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martes, 23 de mayo de 2017

La leyenda del moro «Valiente»

El Arbi A-Bulaix, el moro «Valiente».
 El menor de los tres hermanos y
el único superviviente
Durante años, a comienzos del siglo pasado, en el Marruecos español, una familia de feroces criminales asoló en campo fronterizo dejando gran intranquilidad y desasosiego entre los habitantes de la zona entre Ceuta y Tetuán. Esta es la historia de un sangriento asesino, es la leyenda del “moro valiente”.

La muerte del primitivo Valiente, un criminal sin escrúpulos que tuvo un final acorde con su azarosa existencia, dejó el embrión de su maldad en sus tres hijos, más criminales y cobardes que su padre y que durante años se encargaron de mantener y acrecentar esa reputación y mantener un estado continuo de alarma ya que ni moros ni hebreos podían circular con tranquilidad entre Ceuta y Tetuán sin exponerse a ser saqueados y asesinados brutalmente. Incluso el moro que se encargaba de llevar la correspondencia entre las dos localidades era también objeto de sus atropellos, siendo el segundo de los hermanos el encargado de mantener incomunicadas ambas plazas, quien a la muerte de su padre había tomado las riendas del clan.

El ganado que pastaba en zona neutral, los pescadores que se acercaban a las costas, todo era objeto de asalto sin que la política pasiva de nuestros gobiernos pusiese coto a sus desmanes. La débil conducta del gobierno español dio alas a las actuaciones de este clan y sus seguidores que pronto se les quedo pequeña su zona de actividad y decidieron probar hasta dónde eran capaces de poner en jaque a las autoridades españolas y a la guarnición de la plaza sin que les inquietase en absoluto la figura del representante de su gobierno en el campo fronterizo, Sidy Abraham Ben Said, quien carecía de las fuerzas que, según el Tratado de Wad-Ras, debía mantener el Sultán para mantener el orden en la frontera.

Una demostración del poder que ejercía el moro Valiente en el territorio era el hecho de que llegó a imponer tributos a los habitantes de la zona, a los que pastaban sus ganados, cortaban leña o pescaban en la costa del campo marroquí. Estas acciones resultaban vejatorias a la autoridad local de la plaza que le llegó a prohibir la entrada a la misma junto a todos sus seguidores. Esta medida le sirvió para incrementar sus tropelías y abusos e incluso hacer fuego sobre las parejas de la Guardia Civil que vigilaban los límites del territorio español.

Con el transcurso del tiempo las autoridades de la plaza hicieron borrón y cuenta nueva y volvieron a admitir al moro Jameido, que así se llamaba el moro Valiente, en el recinto de Ceuta, rodeándole de atenciones y considerando que en su reputación, cimentada en crímenes y robos, podía inspirarse la política que España quería desarrollar en la zona.

Jameido A-Bulaix, segundo hermano de los moros «Valientes», muerto por El Hach Mohamed
en el sitio del territorio moro de Fuente del Conejo en 1907, con sus principales partidariois

Pero las “hazañas” de este tipo de personajes no caen en el olvido, como se pretendía, sino que enseguida aparecen otros osados sin escrúpulos capaces de derrocar al primitivo tirano y ocupar su puesto. Así que no tardó en aparecer otro moro, tan osado y tan valiente como el Jameido, decidido a disputarle el poder de la misma manera que en su tiempo  había utilizado él. El Jameido cayó en una emboscada de su oponente y fue brutalmente asesinado por el mismo procedimiento que utilizó en la forja de su reputación como valiente.

El Hach Mohamed, se convirtió en el nuevo cabecilla y cumplió mejor con las promesas que le hizo al general Aldave, así el camino entre Ceuta y Tetuán dejó de ser el objeto de ataque de los moros y se restableció el tráfico de personas y ganado en la frontera del campo marroquí.

Pero quedaba El Arbi, el último de la familia, que temeroso de ser víctima de El Hach, huyó de Beni-Msala y se refugió en Ceuta, instalándose en la Almadraba, barrio de pescadores muy próximo a los límites. El general Aldabe le concedió el asilo y protección que había solicitado a condición de que territorio español fuera para ellos neutral y sagrado. El Arbí pronto pagaría la generosidad española con  deslealtad.

Kad-dur ben Alí Saide, primer teniente retirado de la compañía de moros tiradores; el xerif de Wazan,
Mohamed A-Bulaix, hermano mayor de los tres moros «Valientes», fallecido de muerte natural
 y dos periodistas de Ceuta

Una mañana, El Arbi, agazapado en el campo español tras un desmonte, cerca de los límites, esperó a su rival y por la espalda le pegó un balazo. Como era conocedor de la reacción del general Aldave huyó a Beni-Msala donde reunió a sus antiguos seguidores para continuar con la “herencia” familiar. Pide al general Aldave la entrega de los miembros de su familia retenidos en la plaza a lo que éste se niega enérgicamente instando a los Beni-Msala a la entrega inmediata del asesino para que responda ante las autoridades españolas del crimen cometido cuando gozaba de su protección. Los moros dieron un sinfín de pretextos alegando que no podían cogerle, pero el general, que conocía bien a los moros, no admitió sus excusas y les prohibió la entrada en la plaza considerándolos cómplices del criminal.

El moro Valiente, encerrado en su casa, que había fortificado, durante el día, salía por la noche a hostigar a las parejas de la Guardia Civil que vigilaban la frontera y a robar ganado a los colonos. El general Aldabe estaba dispuesto a terminar con esta situación pero la prudencia le aconsejó a que esperase el momento propicio para ello. Pronto se presentó la oportunidad esperada cuando los habitantes de Ceuta están tranquilos ajenos a lo que ocurría en el campo exterior, se recibe en el Gobierno Militar la noticia de la brutal agresión al oficial de la Guardia Civil Sr. Blanco, cuando se encontraba de servicio recorriendo el arroya de las Bombas. Ocultos y amparados por la oscuridad los secuaces del Valiente dispararon sobre el oficial sin que, afortunadamente, le alcanzaran con sus proyectiles pero no pudiendo repeler el ataque al caer del caballo que montaba y salir éste huyendo.

Dos horas más tarde del atentado, el general Aldabe había trasmitido las órdenes oportunas y las fuerzas se encontraban armadas y preparadas. Todo estaba preparado y decidido con una rapidez admirable. El plan del general consistía en cercar el aduar de Beni-Msala y destruir el refugio del moro Valiente, acabando de una vez por todas con los crímenes que asolaban el  territorio.

El aduar de Beni-Msala, feudo de la familia, está formado por unas doscientas chozas en la parte alta de un estrecho valle en la zona montañosa que rodea la playa de los Castillejos. No era posible llegar a Beni-Msala por este desfiladero, había que hacerlo por las alturas por un terreno sinuoso, quebrado y montañoso.

Las fuerzas se dividieron en dos columnas. La primera, por la derecha al mando del coronel don Luis Serreta, estaba formada por el regimiento de Infantería del Serrallo con su sección de ametralladoras, la batería de montaña y una sección de zapadores minadores. La segunda, al mando del coronel don José Borredá, estaba formada por el regimiento de Ceuta con su sección de ametralladoras y que debía recorrer la zona comprendida entre Ceuta y la playa de los Castillejos, ascendiendo posteriormente hasta Beni-Msala para envolver el terreno del aduar.

Croquiis de la expedición de castigo de Beni-Msala

El mando de todas la fuerzas, unos dos mil hombres, le fue encomendado al bizarro general Zubia que gozaba de un merecido prestigio, y como ayudantes, al comandante don José Priego y al capitán don Juan Molina, ambos de Estado Mayor, y al capitán de Infantería don José Ruiz. La vanguardia la mandaba el teniente coronel jefe de las milicias don José Nofuentes y estaba compuesta por los tiradores moros del Rif y 50 hombres del regimiento del Serrallo.

Antes de amanecer, los tiradores moros del Rif escalan las alturas para tomar posiciones y proteger el avance de las columnas impidiendo la posibilidad de emboscadas. A las cinco de la mañana salió la primera columna de la Almadraba y a continuación la segunda hasta el arroyo de las Bombas, dejando entre las dos columnas un batallón de reserva y continuando hasta los Castillejos. La primera continúo su ruta hasta el Boquete de Anyera. A las ocho de la mañana se establecían los soldados en las cimas dominantes del aduar. Se ordenó al coronel Barredá subir desde los Castillejos a cubrir el flanco izquierdo de las posiciones. La batería de montaña se situó en una altura desde la que dominaba la casa del moro Valiente. Las ametralladoras se situaron en un cerro desde el que batían las avenidas del poblado. Las fuerzas de Infantería y la compañía de moros flanqueaban las avenidas de la Almarza. El general Aldave se situó con su Cuartel General en el fuerte Príncipe Alfonso desde el que se comunicaba directamente con el Gobierno Militar y con el general Zubia.

Vivienda del moro «Valiente»
Un numeroso grupo de moros, viendo la situación de las fuerzas españolas, se presentó al general Zubia implorando clemencia y alegando ser ajeno a las fechorías del Valiente. Les concedió dos horas para desalojar sus viviendas. En una loma cercana se divisó a un grupo de moros entre los que se encontraba el Valiente, allí se dirigieron las granadas y el feroz bandido incapaz de sostener su valentía ante nuestros cañones, huyó aterrorizado llevándose consigo su terrorífica leyenda.

La artillería centro ahora el fuego sobre la casa del Valiente, que fue alcanzada de lleno. El general ordenó el avance de la sección de Ingenieros que, al mando del teniente Orsinaga, protegida por una compañía del regimiento del Serrallo, al mando del capitán Cañamaque, reconoció la casa y forzó la entrada. En las habitaciones no se encontraron ni muebles ni objetos de ningún tipo. El teniente Orsinaga mandó colocar ocho cargas de dinamita que hicieron volar el edificio. Las tropas se reunieron en una sola columna y regresaron a sus cuarteles sin haber sufrido ni una sola baja.

Plano de la casa del moro «Valiente»


Con esta operación el general Aldave puso fin a la leyenda del moro Valiente y acabó con las intenciones de que algún otro “Valiente” intentara de nuevo continuar el reguero de crímenes que había dejado esta brutal familia en la zona fronteriza del campo marroquí. 

Fuente: La Ilustración Militar

miércoles, 12 de abril de 2017

Un caso de Regulares

Regulares ocupando una posición
Hoy voy a contar un caso que contaba el capitán Juan Valdés Martel cuando estaba destinado en como 2º Teniente en el Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Larache nº 4, al mando de la 3ª Sección de la 1ª Compañía del primer Tabor, durante las clases de preparación que recibían los nuevos oficiales recién llegados a Marruecos, antes de incorporarse a los distintos cuerpos de destino, a modo de enseñanza práctica a tener presente.

En mayo de 1916 todas las columnas de operaciones del territorio de Larache se encontraban en Regaia con objeto de realizar una acción combinada con las fuerzas de Ceuta y Tetuán sobre las Kabilas de Wad-Ras y Anyera en apoyo a la labor político-guerrera del Raisuni, que por aquel entonces era aliado nuestro, para unir al territorio.

El teniente Valdés tenía en su sección a dos indígenas de la Kabila de  Beni‑Mestara, de la zona montañesa bajo control francés, una de las más indómitas de Marruecos, que se había unido a las tropas españolas unos días de su partida a Regaia. Estos indígenas eran fuertes, serios y obedientes, tenían unos 25 años y planta de buenos soldados.
Cabileños

El teniente recelaba de ellos, conociendo su procedencia y su carencia de toda garantía personal y económica, suponía que su alistamiento se debía a la intención de desertar con el armamento. Los nombró camilleros de la sección y ordenó a sus hombres que los vigilasen constantemente, supervisando el mismo la vigilancia sobre ellos.

Participa su compañía en la operación del Azib del Hach el‑Arbi, sobre Wad‑Ras y la de Sidi Talha sobre Anyera. En Sidi Talha murieron un cabo y seis soldados de la compañía que salieron a hacer la descubierta de la avanzadilla El Borch, guarnecida por la 1ª sección. Durante toda la operación los susodichos cabileños no dieron ningún motivo de sospecha. Al tener bajas en la unidad, ambos dejaron de ser camilleros para coger un fisil y se incrementó la vigilancia sobre ellos.

El 29 de junio los regulares de Larache tomaban el Zoco del Tzein de Melusa, mientras las fuerzas de Ceuta ocupaban el Biutz y  la compañía del teniente Valdés quedó en aquella posición de guarnición. Al día siguiente se dispuso que una avanzadilla de la sección de Valdés ocupara una altura que dominaba la zona y la guarneciera con un sargento y veinte hombres. Para el cometido eligió a los veinte soldados más bravos y aguerridos, ya que tras los sucesos de Sidi Talha en la sufrieron bajas sin hacer ninguna al enemigo, la moral estaba un poco decaía, y con ellos era consciente de que tales acontecimientos no les habrían dejado ningún tipo de huella.
Regulares de avanzadilla

El teniente con los otros 18 hombres, entre los que se encontraban los dos Beni‑Mestara, salió a realizar la descubierta dejando en el recinto al sargento con el resto de hombres. Ahora es cuando viene el caso:

“La avanzadilla, por la disposición topográfica de su emplazamiento, había de mantener durante el día tres centinelas en el exterior, los cuales, por tratarse de lugar tan avanzado y próximo al enemigo, eran dobles y Valdés dio la orden de que aquellos dos individuos no formaran nunca un puesto ellos solos.
Al quinto día y cuando faltaba poco para anochecer y por consiguiente para retirar el servicio exterior, se encontraba el teniente dando unos anticipos de su dinero particular a los soldados libres de servicio porque llevaban varios días sin cobrar la «muña», ya que no había llegado de Larache el dinero de la compañía, cuando las voces del cabo de guardia le hicieron salir rápidamente al exterior. Os podéis imaginar lo que había ocurrido. El cabo, por un olvido, había puesto juntos de centinela a los dos cabileños, en contra de la orden del teniente Valdés, y éstos se habían escapado.
Salió Valdés con varios hombres a buscarlos, dispuesto a cazarlos a tiros si lograba darles alcance. Fue inútil, como buenos montañeses y con los minutos de ventaja que les llevaban, en aquel terreno quebrado y cubierto de bosque, fueron más que suficientes para que escaparan. Como era de noche y tenía que mantener el puesto en la línea avanzada, tuvo regresar a  él y dar parte a  de la deserción a sus superiores.”

Cabileños en la defensa de una posición avanzada
La lección que les quería dar a los nuevos oficiales es que a pesar del cariño o aprecio que les había cogido a los cabileños, que habían sufrido peligros y penurias a su lado, toda precaución sobre el indígena de tierras lejanas y guerreras que no ofrece garantías materiales, es poca. A pesar de las precauciones que había tomado, sufrió el fracaso de la deserción por culpa de una clase descuidada en sus cometidos. La enseñanza es que las clases tienen que ser buenas y hay que exigirles mucho sin lo cual, por grande que sea el celo que pongamos de nuestro lado, siempre estaremos vendidos.


Y como moraleja final: “El oficial no puede hacer, en ocasiones, de sargento y de cabo, pero si que tiene que conseguir que sus sargentos y cabos sean excelentes”.
Regulares de Larache nº 4

martes, 7 de febrero de 2017

Los Voluntarios Catalanes. Marruecos 1860

don Victoriano Segrañés, Comandante en Jefe
de los Voluntarios Catalanes
Al igual que los vascos, los catalanes también contribuyeron en la Guerra de África de 1860 con la Unidad de Voluntarios Catalanes.

La unidad se creó el 24 de diciembre de 1859 constaba de cuatro compañías y estaba mandada por don Victoriano Sugrañés y Hernández, teniente coronel graduado y capitán de infantería retirado. La Plana Mayor la completaban el teniente ayudante don Manuel Vacaro y Vázquez y el subteniente don Federico Martínez Aranzana. Las Compañías eran mandadas por los capitanes de infantería retirados: don Manuel Rodríguez López Guars, la 1ª; don Antonio Giménez y Bouder, la 2ª; don Martín de Rochenflué y Ortiz, la 3ª y don Antonio Menéndez y Moron, la 4ª.  Cada compañía tenía además dos tenientes y un subteniente. Todos los oficiales estaban en situación de retirados en el Ejército.

Voluntario Catalán
Como sucedió en el resto de regiones, fue la Diputación de Barcelona la encargada de gestionar todo lo relativo a la Unidad de Voluntarios. En un principio cada población que aportaba voluntarios debía costear la confección de los uniformes pero, finalmente, el coste fue asumido por la Diputación de Barcelona y alcanzó la cantidad de 10 000 duros. Este detalle fue correspondido por la reina Isabel II quien envió a la Diputación una carta de agradecimiento. La uniformidad constaba de un «gorro del país o barretina», 3 camisas de algodón, 2 pares de calzoncillos, 2 camisetas de algodón, una túnica y un pantalón de pana, un par de botines de cuero, 2 pares de alpargatas con peales, un morral‑mochila, una manta y una bolsa de aseo. Los oficiales lo mismo pero el poncho como el de los oficiales de Infantería.

Las divisas eran para los capitanes tres galones de panecillo de plata que llevarán en la manga de la túnica entre el codo y el hombro, en forma de ángulo cuyo vértice se colocará dos pulgadas debajo de la costura. Los tenientes usarán dos galones de la misma clase y forma y uno los subtenientes. Los sargentos usarán dos galones y uno los sargentos segundos colocados como los de infantería del Ejército y los cabos dos galones de estambre encarnado como los de los regimientos de infantería. El armamento era una carabina rayada como la de los Cazadores que se las entregó el Parque de Artillería de las existencias de los almacenes.

Divisas de los
Voluntarios
Para el reclutamiento se admitieron voluntarios entre los 17 y los 36 años con buena resistencia física y sin estar sujetos a la próxima quinta. Mientras dure la guerra quedarán acogidos a las leyes y ordenanzas militares. Cada compañía la compondrán 125 hombres y entre ellos se elegirán a 8 cabos, 3 sargentos segundos y un sargento primero, teniendo preferencia los que hubiesen pertenecido a esas clases en el ejército o en los cuerpos francos. Su hubiese voluntarios bastantes se formaría un segundo batallón con las mismas características. Finalmente, la Unidad estuvo compuesta por 466 hombres, 312 del partido judicial de Barcelona y el resto distribuidos por toda Cataluña.

La Unidad partió del puerto de Barcelona a bordo del buque “San Francisco de Borja” con destino a Tarifa. Su comandante al embarcar dio el grito: «Adeusiau barcelonins» (adiós barceloneses). El día 3 de febrero de 1860 la Unidad llegó a Ceuta a bordo del buque “El Piles”, justo antes de la batalla de Tetuán, siendo recibidos en la misma playa por el general O’Donnell y toda su plana mayor. Fue el general Joan Prim, conde de Reus y marqués de Los Castillejos, quien  les dio la bienvenida y tras recordarles que debían corresponder con su valor a los honores recibidos por el ejército “del bravo O'Donnell, que ha resucitado a España y reverdecido los laureles patrios”, les dijo la siguiente arenga en catalán:

Bandera de los Voluntarios Catalanes en la Guerra de áfrica de 1860

«Catalanes: Acabáis de ingresar en un ejército bravo y aguerrido, en el ejército de África, cuyo renombre llena ya el universo. Vuestra fortuna es grande, pues habéis llegado a tiempo de combatir al lado de estos valientes. Mañana mismo marchareis con ellos sobre Tetuán.
Catalanes: Vuestra responsabilidad es inmensa; estos bravos que os rodean y que os han recibido con tanto entusiasmo, son los vencedores en veinte combates, han sufrido todo género de fatigas y privaciones; han luchado contra el hombre y contra los elementos; han hecho penosas marchas, con el agua hasta la cintura; han dormido meses eternos sobre el fango y bajo la lluvia: han arrostrado la tremenda plaga del cólera; y todo lo han sufrido sin murmurar, con soberano valor, con intachable disciplina. Así lo habéis de soportar vosotros. No basta ser valientes: es menester ser humildes, pacientes, subordinados. Es menester sufrir y obedecer sin murmurar. Es necesario que correspondáis con vuestras virtudes al amor que yo os profeso, y que os hagáis dignos con vuestra conducta de los honores con que os ha recibido este glorioso ejército, de los himnos que  han entonado las músicas en vuestro loor, del general en jefe a cuyas órdenes vais a tener la honra de combatir; del bravo general O´Donnel, que ha resucitado a España y reverdecido los laureles patrios…
Pensad en la tierra que os ha equipado y os ha enviado a esta campaña; pensad en que aquí representáis el honor y gloria de Cataluña; pensad en que sois depositarios de la bandera de vuestro país…y que todos vuestros paisanos tiene los ojos fijos en vosotros para ver como dais cuenta de la misión que os han confiado. Uno solo de vosotros que sea cobarde, labrará la deshonra de Cataluña…
Y si así no lo hacéis; si alguno de vosotros olvidase sus sagrados deberes y diese un día de luto a la tierra en que nacimos, yo os lo juro por el sol que nos está alumbrando: ni uno solo de vosotros volvería vivo a Cataluña…”
Si correspondéis a mis esperanzas y a las de todos vuestros paisanos pronto tendréis la dicha de abrazar a vuestras familias  y  dirán llenos de orgullo: “Tu eres un bravo catalán”».
¡Adelante, catalanes! ¡Acordaos de lo que me habéis prometido! ¡Adelante!».

Víctor Balaguer, cronista de la guerra, comentaba: «Después de la arenga, los voluntarios catalanes desfilaron delante de O´Donnell y al verlos desfilar, este se dirigió a Prim: “Me parecen algo faltos de instrucción”, a lo que éste, contestó: “Mi general, mañana la completaran en el combate”».
Batalla de Wad-Ras. Cuadro de Mariano Fortuny. Museo Nacional de Arte de Cataluña
La Unidad de Voluntarios Catalanes tuvo su bautismo de fuego nada más llegar, tomando parte destacada en la batalla de Tetuán donde murió su comandante Victoriano Sugrañes. Los hechos de esta batalla se narraron así en el Diario de un testigo de la Guerra de África:

«Los voluntarios catalanes han levantado su nombre con una singular hazaña. Los nobles hijos del Principado iban de vanguardia mandados por el General Prim, pero en el instante crítico al llegar a la artillada trinchera, los moros se ponen de pie sobre sus parapetos y fusilan sin piedad a nuestros hermanos. Pero los catalanes no retroceden. […] aunque la franja está llena de muertos y heridos unos 100 catalanes consiguen pasar.
El General Prim se pone a su frente y con voz tremenda les grita en su lengua: “Adelante catalanes no hay tiempo que perder” […] los voluntarios acometen como toros la formidable trinchera. Prim va por delante el primero de todos. Ensangrientan sus bayonetas y vengan a sus compañeros. Vítores sin cuento a la madre España».

Víctor Balaguer en Los Españoles en África, comenta sobre la muerte de su comandante:

El general Prim arengando a los voluntarios
en la batalla de Wad-Rás. Cuadro de 
«Tan brillantes resultados, Excmo. señor, no se consiguen sino con pérdidas sensibles, doblemente cuando recaen en personas tan dignas y beneméritas como las que tenemos que lamentar. Por el estado adjunto, verá V.E cuan cara nos ha costado la victoria; solo llamaremos la atención de V.E sobre las nunca bien lloradas del comandante don Victoriano Sugrañés y Hernández y don Mariano de Moxó, muertos gloriosamente en su puesto, al conducir sus soldados a la victoria».

Los catalanes sufrieron cuantiosas bajas en la toma de Tetuán, pero no fue esa su única hazaña. Cuando los rifeños cortaron el paso a los españoles en Wad-Ras, en su marcha hacia Tánger, se produjo la batalla más dura y sangrienta de toda la guerra. En un momento determinado del combate los batallones españoles fueron rodeados por los rifeños, en ese momento el general Prim, a bayoneta calada, lanza a los 250 voluntarios catalanes que quedaban a romper el cerco. Estos heroicos hechos fueron inmortalizados por los cuadros de Mariano Fortuny y Frances Sans i Cabot.

La Diputación de Barcelona encargó el diseño de la medalla conmemorativa a Josep Pomar i Lladó, se acuñó en los talleres de Bernat Castells, y constó de tres categorías:

¾     Categoría Oro: Fueron dos, una para el general Prim y la otra para el coronel Francesc Fort Segura, quien comandó a los Voluntarios tras la muerte de Sugrañés.
¾     Categoría plata: 492 unidades, medalla de pecho para los soldados que regresaron.
¾     Categoría bronce: 140 unidades, medallas de mano para los familiares de los muertos en combate.

Madallas de plata y bronce (de mano)
Según el historiador Alfredo Redondo, regresaron a casa 237 de los 466 voluntarios, con pensiones garantizadas en función de la condecoración recibida y un ofrecimiento por parte de la Diputación de Barcelona de trabajo en alguna de sus obras.

También se conoce a los Voluntarios Catalanes en la Guerra de África como «Los Voluntarios de Prim»


Cartel conmemorativo del regreso de los Voluntarios Catalanes

lunes, 6 de febrero de 2017

Cambray. 2 de octubre de 1595

don Pedro Enríquesz de Acevedo,
conde de Fuentes
Estando en guerra con Francia, convenía a las armas españolas la toma de Cambray, plaza fuerte y populosa de los Países Bajos, gobernada, en nombre del Rey Enrique IV de Francia, por el Mariscal Juan de Montluc de Balagny, con el título de príncipe de Cambray, al mando de unos 3 000 soldados entre franceses, suizos y valones; unos 7 000 milicianos de la población, casi todos calvinistas.

El conde de Fuentes, don Pedro Enríquez de Acevedo, se propuso tomar la plaza, contando con espías dentro de la ciudad, cuyos habitantes estaban cansados del carácter despótico de Montluc, y reuniendo un fuerte ejército de 25 000 hombres, entre españoles, alemanes y walones, se presentó ante sus muros el 14 de agosto, empezando el 16 los primeros trabajos de circunvalación y contravalación. Levantó cuatro fuertes: el de San Olano, al Norte; el de Nierny, al Sur; el de Evandure, al Este, y el de Premy, al Oeste. El conde se situó en el de Evandure, y de él partieron los primeros ramales de trinchera hacia la plaza.

Por el lado del Mediodía era por donde la ciudad tenía sus puntos más débiles, y por lo tanto los franceses lo habían fortificado con más ahínco, estando juntos el muro de circunvalación con la ciudadela por medio de un baluarte con un gran orejón que protegía la muralla, entre el baluarte de Roberto y la puerta de Malle.

Jean Montluc de Baligny,
príncipe de Cambray
El maestre de campo don Agustín Mejía se encargó con su Tercio de construir el ramal de trinchera contra el primero, y el mariscal Varlotta, con los valones, hizo lo propio contra la puerta de malle, pudiéndose llegar, aunque con gran dificultad y en medio de fuertes combates, hasta el foso, que era seco pero muy hondo. Mientras tanto, los defensores realizaban salidas que estorbaban los trabajos de los Tercios y que conseguían que algunos pequeños refuerzos entraran en la ciudad, entre ellos el de 300 Dragones al mando de Mr. Vich.

El 24 de septiembre, la artillería española, que había sido emplazada por el hábil artillero Cristóbal Lechuga, rompió el fuego, con tres baterías de 14, 9 y 10 cañones dirigido al frente atacado, además de otros 30 situados en otras partes. El ataque fue contestando por los sitiados con tal energía, que al llegar la noche habían desmontado 9 piezas, muerto más de 100 artilleros y volado la segunda batería, que quedó inutilizada por completo.

Se realizó de nuevo la construcción de mejores emplazamientos para destruir el orejón defensivo, pues sólo así quedarían al descubierto las casamatas de las piezas de la plaza. El 2 de octubre se rompió de nuevo el fuego sobre la muralla y tras ocho horas de continuo castigo de las defensas se abrió una brecha de 30 varas, se destruyó una batería de 15 piezas y quedó al descubierto la puerta de Nuestra Señora, preparándose todo para el asalto.

Cuando se preparaban los españoles para el asalto  y los defensores para resistirlo  se produjo la sublevación de los ciudadanos católicos de Cambray, que secundados por suizos y valones, arrojaron las banderas blancas, enarbolando las rojas de España, para pedir a los sitiadores un trato. Abiertas las puertas se apresuró a entrar en la plaza don Agustín Mejía con 1 000 hombres de su Tercio, obligando a evacuar la población a franceses y calvinistas, que se refugiaron en la ciudadela. La esposa de Montluc, Renata de Clermont,  se distinguió por su valentía quien con una pica en la mano, y seguida de sus criados con sacos de monedas, se metió entre los amotinados para comprarlos; pero sus esfuerzos por conservar el Principado de Cambray fueron inútiles, se auto envenenó ese mismo día por miedo a ser capturada por los españoles.

Tercios españoles preparados para entrar en combate

Intimada la rendición a los guarecidos en la ciudadela, contestó Montluc que si no le recibía refuerzos en seis días por parte de su rey, rendiría la fortaleza; contestándole el conde de Fuentes: «Si me aseguráis que Enrique va a acudir en vuestro auxilio, no digo seis días, muchos más os concederé gustoso para darle lugar a que venga y le veamos».

Como era de suponer Enrique IV no fue a socorrer la plaza, y el día 8 de octubre, Montluc de Balagny, esclavo de sus propias palabras, rindió la ciudadela, saliendo con todos los honores de guerra y siendo agasajados por el conde de Fuentes, que sentó a su mesa a los Jefes principales, y les dio caballos para que se unieran al ejército francés.

Las bajas enemigas fueron menores que las españolas, quienes hallaron, al entrar en la ciudad, gran material de guerra, provisiones, víveres y efectos de todas clases. En este sitio fue herido el insigne artillero Cristóbal Lechuga.

El rey don Felipe felicitó al conde de Fuentes otorgándole el título de Capitán General de España y lugarteniente real para los asuntos de guerra. Tras la muerte de Felipe II, Felipe III le hizo grande España y el duque de Lerma, valido del rey, consiguió alejarlo de la Corte, encomendándole el gobierno de Milán.


Don Pedro Enríquez de Acevedo murió el 25 de julio de 1610 a los ochenta y cinco años reconocido por todos como uno de los mejores políticos y militares de su tiempo.

Los Tercios Vascongados. Marruecos 1860

Voluntarios vascongados. Grabado de la época.
La intervención de España en Guerra de África de 1860 se produjo para garantizar la seguridad de sus plazas de soberanía e incluso su propia independencia. Esta lucha tuvo un espíritu de unidad y fue una guerra popular, se podía decir que fue una «Cruzada», una guerra santa que despertó en el pueblo un verdadero sentimiento de defensa nacional. Si la integridad de todo el territorio peninsular no peligraba, sí que estaba en juego la seguridad de la plaza española de Ceuta y se ponía gravemente en cuestión el honor nacional, lo que aunó aún más el sentimiento de unión.

En unos años tan convulsos, este movimiento tuvo un amplio respaldo en todas regiones y provincias de manera que se formaron y organizaron tropas especiales para la contienda, unas fueron forzosas, otras voluntarias y algunas con soldados de ambas procedencias, siendo una de estas las llamada División Vascongada o Tercios Vascongados con los que el Señorío de Vizcaya y las provincias de Álava y Guipúzcoa acudieron a formar parte de este empeño de nivel nacional.

Las provincias vascas vivían en aquellos años en Régimen Foral y dentro de esta estructura se creó todo el proceso de formación de los Tercios. Así, el 12 de noviembre de 1859 se reunieron en la Casa de Juntas de Guernica los Comisionados del Señorío de Vizcaya y los de las provincias de Álava y Guipúzcoa, junto al histórico árbol símbolo de las libertades vascas. Al ser un asunto excepcional el llamamiento a la guerra, ese mismo día se tomaron los acuerdos necesarios como respuesta inmediata. Estos acuerdos fueron: 1º Poner inmediatamente a disposición de la Reina («Su Majestad la señora de Vizcaya») un donativo voluntario de cuatro millones de reales por cuenta de las tres provincia hermanas. 2º Un alistamiento general del país, con arreglo al Fuero por el tiempo que dure la guerra de Marruecos y, 3º La creación de tres Tercios fuertes de 3 000 hombres, en dichas provincias durante el tiempo de la misma guerra.

La Junta del Señorío comunica a los vizcaínos por circular de la Diputación, el  20 de noviembre de 1859, los términos del acuerdo adoptado con las otras dos provincias de esta manera:

«Vizcaya, que a fuerza de sacrificios ha conquistado el renombre de Muy Noble y Muy Leal, sin que en la dilatada serie de los siglos haya desmentido tan glorioso dictado,—Vizcaya, que siempre ha concurrido con sus esfuerzos y servicios generosos el día del peligro, cuando el principio religioso, el principio monárquico, la independencia nacional o el honor del pabellón español se hallaban comprometidos, no puede, sin faltar a su historia, a sus antecedentes, a sus mayores y, a lo que a si propia se debe, dejar de tomar parte voluntaria y digna, en los sacrificios, ahora que se trata de obtener cumplida satisfacción de los repetidos agravios inferidos al pendón de Castilla, por una nación bárbara y descreída, y de llevar a ella, con la gloria de las armas españolas, la semilla fecunda y civilizadora del Evangelio, cumpliendo así el Testamento de aquella gran Reina Católica, la imagen de cuyo esposo tiene la Junta presente en el acto de jurar en este mismo sitio, a la sombra del árbol venerando que le cobija, los fueros, libertades y franquezas de este suelo infanzón. La España toda se apresta llena de entusiasmo a la guerra. ¿Cómo por primera vez en los fastos del honor vascongado había de quedar Vizcaya mera espectadora de la lucha, sin tomar parte en los sacrificios y en el peligro de sus hermanos? (…)»

don Carlos María de la Torre Navacerrada
Los «Tercios Vascongados» o «División Vascongada» estaba mandada por el mariscal de campo don Carlos María de la Torre Navacerrada como Comandante general de la División Vascongada, y al coronel don Rafael Sarabia Núñez como jefe de la plana mayor. Se dividía en cuatro Tercios que contaría cada uno con seis compañías, con un capitán, un teniente y un subteniente cada una de ellas.
El primer Tercio era el de Álava, con 709 hombres, el segundo el de Guipúzcoa, con 766, el tercero el de Vizcaya, con 776, y del cuarto correspondían a Guipúzcoa las Compañías 1ª, 2ª y 3ª, con 364, y a Vizcaya las 4ª, 5ª y 6ª, con 415. Aportan un total de 3 000 hombres que sumados a los 42 000 del resto de regiones forman los 45 000 efectivos del ejército de África. El 1º Tercio se reunió en Vitoria, el 2º en Tolosa, el 3º  en Bilbao y el 4º en Durango.

Los jefes nombrados para cada uno de los Tercios fueron: el teniente coronel don Isidro Eleicegui Otamendi para el 1º; el teniente coronel don José Ochoteco Vergara para el 2º, este jefe fue cesado por insubordinación y sustituido por el teniente coronel don Antonio Palma Barrios quien enfermó y se hizo cargo del Tercio el comandante don Telesforo Gorostegui Saralegui; el teniente coronel don Juan Zabalainchaurreta Aboitiz  para el 3º y el teniente coronel don Ignacio Arana Ganzarain para el 4º.

La única condición para alistarse era ser vascongado. En primer término se admitían los voluntarios de la Diputación y los que faltaban para completar el contingente lo proporcionaban los municipios (Ciudad, Villas y Anteiglesias), según su número de habitantes y como cupo forzoso.

Oficiales de los Tercios Vascongados. El general Latorre (sentado), el coronel sarabia (3º por la izda),
Isidoro Eleicegui, Miguel Uzuriaga y Luis Sacristán. Museo de San Telmo. San Sebastián
Los voluntarios debían ser naturales de una de las tres provincias, de 18 a 40 años al principio, más adelante se matizó de 20 a 30 años, solteros o viudos sin hijos, y en enero de 1860 se acordó en admitir voluntarios a hijos del país de 20 a 40 años, foráneos que hayan salido libres  del compromiso de la última quinta en sus provincias de origen, y casados que reúnan las condiciones para servir en campaña. Estos voluntarios recibían una gratificación de 4 000 reales de vellón: 160 al ser admitidos, el resto hasta 2 000 el día de su presentación y los 2 000 restantes en el momento de partir hacia la guerra.

El contingente se completaba con los cupos forzosos del modo que cada ayuntamiento considerase más oportuno, propio del espíritu foral vizcaíno que daba total libertad a sus municipios, comprendiendo a los solteros y viudos sin hijos de 20 a 30 años cumplidos, con una talla mínima de 1,56 m, quedando exentos los impedidos, los religiosos, los hijos que sostuvieran a la familia con su trabajo, etc. Para el caso de los sustitutos, se amplió la edad a 20-40 años, y se admitió a los casados.
Los jefes, oficiales y sargentos primeros se proveían de las clases activas del Ejército, procurándose, que fuesen naturales de las provincias Vascongadas.

Para cada Tercio se designaron 29 mandos: 1 teniente coronel, un primer comandante, un 2º comandante, 6 capitanes, 7 tenientes, 7 subtenientes y 6 sargentos primeros (1 teniente y 1 subteniente eran para la plana mayor del Tercio).

Los haberes que tenían eran los siguientes: mientras están en el País, 6 reales los soldados, 6 y medio los cabos segundos, 7 los cabos primeros, 8 los sargentos segundos, 9 los sargentos primeros que se incrementaban en 1 real a los soldados, 2 a los cabos y 3 a los sargentos, por cuenta del Señorío cuando salían fuera. Se establecieron pensiones para los inutilizados y para las familias de los muertos y preferencias de destino en el Señorío a los voluntarios de los Tercios.
Tercios vascongados en la Batalla de Wad-Rás, 23 de marzo de 1860.
 Museo de San Telmo, San Sebastián
El equipamiento corrió a cargo de las Diputaciones. Consistió en: vestuario, cananas, botas para líquidos, ollas de rancho y los siguientes efectos que fueron importados de Francia: mochilas, tiendas, mantas y botiquines (encargados en París por el general Latorre). El armamento fueron fusiles nuevos, procedentes del Ejército, de fabricación belga. La uniformidad de los Tercios Vascongados era la de la Infantería de Línea de la época, pantalón rojo y poncho azul, con la boina vasca de color rojo.

El 3 de febrero de 1860 se reúnen en Santander los cuatro Tercios. En los días siguientes son embarcados con destino a San Fernando donde realizan el periodo de instrucción. El 27 de febrero se encuentran todos en territorio africano donde son revistados por el general O’Donnell. Se distinguieron especialmente en la batalla de Wad-Rás donde lucharon heroicamente aunque no tuvieron el protagonismo que, sin duda, hubiesen deseado.

Bandera del 4º Tercio Vascongado
El retorno de los Tercios Vascongados se produjo de manera escalonada durante el mes de mayo de 1860 y  la División fue oficialmente disuelta por Real Orden del 4 de mayo de 1860, en la que se expresó la gratitud de su majestad por el servicio prestado a la Monarquía.

El recibimiento a los Tercios en las tres constituyó una gran manifestación festiva, en un ambiente de exaltación patriótica vasco-española que ensalzaba el amor a España y la lealtad a la Corona, al mismo tiempo que el amor y la lealtad también a la provincia, al País Vasco y al régimen foral.

Cada Diputación dirigió una proclama a los Tercios, que fue  ampliamente difundida por tos la provincia. La proclama que la Diputación de Vizcaya dirigió al Tercio de Vizcaya, decía así:

La Diputación general de este Señorío os saluda con toda la efusión de su alma. Os felicita por la brillante campaña de África, donde con vuestro sacrificio y valor, habéis aquilatado los nobles blasones de este ilustre solar. Dignos herederos de vuestros mayores, los habéis igualado, imitando aquellas grandiosas empresas que hicieron a España tan gloriosa. (…) Honor y memoria eterna también a los héroes que han merecido sellar con su sangre el testimonio de su lealtad: (…) la nación los bendice, la fama perpetuará sus nombres, y el Señorío no olvidará nunca sus servicios.
Al despediros del noble pendón de Castilla, de esa enseña sagrada que ha enardecido vuestro heroico corazón ante la hueste agarena, depositadla repitiendo vuestro juramento de adhesión y lealtad a la Regia Señora que ocupa el trono de San Fernando: no olvidéis nunca que os ha sido confiada su custodia; y al regresar tranquilos a vuestros pacíficos hogares, sea cada uno de vuestros pechos un firme muro donde se consolide la paz y el engrandecimiento del pueblo Ibero.


El general Latorre recibió en Álava y en Vizcaya la distinción honorífica de «Padre de Provincia» otorgada por las Juntas Generales, y en Guipúzcoa, donde no existía esa figura, un «voto de gracias» de la Asamblea Foral.