchillo.

Finalmente el 12 de septiembre la ciudad capitula y el 13 el duque de Berwick entra en la ciudad prohibiendo el saqueo y respetando la vida de sus habitantes.

El sitio de Barcelona se cerró con un balance de 12.000 personas muertas entre sitiados y sitiadores, a pesar de ser cerca de 40.000 hombres los sitiadores, necesitaron dos años y sangrientos combates para lograr la rendición.

Cañones en las Atarazanas
de Barcelona
El uso de la Artillería producía gran cantidad de heridos de guerra y mutilados, se pensó en aprovechar los conocimientos de algunos de ellos y así darles un empleo digno, por lo que una vez firmado el tratado de Utrecht y acabada la guerra de sucesión entre Felipe V y el Emperador Carlos VI, se crearon en 1717 los batallones de inválidos para oficiales y soldados inválidos y estropeados.

Con fecha de 23 de marzo se dicta una orden que habla de la formación de Batallones de Inválidos que habrían de estar compuestos por compañías, ubicadas, en un primer momento, en Palencia. El 29 de mayo, una orden dispone que los inválidos pertenecientes a las compañías de Palencia pasen a Galicia. El 26 de octubre, Felipe V firma el “Reglamento para el establecimiento de los Oficiales y Soldados de las Tropas destinadas a Inválidos y sueldos que respectivamente deben gozar”, donde se disponía que con los oficiales y soldados impedidos que disfrutaban, entonces, del sueldo de inválidos, se formaran compañías compuestas por: dos capitanes, dos tenientes, dos subtenientes, tres sargentos y cien soldados. Se hablaba ya entonces de que la mitad estuvieran lo más sanos posible y que la otra mitad la conformaran los que se encontraran más impedidos.

El 20 de diciembre de ese mismo año se promulga la “Real Ordenanza sobre la residencia, sueldos y disciplina de los Oficiales y Soldados inválidos o impedidos, incluso los de Reales Guardias”. Doce años más tarde, en 1729 se dispone por Real Orden que se considerase a las Unidades de Inválidos como unidades militares y en servicio. Siendo destinados a Barcelona una compañía de ellos.

Esta compañía reunía a los inválidos útiles de Artillería, formados por artilleros, bombarderos y minadores, con la finalidad de ser empleados en las tareas propias de alma, fundición y fábrica de armas de las Atarazanas, la cual estaba en proceso de expansión, debido a que en 1714 Felipe V había mandado cerrar la antigua fundición del Refino.

Ciudadela de Barcelona
obra de Verboom
Para apoyar el crecimiento de la Artillería en Barcelona y completar las defensas de la Ciudad, en lo referente al perímetro de la Ciudadela, recién construida por el ingeniero Jorge Próspero de Verboom, y al castillo de Montjuic, el 25 de noviembre de 1717 para la reparación de Artillería, se formó una compañía especial compuesta por carpinteros, toneleros herreros, armeros y calafates, procedentes de la reagrupación de todos los de las compañías del Regimiento de Real Artillería, que fue complementada el 27 de agosto de 1718 con una compañía de obreros para el servicio del tren de Artillería de campaña, esta compañía al mando de un Capitán del Cuerpo, tenía entre su personal dos torneros, dieciséis carreteros, dos fundidores y un maestro armero.

De estas normas y de la transformación de las Casas de Munición, nacieron las Maestranzas, con la idea de que funcionaran como fábrica y como centros de formación de especialistas de la metalurgia militar.

La Ordenanza del 15 de julio de 1718, unificó los calibres y modelos de las piezas de Artillería de uso en el Ejército, para evitar la gran diversidad de material que en aquel momento se utilizaba.
Las Atarazanas, con estos apoyos, aumentaron sus misiones de Maestranza de Artillería, siendo esta la que en 1732 preparó las 82 piezas de grueso calibre con sus correspondientes municiones, pertrechos y efectos, que fueron utilizadas para la expugnación de Mahón.

Para la configuración de la artillería como un cuerpo dirigido por militares altamente cualificados en las artes de fundición, metalurgia, diseño, tipología de cañones, etc., se promulga un Real Título, el 13 febrero de 1732, creando el cargo de Inspector General de la Artillería.Para el puesto se nombra al conde de Mariani, con el empleo de coronel de artillería.

Operarios colocando los radios de madera a una llanta
metálica de cñón en las Atarazanas
En 1733, el Ingeniero Militar Carlos Beranger, proyectó las Estancias de Hornos de Afino, para la Real Fundición de Bronce de Barcelona, situándolo fuera de las murallas de la ciudad y muy próxima a las Atarazanas. En 1749, el comandante de Artillería Juan Rafael de Silby remite un nuevo proyecto para ampliar el edificio con el objetivo de aumentar la producción y efectuar con más rapidez las labores de fundición. El ingeniero militar Juan Martín Zermeño a partir del proyecto de Silby propone algunas modificaciones ampliando el edificio en sentido longitudinal a lo largo de las ramblas.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Don Fadrique de Toledo

Don Fadrique de Toledo
Don Fadrique Álvarez de Toledo y Miranda nació en Nápoles el 30 de mayo de 1580, el mismo año en que su unieron las Coronas de Castilla y Portugal, era hijo de don Pedro de Toledo y Osorio, V Marqués de Villafranca y de doña Elvira de Mendoza.

Comenzó su brillante carrera militar sirviendo en galeras bajo mandato de su padre y posteriormente combatiendo contra turcos y bereberes lo que le supuso en 1618 ser nombrado capitán general de la Armada del Mar Océano al mando de la cual participaría en numerosos combates contra holandeses, ingleses y berberiscos.

En 1621 derrotó a la armada de los Países Bajos en la batalla naval de Cabo San Vicente y nuevamente en 1623 en la batalla naval del Canal de la Mancha. Ese mismo año derrota a una escuadra bereber junto a las costas de Gibraltar.
Toma de Salvador de Bahía por Pieter Hayn 

En 1625, ostentando el cargo de general del Reino de Portugal y capitán general del Brasil, se le ordena recuperar Salvador de Bahía que había sido conquistada por una flota holandesa de  26 navíos con 450 cañones y 3300 hombres. Don Fadrique se pone al mando general de las escuadras que se forman: la flota portuguesa, al mando de don Manuel de Meneses, con 22 navíos; la armada del Mar Océano con 11 navíos, al mando del propio don Fadrique; la armada del Estrecho de Gibraltar con 5 bajeles, al mando de  don Juan Fajardo de Guevara; la armada de Vizcaya con 4 galeones, al mando de don Martín de Valdecilla: la armada de las Cuatro Villas del Cantábrico con 5 bajeles, al mando de don Fadrique de Acevedo; y finalmente la armada de Nápoles con dos galeones y dos pataches. En total más de 12.000 hombres y casi 1.000 piezas de artillería. La potente armada llegaría a las costas brasileñas el 29 de marzo y con un ataque combinado por tierra y por mar, en tres semanas se rendía la plaza.

Recuperación de Bahía de Todos los Santos por don Fadrique de Toledo
En 1629 vence a los corsarios en la isla Nieve y expulsa a ingleses y franceses de la isla de San Cristóbal.

Su brillante carrera militar había hecho que don Fadrique fuese recompensado por Felipe III con el título de marqués de Villanueva de Valdeza y por Felipe IV con nuevos títulos y honores. Esto provocó el choque con el autoritarismo del conde-duque de Olivares quien acusó a don Fadrique de haber conseguido todo gracias al Rey, acusación a la que don Fadrique respondió afirmando que “había servido a S.M. gastando su hacienda y sangre, y no hecho un poltrón como el Conde-Duque”.

Recuperación de la Isla de San Cristóbal
Como la venganza se sirve en plato frío y conociendo el débil estado de salud de don Fadrique, Olivares le ordenó marchar nuevamente a las costas americanas a recuperar la plaza de Pernambuco y las aledañas ocupadas por los holandeses en 1630. Don Fadrique no aceptó y tuvo que renunciar a la misión por su estado de salud por lo que fue acusado de desobediencia y condenado al destierro, privándole de sus bienes y perdiendo todos sus honores.

Preso en Santa Olalla a principios de septiembre de 1634, moría un mes más tarde y aun así le sobrevivió la saña de Olivares, quien mandó que le fuera retirado el bastón de general y se desmontara el túmulo que se había preparado para sus funerales en la iglesia del Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, la actual Catedral de San Isidro de Madrid.

La caída del conde duque de Olivares en 1643 acrecentó su fama como uno de los más valientes y destacados capitanes generales que tuvo la armada española, siendo el más destacado marino español de su época.