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domingo, 6 de diciembre de 2015

El Saco de Roma

Saco de Roma, 1888. Francisco Javier Amérigo Aparicio.
 Pequeño formato. Biblioteca Museo Víctor Balaguer
El Saco de Roma se enmarca dentro de la lucha entre Francisco I de Francia y Carlos V, por el dominio de Italia.

Tras la muerte del papa Adriano VI, el deseo del nuevo papa Clemente VII, era el de mantener el equilibrio entre ambas potencias. Pero, mientras, Carlos V había concluido, el 16 de junio de 1522, una alianza en Windsor con Enrique VIII, a la que siguió un tratado secreto. No obstante, por una parte, Inglaterra era un aliado diplomático más que militar; por otra, el Papa se desinteresaba por la coalición formada en tiempos de su antecesor. Es más, Francisco I reconquistó Milán en octubre de 1524, y en diciembre Clemente VII concluía una alianza con Francia y Venecia. Mientras tanto, las tropas imperiales fracasaban en Champaña y Marsella, y Francisco I, persiguiendo a los españoles en su retirada, volvió a invadir Italia, llegando hasta la plaza de Pavía, que fue sitiada durante cuatro meses. Para socorrerla, acudió un ejército improvisado que se midió con los franceses ante los muros de la ciudad.

Francisco I y Carlos V
El 25 de febrero de 1525, la batalla de Pavía daba la victoria a los imperiales, que, además, capturaban a Francisco I. Carlos V estaba en situación de establecer las condiciones de paz sin tener en cuenta a Inglaterra. Por el tratado de Madrid, firmado el 15 de enero de 1526, Francisco I se comprometió, a cambio de su libertad, a renunciar a sus derechos sobre Italia y Flandes, y a entregar Borgoña al emperador.

Clemente VII
Lejos de cumplir las cláusulas del tratado, Francisco I organizó la Liga de Cognac contra el emperador, el 22 de mayo de 1526. El papa Clemente VII, Francisco Sforza, duque de Milán, que había sido repuesto en sus posesiones por el emperador, Venecia y Florencia, se unieron a Francisco I, bajo la neutralidad de Enrique VIII, que había abandonado momentáneamente la alianza española. Carlos V decidió dirigir sus fuerzas contra el eslabón más débil, el Papa; pero era difícil controlar unos ejércitos que no habían recibido su paga, y el asalto de Roma —saco de Roma—, realizado el 5 de  mayo de 1527 por las tropas españolas y alemanas, fue seguido del pillaje y profanaciones sacrílegas durante una semana. Clemente VII, sitiado en el castillo de San Angelo, tuvo que capitular en noviembre.

Plano del Saco de Roma
La situación de impasse que se produjo en 1527, entre Francisco I y Carlos V, fue porque ninguno de los dos monarcas tenía dinero para salir adelante. Desde 1526, los administradores españoles de Carlos le aconsejaban evitar cualquier plan que implicara una mayor participación en Italia. 

Pero, al mejorar las perspectivas económicas de Carlos V, éste comenzó a tener una posición ventajosa frente a su rival. Comenzaban a llegar cantidades importantes de metales preciosos desde las Indias y, por otra parte, en julio de 1528, Andrea Doria desertó de Francia para entrar, junto con su flota, al servicio del emperador, al parecer fueron motivos patrióticos los causantes de esta decisión, ya que Génova sólo podía ser independiente con un Milanesado dependiente de los Habsburgo.

Andrea Doria
El ejército francés, que había invadido Milán y Nápoles, fue derrotado y, en julio de 1529, el papa y el emperador se reconciliaron mediante la firma del tratado de Barcelona, aceptando el primero recibir a Carlos V en Italia. Francisco I se vio obligado a ceder y, por la Paz de Cambrai, el 3 de agosto de 1529, conocida también como la Paz de las Damas, pues había sido negociada por Luisa de Saboya, madre de Francisco I, y Margarita de Austria, tía del emperador, reconoció la soberanía de Carlos V sobre Artois y Flandes y renunció a sus derechos sobre Milán, Génova y Nápoles; a su vez, Carlos V renunciaba momentáneamente a Borgoña, y reconocía al duque de Milán, Francisco Sforza, como vasallo imperial.

Carlos V completó su victoria política en Italia con su coronación imperial en Bolonia por Clemente VII, el 24 de febrero de 1530.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Las Atarazanas en el sitio de Barcelona de 1714 durante la Guerra de Secesión

Opetarios trabajando en el Parque de Artillería
de las Atarazanas
Al morir Carlos II, el último Rey de la casa de Austria, el 1 de noviembre de 1700, reconoció como heredero a la Corona Española a Felipe de Anjou quien, recién llegado a España, se apresuró a organizar el Ejército a la manera francesa, sustituyendo los mosquetes, arcabuces y picas por fusiles con bayoneta y sustituyendo la orgánica de las unidades militares de los Austrias por el modelo regimental francés.

Oficial de Artillería del
 Regimiento Real de Artillería
La situación económica en que se encontraba España a principios de siglo obligó a una acción reformadora, desde el punto de vista mercantilista, asumiendo el Estado un papel protagonista al modelo francés, apoyando en el sector metalúrgico las Reales Fundiciones; este apoyo se materializó fomentando la tecnología, dotando de maquinaria para el desarrollo de los procesos de producción, animando la investigación técnica y científica con la creación de centros de enseñanza y aumentando la calidad de los conocimientos al integrarse tecnológicamente en Europa, enviando a técnicos militares a estudiar al extranjero e importando conocimientos, al atraer especialistas de otros países a nuestros centros de producción.

El 2 de mayo de 1710, para guarda y servicio de trenes de Artillería, Felipe V promulga la “Real Ordenanza para la dirección y servicio de la Artillería; creación de un Regimiento, sueldos, fuero, grados, preeminencias y proposiciones de empleos” y se crea el Regimiento Real de Artillería de España. Se organiza en tres batallones a doce compañías cada uno: tres de artilleros, una de minadores y ocho de fusileros. El primer batallón es destinado al Ejército de Aragón, con cabecera en Valencia, para guardar las plazas de este Reino y las de Cataluña, Valencia, Navarra y Guipúzcoa. De este batallón se destinan a Barcelona varias de sus compañías, las cuales se ubicaron en las Atarazanas, en aquel momento Parque de Artillería.

Plano de las Atarazanas
Se debió a que como consecuencia de la guerra de sucesión en España, las urgentes reparaciones del material necesitaba de muchos trabajadores con conocimientos y aunque de antiguo las Atarazanas contaban con personal experto, muchos de estos no pertenecían a la plantilla del Ejército, por lo que a más de la custodia se intentó proveer de trabajadores militares. Por ese motivo el Reglamento del 2 de mayo de 171O obligaba a que cada una de las compañías del Regimiento, tuviera diez obreros entre carpinteros, toneleros, herreros armeros y calafates.

Durante la guerra de sucesión, entre 1712 y 1714 se produjo el célebre sitio de la ciudad de Barcelona, que había decidido continuar la guerra por su cuenta defendiendo la causa del Archiduque Carlos. El mando militar de la Ciudad lo el teniente mariscal Antonio de Villarroel y Peláez y el asedio fue dirigido en principio por Restaino Cantelmo-Stuart y Brancia, duque de Popoli, que había sido nombrado capitán general de Cataluña por Felipe V.

Plano de Barcelona en 1714 durante el sitio

El bloqueo fue planteado por el general Jorge Próspero de Verboom, prestigioso militar conocido por sus estudios sobre fortificaciones, el cual vio difícil el mantenimiento del cerco, en vista de la cantidad de Artillería que tenía la Ciudad, recuperada de los almacenes de las Atarazanas, por lo que hizo una petición de la Artillería que a su juicio era imprescindible para la operación consistente en 90 cañones, 50 morteros y gran cantidad de municiones y pólvoras, comenzando el cañoneo sistemático en abril de 1714.

Al resistir la Ciudad el intercambio de fuego artillero y no dar muestras de debilidad, Felipe V solicitó apoyo francés, siéndole enviado el prestigioso mariscal James Fitz-James, duque de Berwick con unos 20.000 soldados franceses y una fuerte Artillería, al mando del conde de  Grandpré, compuesta por 87 cañones y 33 morteros, así como numerosas piezas de pequeño calibre.

Sitio de Barcelona de 1714. Asalto final
Tras encarnizados combates con numerosas bajas por ambas partes y tras rechazar los barceloneses las propuestas de paz del duque de Berwick, éste procedió, el 11 de septiembre, al asalto final. Tras abrir la artillería borbónica una gran brecha entre los baluartes del Llevant y Portal Nou  las tropas penetraron en la ciudad y obligó al gobierno del Conseller en Cap, Rafael Casanova, a rendir la ciudad bajo amenaza de pasar a sus habitantes a cuchillo.

Finalmente el 12 de septiembre la ciudad capitula y el 13 el duque de Berwick entra en la ciudad prohibiendo el saqueo y respetando la vida de sus habitantes.

El sitio de Barcelona se cerró con un balance de 12.000 personas muertas entre sitiados y sitiadores, a pesar de ser cerca de 40.000 hombres los sitiadores, necesitaron dos años y sangrientos combates para lograr la rendición.

Cañones en las Atarazanas
de Barcelona
El uso de la Artillería producía gran cantidad de heridos de guerra y mutilados, se pensó en aprovechar los conocimientos de algunos de ellos y así darles un empleo digno, por lo que una vez firmado el tratado de Utrecht y acabada la guerra de sucesión entre Felipe V y el Emperador Carlos VI, se crearon en 1717 los batallones de inválidos para oficiales y soldados inválidos y estropeados.

Con fecha de 23 de marzo se dicta una orden que habla de la formación de Batallones de Inválidos que habrían de estar compuestos por compañías, ubicadas, en un primer momento, en Palencia. El 29 de mayo, una orden dispone que los inválidos pertenecientes a las compañías de Palencia pasen a Galicia. El 26 de octubre, Felipe V firma el “Reglamento para el establecimiento de los Oficiales y Soldados de las Tropas destinadas a Inválidos y sueldos que respectivamente deben gozar”, donde se disponía que con los oficiales y soldados impedidos que disfrutaban, entonces, del sueldo de inválidos, se formaran compañías compuestas por: dos capitanes, dos tenientes, dos subtenientes, tres sargentos y cien soldados. Se hablaba ya entonces de que la mitad estuvieran lo más sanos posible y que la otra mitad la conformaran los que se encontraran más impedidos.

El 20 de diciembre de ese mismo año se promulga la “Real Ordenanza sobre la residencia, sueldos y disciplina de los Oficiales y Soldados inválidos o impedidos, incluso los de Reales Guardias”. Doce años más tarde, en 1729 se dispone por Real Orden que se considerase a las Unidades de Inválidos como unidades militares y en servicio. Siendo destinados a Barcelona una compañía de ellos.

Esta compañía reunía a los inválidos útiles de Artillería, formados por artilleros, bombarderos y minadores, con la finalidad de ser empleados en las tareas propias de alma, fundición y fábrica de armas de las Atarazanas, la cual estaba en proceso de expansión, debido a que en 1714 Felipe V había mandado cerrar la antigua fundición del Refino.

Ciudadela de Barcelona
obra de Verboom
Para apoyar el crecimiento de la Artillería en Barcelona y completar las defensas de la Ciudad, en lo referente al perímetro de la Ciudadela, recién construida por el ingeniero Jorge Próspero de Verboom, y al castillo de Montjuic, el 25 de noviembre de 1717 para la reparación de Artillería, se formó una compañía especial compuesta por carpinteros, toneleros herreros, armeros y calafates, procedentes de la reagrupación de todos los de las compañías del Regimiento de Real Artillería, que fue complementada el 27 de agosto de 1718 con una compañía de obreros para el servicio del tren de Artillería de campaña, esta compañía al mando de un Capitán del Cuerpo, tenía entre su personal dos torneros, dieciséis carreteros, dos fundidores y un maestro armero.

De estas normas y de la transformación de las Casas de Munición, nacieron las Maestranzas, con la idea de que funcionaran como fábrica y como centros de formación de especialistas de la metalurgia militar.

La Ordenanza del 15 de julio de 1718, unificó los calibres y modelos de las piezas de Artillería de uso en el Ejército, para evitar la gran diversidad de material que en aquel momento se utilizaba.
Las Atarazanas, con estos apoyos, aumentaron sus misiones de Maestranza de Artillería, siendo esta la que en 1732 preparó las 82 piezas de grueso calibre con sus correspondientes municiones, pertrechos y efectos, que fueron utilizadas para la expugnación de Mahón.

Para la configuración de la artillería como un cuerpo dirigido por militares altamente cualificados en las artes de fundición, metalurgia, diseño, tipología de cañones, etc., se promulga un Real Título, el 13 febrero de 1732, creando el cargo de Inspector General de la Artillería.Para el puesto se nombra al conde de Mariani, con el empleo de coronel de artillería.

Operarios colocando los radios de madera a una llanta
metálica de cñón en las Atarazanas
En 1733, el Ingeniero Militar Carlos Beranger, proyectó las Estancias de Hornos de Afino, para la Real Fundición de Bronce de Barcelona, situándolo fuera de las murallas de la ciudad y muy próxima a las Atarazanas. En 1749, el comandante de Artillería Juan Rafael de Silby remite un nuevo proyecto para ampliar el edificio con el objetivo de aumentar la producción y efectuar con más rapidez las labores de fundición. El ingeniero militar Juan Martín Zermeño a partir del proyecto de Silby propone algunas modificaciones ampliando el edificio en sentido longitudinal a lo largo de las ramblas.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Don Fadrique de Toledo

Don Fadrique de Toledo
Don Fadrique Álvarez de Toledo y Miranda nació en Nápoles el 30 de mayo de 1580, el mismo año en que su unieron las Coronas de Castilla y Portugal, era hijo de don Pedro de Toledo y Osorio, V Marqués de Villafranca y de doña Elvira de Mendoza.

Comenzó su brillante carrera militar sirviendo en galeras bajo mandato de su padre y posteriormente combatiendo contra turcos y bereberes lo que le supuso en 1618 ser nombrado capitán general de la Armada del Mar Océano al mando de la cual participaría en numerosos combates contra holandeses, ingleses y berberiscos.

En 1621 derrotó a la armada de los Países Bajos en la batalla naval de Cabo San Vicente y nuevamente en 1623 en la batalla naval del Canal de la Mancha. Ese mismo año derrota a una escuadra bereber junto a las costas de Gibraltar.
Toma de Salvador de Bahía por Pieter Hayn 

En 1625, ostentando el cargo de general del Reino de Portugal y capitán general del Brasil, se le ordena recuperar Salvador de Bahía que había sido conquistada por una flota holandesa de  26 navíos con 450 cañones y 3300 hombres. Don Fadrique se pone al mando general de las escuadras que se forman: la flota portuguesa, al mando de don Manuel de Meneses, con 22 navíos; la armada del Mar Océano con 11 navíos, al mando del propio don Fadrique; la armada del Estrecho de Gibraltar con 5 bajeles, al mando de  don Juan Fajardo de Guevara; la armada de Vizcaya con 4 galeones, al mando de don Martín de Valdecilla: la armada de las Cuatro Villas del Cantábrico con 5 bajeles, al mando de don Fadrique de Acevedo; y finalmente la armada de Nápoles con dos galeones y dos pataches. En total más de 12.000 hombres y casi 1.000 piezas de artillería. La potente armada llegaría a las costas brasileñas el 29 de marzo y con un ataque combinado por tierra y por mar, en tres semanas se rendía la plaza.

Recuperación de Bahía de Todos los Santos por don Fadrique de Toledo
En 1629 vence a los corsarios en la isla Nieve y expulsa a ingleses y franceses de la isla de San Cristóbal.

Su brillante carrera militar había hecho que don Fadrique fuese recompensado por Felipe III con el título de marqués de Villanueva de Valdeza y por Felipe IV con nuevos títulos y honores. Esto provocó el choque con el autoritarismo del conde-duque de Olivares quien acusó a don Fadrique de haber conseguido todo gracias al Rey, acusación a la que don Fadrique respondió afirmando que “había servido a S.M. gastando su hacienda y sangre, y no hecho un poltrón como el Conde-Duque”.

Recuperación de la Isla de San Cristóbal
Como la venganza se sirve en plato frío y conociendo el débil estado de salud de don Fadrique, Olivares le ordenó marchar nuevamente a las costas americanas a recuperar la plaza de Pernambuco y las aledañas ocupadas por los holandeses en 1630. Don Fadrique no aceptó y tuvo que renunciar a la misión por su estado de salud por lo que fue acusado de desobediencia y condenado al destierro, privándole de sus bienes y perdiendo todos sus honores.

Preso en Santa Olalla a principios de septiembre de 1634, moría un mes más tarde y aun así le sobrevivió la saña de Olivares, quien mandó que le fuera retirado el bastón de general y se desmontara el túmulo que se había preparado para sus funerales en la iglesia del Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, la actual Catedral de San Isidro de Madrid.

La caída del conde duque de Olivares en 1643 acrecentó su fama como uno de los más valientes y destacados capitanes generales que tuvo la armada española, siendo el más destacado marino español de su época.

martes, 24 de noviembre de 2015

La Marsellesa, la historia de un himno de guerra

Momento en que Rouget de I'Isle está componiendo
La Marsellesa de Jean Paul Auguste de Pinell
El más famoso himno guerrero y patriótico del mundo no nació en Marsella como todo el mundo cree sino que lo hizo en Estrasburgo como himno de los ejércitos del Rin. Esta es la historia de “La Marsellesa”.

El 20 de abril de 1792, la Asamblea Legislativa del Reino de Francia declara la guerra  al rey de Bohemia y Hungría. El 25 de abril en Estrasburgo, se notifica la declaración de guerra al mariscal Nicolas Luckner, comandante del Ejército del Rin, por parte del alcalde, barón Philip Fréderic Dietrich, quien manifiesta el deseo de que se creara un canto o himno que sustituyera al tradicional canto Ça ira, por encontrarlo demasiado festivalero.

Entre los asistentes a la recepción en casa del alcalde se encontraba el capitán de ingenieros Claude-Joseph Rouget de I’Isle, gran aficionado a la música, a quien el alcalde le pide que cree un himno más acorde con aquel momento histórico.


El mariscal Nicolas Luckner
De regreso a su casa el capitán Rouget, acompañado de su violín compuso en la noche del 25 al 26 de abril la letra y música del Canto de guerra para el Ejército del Rin, dedicado a su comandante el mariscal Luckner.

Al día siguiente el alcalde Dietrich, conocido barítono, lo cantó en su casa delante del mariscal Luckner y fue  aceptado como Canto de guerra del Ejército del Rin. La partitura fue adaptada al piano por la esposa del alcalde y orquestado por el propio Rouget. Fue impreso y distribuido entre los oficiales y la tropa. El domingo 29 de abril en el Patio de Armas se realizó la primera audición pública del Canto de guerra del Ejército del Rin. En solo cuatro días se había creado una canto inmortal.
Barón Dietrich

El éxito fue tal que pronto se difundió por toda Francia. El 17 de junio se cantó en Montpellier durante los funerales del alcalde de Étampes, Monsieur Simoneau, tras los discursos patrióticos. Uno de los testigos de esta ceremonia fue el joven estudiante de medicina Etienne-François Mireur, quien el día 20 marchó a Marsella para unirse como voluntarioi al batallón marsellés que partía hacia París. Tras ser presentado a la Sociadad Jacobina de Marsella, el joven Mireur, el día 22 en el banquete ofrecido a los voluntarios marselleses, tras las arengas de rigor y en medio del silencio general entonó el Canto de guerra del Ejército del Rin de manera tan solemne que todos los asistentes se quedaron impresionados.

Al día siguiente el Journal des Departements Meridionaux publico el texto del Canto de guerra y entregó una copia a cada uno de los voluntarios cuando partían hacia París. Al llegar el batallón a París, tras una marcha de 27 días, el canto fue entusiásticamente por el pueblo que lo llamó la Marsellesa. El propio capitán Rouget de I’Isle lo tituló como el himno de los marselleses cuando lo incluyó en sus Ensayos en Verso y Prosa (1796).

Rouget de I'Isle cantando 
La Marsellesa de Isidore Pils
El himno fue cantado por los revolucionarios que el 10 de agosto de 1792 asaltaron las Tullerías y provocaron la caída de Luis XVI al negarse al firmar en decreto de abolición de la monarquía. El propi autor fue exonerado, denunciado y encarcelado y hubiese rodado su cabeza en la guillotina de no ser por la caída y muerte de Robespierre, el 27 de junio de 1794.

Claude-Joseph Rouget de I'Isle
Pasado el periodo del Terror, Rouget de I’Isle se reincorporó al ejército y participó en la campaña de la Vendée a las órdenes del mariscal Hoche. En 1796, con 36 años, se retiró a su ciudad natal para dedicarse por entero a la música y la literatura. Falleció el 27 de junio de 1836, en Choisy-le-Roi, a los 66 años.

El mariscal Nicolas Luckner, para quien fue compuesta La Marsellesa, fue acusado de traición y murió en la guillotina el 4 de enero de 1794. El barón Philip Fréderic Dietrich, alcalde de Estrasburgo, que fue el primero que la cantó, murió en la guillotina el 5 de marzo de 1793, y el joven estudiante de medicina Etienne-François Mireur, padrino de La Marsellesa,   murió heroicamente en el asalto y conquista de Alejandría, el 8 de junio de 1798.


Como hemos visto más que La Marsellesa, bien podría haberse llamado La Estrasburguesa.  

sábado, 21 de noviembre de 2015

El juicio a Jacques de Molay, el último templario

Jacques de Molay
En 1307, Felipe IV el Bello, rey de Francia, y el papa Clemente V mandaron arrestar a los templarios en Francia; más tarde se hizo lo mismo en otros países.

Siete años pasaron hasta que el Gran Maestre de la Orden, Jacques de Molay, fue conducido a la hoguera el 18 de marzo de 1314 junto a Godofredo de Charney, maestre en Normandía, Hugo de Peraud, visitador de Francia, y Godofredo de Goneville, maestre de Aquitania, y  fueron acusados de brujería, de sostener doctrinas heréticas, de prácticas sodomitas, de sacrilegio, de haber rehuido el regreso al frente cruzado en Tierra Santa…

Juicio a Molay y los templarios
Felipe IV había organizado este proceso con todo detalle y no podía fallar. Lo que se trataba era de transferir a las arcas de la Corona los fondos en oro, plata, monedas y títulos de crédito que atesoraba la orden, convertida en una especie de banco internacional. Los años que duró el proceso fueron los que empleó el rey francés para apoderarse de hasta el último céntimo de los templarios.

La  tradición asegura que Molay antes de ser quemado conjuró al rey y al papa a comparecer ante Dios ese mismo año:

“Dios sabe quién se equivoca y ha pecado y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir." "Clemente, y tú también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los dos ante el Tribunal de Dios!... A ti, Clemente, antes de cuarenta días, y a ti, Felipe, dentro de este año...”

Jacques de Molay y su templarios conducidos a la hoguera
Efectivamente la maldición parece que se cumplió ya el papa Clemente falleció el 20 de abril y Felipe IV el 20 de noviembre, ambos en el mismo año que Molay.

El proceso contra los templarios fue promovido por Felipe IV de Francia y el papa Clemente V. En 1308 centenares de caballero y monjes templarios padecían en las cárceles de Francia sin que avanzara el proceso incoado contra ellos. El papa aún se resistía a continuar con esa farsa, pero también creía que la Iglesia debía compartir con el estado francés las enormes propiedades y riquezas que poseían Molay y los templarios.

Clemente V y Fepile IV el Hermoso de Francia
El Santo Oficio aportó al proceso a sus más expertos interrogadores que pronto consiguieron las primeras confesiones y además envió emisarios al resto de países para que apresaran a los templarios que todavía se encontraban libres. Todos los gobiernos católicos de EDuropa fueron exhortados a detener a los monjes, interrogarlos bajo tortura y ejecutarlos. El 12 de mayo de 1310, en París, se quemó en la hoguera a 54 templarios.


En el concilio de Vienne de 1312 el papa Clemente V excluyó a la orden de la iglesia y la puso en manos de la justicia secular; Francia la eliminó por decreto real en 1314.
Medalla Conmemorativa del 700 Aniversario
de la ejecución de Jacques de Molay

El general Ricardos, un militar aragonés ilustre

El general Ricardos retratado por Goya
El general Ricardos fue un importante personaje aragonés de la Ilustración española yconocido por su decisiva contribución militar en la Guerra contra la Convención (1793-1795).

Antonio Ricardos y Carrillo de Albornoz nació en Barbastro en 12 de noviembre de 1727 y falleció en Madrid el 13 de marzo de 1794. Fue militar de carrera durante toda su vida, procedente de una estirpe noble, su padre fue sargento mayor y coronel y su madre era hija del conde-duque de Montemar, se crio en Cádiz, ciudad comercial muy abierta a las nuevas ideas, y pronto adquirió formación militar.

Participó en las campañas de Italia (1746), Portugal (1762) y Orán (1763) en la que fue ascendido a mariscal de campo, y reorganizó el ejército americano de Nueva España. En 1773 era ya teniente general e inspector del arma de caballería, a la que reorganizó y mejoró.

Ataque a Orán en 1763
Fue un gran estudioso de las tácticas militares de Federico II de Prusia, las más avanzadas de su tiempo, y era un ilustrado significado. Hombre de gran cultura, perteneció al grupo fundador de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País, la principal institución difusora de la Ilustración en España. Cultivó la amistad del conde de Aranda  con quien le unían lazos de profesión y paisanaje y estuvo vinculado al grupo de presión liderado por el propio conde, el llamado “partido aragonés”.

Desterrado a Guipúzcoa en 1778 por su apoyo a Aranda, fue llamado nuevamente por Godoy en 1792 y el 23 de febrero de 1793 es nombrado capitán general de Cataluña, presidente de la Real Audiencia y gobernador del Principado. La guerra estalló el 24 de abril, y para defender la frontera se formaron tres ejércitos en las zonas vasco-navarra, aragonesa y catalana. Siguiendo un plan militar bien elaborado, Ricardos, al mando del ejército de la zona oriental, lanzó una ofensiva decisiva y realizó brillantes acciones militares en 1793: toma de Arlés el 18 de abril, batalla de Mas Deu el 19 de mayo, toma de la línea del Tech y Bellegarde en 22 de junio y batalla de Truillas el 22 de septiembre.

Guerra contra la Convención o de los Pirineos
Su muerte. Sobrevenida en Madrid cuando pedía refuerzos, supuso en la práctica la pérdida de la guerra; los franceses contraatacaron invadiendo Cataluña con las tomas de Figueras y Rosas. La paz firmada en Basilea el 22 de junio de 1795 devolvió las fronteras a su posición inicial.

Por su triunfo en la batalla de Truillás, la viuda del general Ricardos recibió el título de condesa de Truillás.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Los Almogávares, la fiel infantería aragonesa

Los Almogávares a su llegada a Constantinopla
Si hay unas fuerzas medievales de infantería dignas de mención estas son los Almogávares de la Corona de Aragón. El peligro continuo de la amenaza musulmana y sus incursiones en las fronteras cristianas fue el motivo por el cual era necesario disponer de unos guerreros preparados para hacerles frente en cualquier parte del mundo.

Eran unas tropas especialmente preparadas para el combate, penetrar en terreno enemigo y cerrar fronteras, fueron el brazo armado de los reyes aragoneses y durante más de siglo y medio su aterrador grito ¡¡¡Desperta ferro!!! resonó con fuerza en todo el mediterráneo no dando piedad alguna a sus enemigos y fueron los artífices de la máxima expansión de la Corona de Aragón entre los siglos XIII y XV.
Almogávares dispuestos para el combate

Bernat Desclot, historiador catalán del siglo XIII, en su Crónica, los describe de la siguiente manera:

«Estas gentes llamadas almogávares no viven más que para la guerra y no habitan ni en ciudades ni en pueblos sino que viven por montes y bosques; diariamente combaten a los sarracenos y penetran durante una o dos jornadas en su territorio robando y apresando y regresan con multitud de prisioneros y cuantioso botín. De estas ganancias viven… cubren su cuerpo con una especie de camisa muy corta tanto en verano como en invierno, y como calzado utilizan estrechas polainas de cuero y abarcas, también de cuero. En la cintura, coltetl, cinto y faquer. Cada cual posee una excelente lanza, dos dardos y un zurrón de cuero en el que guardan pan para uno o dos días. Gente fuerte y veloz para huir o atacar, y son catalanes, y aragoneses y serranos».

El coltell era un arma multiusos, mezcla de puñal y cuchillo de carnicero, muy ancho y pesado.  Este cuchillo, por su considerable peso, debió ser muy contundente, sus acometidas afectaría no sólo a las parte blandas del enemigo, sino también a las partes duras como los huesos.

Ramón Muntaner, escritor catalán de la Corona de Aragón que fue miembro de los almogávares los describe así:

«Rapidez en las decisiones y en los movimientos que desorientan a los enemigos, sumisión personal a todas las inclemencias y fatigas, dureza y persistencia de la acción que no dejan respirar al adversario».

El historiador aragonés del siglo XVI, Jerónimo Zurita, decía de ellos que eran gente usada a robar y a hacer guerra a los moros por los montes y lugares muy fragosos.

Infantería y Caballería almogávar
Los almogávares estaban dirigidos por los adalides, los almocádenes y los caps de coll. Los adalides eran buenos conocedores del terreno y debían poseer cuatro cualidades esenciales: sabiduría,  esfuerzo, buen seso natural y lealtad, y para ser tenidos como tales, se necesitaba que doce adalides ya consagrados juraran que el candidato poseía las relaciones exigidas.

Formaban el grado más bajo de la milicia y procedían de los estamentos más bajos de la sociedad. El término almogávar lo recibieron de los árabes que los llamaron Al-mugawir: el que hace algarada y avanza en terreno enemigo.

Su origen  es incierto, lo más probable es que fueran campesinos del pirineo aragonés y catalán que dejaron su mísera vida de labradores para alquilarse como mercenarios, aunque también había entre sus filas gentes procedentes del resto de los reinos cristianos. Soldados muy bien pagados su única misión era combatir y sobrevivir.

Almogávar en Sicilia
Los almogávares eran esencialmente infantes, aunque también había algunos de caballería, y su misión era, a semejanza de los antiguos velites de las legiones romanas, proteger los reconocimientos, marchar al frente del ejército y en los flancos, hostigar constantemente al enemigo realizando incursiones en su territorio y sorprender e interceptar los convoyes de suministros. Fueron auténticos “guerrilleros” siendo capaces de entrar y saquear una localidad en cuestión de pocos minutos, llevándose lo más valioso a sus propias filas.

Fueron las tropas de infantería españolas más temibles de su tiempo, siendo Jaime I el Conquistador su impulsor en su utilización en las campañas aragonesas. Con Pedro III el Grandes los almogávares eran los dueños del mediterráneo central. Continuaron sirviendo a Jaime II y a los reyes de Sicilia contra los angevinos. Estabilizada la zona, la única salida para estos soldados ansiosos de combate y botín fue cuando el emperador bizantino Andrónico II Paleólogo requirió los servicios del líder almogávar Roger de Flor para combatir a los turcos que amenazaban Constantinopla, quien contrajo matrimonio con María Paleólogo, sobrina del emperador.

Roger de Flor
Roger de Flor partió de Messina hacia Constantinopla con treinta y nueve galeras que llevaban a bordo mil quinientos caballeros, cuatro mil infantes y mil peones, además de la tripulación necesaria de marineros y remeros que formaron la llamada Gran Compañía Catalana. Los que no se embarcaron rumbo a Bizancio entraron al servicio de los sultanes del norte de África y pasaron a formar parte de los contingentes cristianos que luchaban en los enfrentamientos que tenían lugar entre estos soberanos musulmanes.

Los almogávares combatieron en territorio bizantino o turco siempre bajo la bandera de la Corona de Aragón. En Anatolia conquistaron Filadelfia, Magnesia, Tira y Éfeso y arrinconarían a los otomanos en la cordillera del Taurus, en el sur de Asia Menor. El mayor triunfo de los almogávares se produjo en la batalla del Taurus donde atacaron con su famoso grito de guerra: ¡¡¡Desperta ferro, Desperta!!!. La batalla duró todo el día y al atardecer, la victoria fue completa para la Gran Compañía. Se asegura que se necesitaron tres días para recoger el botín.

Asesinato de Roger de Flor y los almogávares en Adrianópolis
En abril de 1305, Miguel IX, hijo de Andrónico II planeó el asesinato de Roger de Flor y de su Plana Mayor y en un banquete celebrado en Adrianópolis acabó con los almogávares allí reunidos empleando a unos ocho mil jinetes alanos al mando de Georgios. Los supervivientes, al mando de Berenguer de Entenza se refugiaron en Galípoli desde donde se reorganizaron e iniciaron una campaña, conocida como la “Venganza Catalana” que a punto estuvo de acabar con el imperio bizantino.

En 1306 los almogávares derrotan severamente a Miguel IX y acorralan al líder alano Georgios cerca de Bulgaria donde le dan muerte. Los bizantinos atacan, con los genoveses al mando de Antonio de Spínola, Galípoli, defendida por el entonces  capitán almogávar Ramón Muntaner, quien derrota contundentemente a los genoveses y donde pierde la vida Spínola.


En 1311 se hacen con el ducado de Atenas, tras la batalla de Cefís, y en 1318 con el ducado de Neopatria que en 138 pasan a integrarse en la Corona de Aragón. En la actualidad el título honorífico de duque de Atenas y Neopatria corresponde al Rey de España, por tanto a Felipe VI.

Escudos de Armas de los ducados de Atenas y Neopatria



miércoles, 16 de septiembre de 2015

Las Colonias Militares Marroquíes: Los Guich

Una Cabila Guich
El Marruecos de finales del diecinueve era un territorio convulso donde reinaba la anarquía y que constituía un constante peligro para las potencias que tenían intereses o posiciones en el norte de África. La administración del país era un tanto peculiar ya que estaba dividido en dos tipos de territorios: los Guich y los Naiba.

Dice el Corán que: «… sólo a Allah pertenece lo que hay en los cielos y en la tierra, y que siendo de Dios, El la da, a quien quiere de sus servidores…», explicándose así que los musulmanes no considerasen más que dos clases de tierras: las tierras del Islam y las tierras de infieles. Las tierras del Islam se las consideraba de dos procedencias, las que hubiesen sido conquistadas por las armas o las conseguidas por medio de capitulaciones.

Según esto en el Marruecos del Protectorado, las dos verdaderas clases de terrenos eran: las tierras de gobierno marroquí o «Blad el Majzén», las que estaban verdaderamente sometidas al dominio y gobierno del Imán de los Creyentes —Sultán—, de extensión muy considerable; y las tierras en rebeldía o «Blad es Siba», las que se consideraban insumisas por no reconocer la autoridad del Sultán, aparte de la meramente religiosa.
Moulay Youssef Ben el Hassan
Sultán de Marruecos de 1912 a 1927

Así las cabilas del territorio sometido del Majzén se encontraban divididas a su vez en dos grupos llamadas tierras o cabilas Guich y tierras o cabilas Naiba. Las tierras Guich eran las que los sultanes concedían, desde tiempos antiguos, en usufructo a sus soldados y se constituían en colonias militares nutriendo al Ejército permanente según un sistema de recluta que estaba en vigor desde hacía más de un siglo, a cambio de ello recibían tierras y se les eximía del pago de impuestos. Por otra parte las tierras Naiba eran las cedidas a las tribus o cabilas en uso mediante el pago de un impuesto llamado «Naiba» y solo aportaban harkas, formaciones militares irregulares y temporales, en caso de guerra.

La falta de un ideal común en Marruecos, debido a estar constituido por distintas cabilas que se consideraban independientes y enemigas las unas de las otras determinó un estado de anarquía tan grande, que produjo como consecuencia el atraso enorme que, en todos los órdenes, atravesaba Marruecos, llegando a tal extremo, que incluso la agricultura y ganadería apenas si daban lo necesario para el sostenimiento de la población.

Este estado de cosas dio lugar a la creación de las Cabilas Guix o Guich, cuyo número no pasó de seis, pero que fueron las suficientes para sostener en Marruecos una relativa tranquilidad; que tomase algún incremento la agricultura y por último que al mismo tiempo fuese reconocida en más de una ocasión la autoridad del Sultán.

Tierras del Bled el Majzén en el Marruecos Español

En aquellos territorios, cuyos habitantes aparecían con caracteres más indómitos, se establecía una Cabila Guich a cuyos individuos, además de los elementos indispensables de combate, se les daba una parcela de terreno de extensión suficiente para que, cultivada, produjese lo necesario para el mantenimiento, no sólo del individuo a quien se concedía, sino también de su familia. Se trataba, por tanto, de un ejército compuesto de voluntarios que no costaba un solo céntimo al Tesoro del Sultán, puesto que éste pagaba concediendo parcelas de terreno comprendidas dentro del territorio de las cabilas más insumisas.

Tropas marroquíes en una Cabila
Por este medio consiguió el Sultán tener una fuerza militar permanente, extremo muy difícil de conseguir en Marruecos, así tenía siempre personal necesario para formar una harca ya que la pertenencia a ésta llevaba consigo la razzia del enemigo lo que atraía al marroquí ya que debido a su carácter voluble le hace prácticamente incompatible con una larga permanencia en filas. Así una vez conseguido el objetivo de la expedición, el Sultán no se preocupaba de licenciar sus harcas, pues esto tenía lugar sin que para ello fuesen precisas ordenes emanadas de su autoridad.

Con este sistema no faltaban voluntarios para formar parte de los Guich y además, los Sultanes, conociendo muy bien el modo de ser de sus súbditos, les concedían todo aquello que más apetece un marroquí: armas, una parcela de terreno, que era heredada por sus hijos si seguían formando parte del Guich y les declaraban libres de pagar los impuestos que no fuesen los coránicos.

Estos Guich llegaron a constituir grandes contingentes, pues solo el denominado Abi el Bojari o simplemente Buajaras, que significa «Servidores del libro de Bojarí», tenía en filas 150.000 negros. Con el tiempo se relajó la verdadera misión de estas fuerzas, en las cuales era frecuente que se apoyasen los agitadores que aspiraban al Sultanato y esto dio lugar a que se convirtiesen en una especie de guardia pretoriana, constituyendo con ello un elemento más de desorden, por lo que fue preciso dividirlos y aún trasladarlos de territorio.

Cabila de Yebala
Con esta medida no se consiguió otra cosa, que aumentar la perturbación que en el orden jurídico representaba  la propiedad rústica y la concesión de parcelas, en la forma que lo el Sultán.  Por todo lo dicho disminuyó la eficiencia militar de los Guich y quedo latente la dificultad que en la transmisión de la propiedad rústica constituye las concesiones hechas a las Cabilas Guich. 

De los seis Guich, el Guich el Riffi se estableció en la región del Fahs después de haber contribuido a tomar a los ingleses la plaza de Tánger, y que si bien los Buajaras los estableció el Sultán Muley Ismail en gran número por el territorio del Ríf, pero que una vez muerto el Sultán la región recobró su independencia y los rífenos, aprovechándose de la debilidad de los Sultanes sucesores de aquél, dieron buena cuenta de los Buajaras.

Como dato curioso el documento especial que otorgaba el Sultán para la concesión de tierras a los Guich decía:

«Loor a Dios único.
Que Dios reparta sus bendiciones entre nuestro señor y amo Mahoma, su familia y sus compañeros y que le conceda la salud.
Por la gracia de Dios y la liberalidad de nuestro amo Mahoma, asistido de Dios, otorgamos por esta nuestra carta a…… el disfrute de la parcela situada en...... y limitada…… que antes se encontraba en poder de quien no la merece, a fin de que aquél la disfrute en las mismas condiciones que sus compañeros del Guich el Ríffi.
Todo el que conozca esta carta dará cumplimiento a lo en ella mandado.
Y la paz».


Por último, hay que decir que de todas estas concesiones se llevaba un registro especial que estaba en poder del jefe de la Cabila Guich correspondiente.

Paseo del Jalifa con su escolta


jueves, 10 de septiembre de 2015

El Moro Vizcacíno

José María de Murga y Mugartegui 
como “el moro vizcaíno” en 1865
La historia del «Moro vizcaíno» es una de esas historias impresionantes que se dieron en el Marruecos del siglo XIX. Un prestigioso militar español que deja el Ejército y se adentra en el corazón de un Marruecos pobre y rural haciéndose pasar por uno de ellos y describiendo posteriormente un increíble viaje. Esta es su historia:

Don José María de Murga y Mugártegui, más conocido como “el moro vizcaíno”,  nació en Bilbao, en 1827, en el seno de una acomodada familia, recibiendo una esmerada educación en los Escolapios de San Antonio, en Madrid, y en los Jesuitas de Loyola, cursando después estudios militares en el Colegio General Militar optando por el arma de Caballería, siendo nombrado oficial de Húsares de Pavía y de Montesa.

Ascendido a teniente en 1847, participó en la lucha contra las tropas carlistas en el Maestrazgo, siendo promovido a capitán en 1849. Mientras tanto, fue nombrado Caballero de la Legión de Honor francesa y en 1854 fue ascendido a comandante. Se interesó vivamente por la Guerra de Crimea, que se iniciaba por aquellas fechas, para lo que pidió la separación voluntaria del servicio y se incorporó al ejército francés que estaba luchando en esa guerra. En Crimea quedó fascinado por el mundo islámico, acentuando su interés con su paso por Constantinopla.

A su regreso de Crimea se reincorporó al ejército español pero por poco tiempo ya que en junio de 1861 solicitó su separación voluntaria del ejército para viajar al Magreb por su cuenta, alegando que se iba para: “dar a conocer la organización de aquel país y ser útil a la patria si otra vez se llegase a suscitar una guerra”.
Como teniente de Húsares

Para prepararse se marchó a París a estudiar árabe y luego se doctoró en cirugía menor en el Hospital San Carlos de Madrid mientras estudiaba sin cesar las costumbres y usos marroquíes y árabes. Hablaba español, vasco, francés, inglés y árabe.

En 1863 Murga llegó a Marruecos por Tánger completamente disfrazado de «moro», vestido con chilaba y turbante. Primero se hizo pasar por español renegado y ejerció de curandero. Poco después pasó a Larache donde continuó su formación y adoptó el nombre definitivo: El Hach Mohammed el Bagdady, y acompañado de un sirviente y un asno ejerció de curandero y mercader recorriendo el interior del Marruecos más profundo. Pasó múltiples privaciones y la sed y el sol abrasador pusieron a prueba su resistencia física. Sus pantorrillas al descubierto se cubrieron de llagas, las fiebres endémicas del país hicieron también presa en él, pero no le desanimaron en su tarea.

Recorrió las tierras de Fez, Mequinés, Casablanca, Azzemmur, Mogador, Mazagán y Rabat, trabajando como mercader, cuenta cuentos, peregrino y mendigo lo que permitió conocer la vida cotidiana de los magrebíes y sus mezquitas, tomando constantemente nota de cuanto veía de interés. Aunque pretendía continuar en Marruecos, su amigo el dr. Isern, médico de la Legación Española en Tánger, en vista de su deplorable estado de salud, le persuadió para que regresara a España, lo que hizo en febrero de 1866, tras tres años recorriendo Marruecos.

Recuerdos Marroquíes....
Regresó a Vizcaya  donde pasó a limpio sus notas, las tradujo ya que estaban escritas en árabe para no delatarse, redactó y publicó su obra «Recuerdos Marroquíes del Moro Vizcaíno, José María de Murga  el Hach Mohammed el Bagdady», un conjunto de textos bastante irónicos repletos de observaciones y descripciones sobre las costumbres, la política y diversos aspectos históricos y geográficos del Marruecos de la época, que forman uno de los libros de viajes más amenos e interesantes que se han escrito.

En su libro de recuerdos expresa libremente sus sentimientos de la siguiente manera:

"Entre los árabes he pasado algunos de los buenos días de mi vida. Si por desgracia, las vicisitudes políticas o los reveses de fortuna me obligasen a buscar un asilo fuera de mi patria, entre ellos se me habría de encontrar.
Y nada me costaría el adaptar su género de vida, que me es bien conocido; puesto que hoy, en medio de las comodidades que trae consigo la civilización, muy a mentido la tristeza se apodera de mi alma y echo de menos los campos silenciosos de Berbería y la estera hospitalaria del Aduar."
Con el uniforme de voluntario en la 
defensa de Bilbao durante el sitio 
carlista de 1874

Entre 1870 y 1872 fue nombrado Diputado General de Vizcaya.

En abril de 1873, “el moro vizcaíno” emprendió su segundo viaje a Marruecos, siguiendo toda la costa atlántica hasta llegar a la altura de Canarias, donde pasó a las islas para regresar a España ya que las úlceras en los pies y piernas le impedían continuar y además la situación política que se vivía en su tierra con una nueva guerra carlista. Las anotaciones de este segundo viaje no han sido publicadas y se conservan en la casa familiar de Torre Bidarte, en Marquina.

En 1875 se presentó voluntario liberal para luchar contra los carlistas que sitiaban Bilbao, pero sus heridas no le permitieron tomar parte activa en la defensa de la ciudad.

En 1876 Murga, a pesar de su precario estado de salud, intentó realizar un tercer viaje a Marruecos, pero le sorprendió la muerte en Cádiz el 1 de diciembre, antes de que pudiera embarcar.


José María de Murga tuvo un antecesor en el siglo XVIII cuando el catalán Domingo Francisco Jorge Badía y Leblich se hizo pasar por marroquí, con el nombre de Alí Bey el-Abbassi, y trabajó como espía al servicio de Carlos IV, pero eso es otra historia… 

Carátulas de libros sobre "el moro vizcaíno"


martes, 8 de septiembre de 2015

El hijo de la Sultana rubia

Sultán Sidi-Mohamed
 (1757-1790)
Siguiendo la ruta de las distintas historias que se cuentan en el Marruecos de la época de la administración española, hoy cuento un episodio que se produjo a finales del siglo XVIII en los tiempos de esplendor del Sultanato marroquí, escrito por uno de nuestros corresponsales militares del momento. Dice así:

Sobre mediados de la centuria décima octava, asentábase bajo el augusto quitasol de los Jerifes, el Sultán Sidi-Mohamed III, hijo de Muley Abdallah, aquel sabio Príncipe, que reinó como soberano en Fez y Marraquesh, en el Sus, el Tafilete y el Tuat y que embaucado por la desaprensión y travesura del mentado enredador político, duque de Riperdá, prestóle el calor de su egregia protección, alzándole hasta el envidiado puesto de Primer Consejero del Imperio.

Apenas Sidi-Mohamed alcanzó el Trono, por muerte de su padre Abdallah, dio evidentes pruebas de como pueden caminar en amigable unión la prudencia del varón justo, la sabiduría del docto imán y la energía del guerrero conductor de pueblos; pues en poco tiempo y sin grandes quebrantos consiguió castigar y disolver la guardia negra de los cien mil, creada por su abuelo Muley Ismail, y que por obra y gracia de su intromisión en la política, llegó a ser mucho más peligrosa a los propios monarcas marroquíes que a sus enemigos interiores y exteriores.
Paso del Sultán

Hubiera sido un Rey perfecto este gran Soberano, si la flaqueza de la carne y su desmesurada afición a las bellezas cristianas, no le acarrearan en las postrimerías de su vida, grandes disgustos por desavenencias conyugales, que al trascender fuera de los muros del harem, ensombrecieron un tanto su reputación de hombre piadoso elegido por el Altísimo para mantener siempre viva la fe del Islam.
Quiso la suerte, que antes de fundar la ciudad de Suera, que nosotros llamamos Mogador y en ocasión de restaurar las murallas de Fez, harto maltratadas por la pesadumbre de los tiempos y la incuria de los hombres, llegase a sus regios oídos la destreza y habilidad en el arte de construir, de un cierto ingeniero, inglés de nación, apellidado Brown y esposo feliz de una linda irlandesita de nacarada tez y áurea cabellera.

Muy sabroso bocado debió parecer a Sidi-Mohamed la gentil ingeniera porque, si bien la historia permanece muda en cuanto a la suerte que caber pudiera al cuitado míster Brown, fenecido acaso por traicionero golpe de un pedrusco mal asentado en su alveolo, su desconsolada viuda encontró presto y eficaz alivio a su pena en los robustos brazos del Monarca Islamita, del que concibió un hijo  varón llamado Muley Yezíd, poco tiempo después de haber sido elevada a la dignidad de Sultana favorita. Este Muley Yezid heredó de su madre el color del pelo, recibiendo el sobrenombre del «Zaar» (el Rojo) y según fue creciendo, demostró un carácter caprichoso y voluble, que más tarde había de ser causa de constantes revueltas en el gobierno del Imperio. Los consejos maternales le hicieron tomar verdadera pasión por todo lo inglés, cuando precisamente el orgullo británico era insoportable para el buen Sultán Sidi-Mohamed, quien desde el principio de su reinado distinguió a los españoles muy por encima de los otros cristianos establecidos en sus dominios.

Sultán Muley Al-Yezid el Zaar
(1790-1792) 
Al correr de los años hicieronse patentes las opuestas simpatías de padre e hijo, pues mientras el primero, trocado en excelente y leal amigo de nuestro Carlos III, a raíz del sitio de Melilla finado en el año 1774, dio veraces pruebas de amor a España, nombrando como su primer Ministro a un renegado andaluz y habilitándonos el puerto de Tánger para el refugio y abastecimiento de los navíos de la Real Armada Española, por entonces empeñada en el sitio de Gibraltar. Muley Yezid el «Zaar» manifestó a las claras su predilección por Inglaterra, fraguando en la sombra una conspiración contra el autor de sus días, que gracias al buen olfato del renegado primer Ministro pudo descubrirse a tiempo.

El mal aconsejado Príncipe esquivó las paternas iras huyendo hacia Tetuán, donde residía el representante del Gobierno Británico y durante la marcha detúvose a descansar en un pequeño aduar yebli, cuyos habitantes temerosos de incurrir en el Real desagrado, le suplicaron reverentes se alejase de allí con toda presteza.

El «Zaar» saltó sobre su corcel, pero por más que le clavó las espuelas en los ijares, no consiguió hacerle dar un paso; entonces el ladino Príncipe, exclamó, dirigiéndose a los aldeanos: ¿Teméis las amenazas de un hombre y no escucháis las advertencias de Dios? ¿Sois más torpes que este animal, que comprende que mí misión está aquí? A la vista de aquel prodigio, los sencillos cabileños creyeron en la intervención divina a favor de Muley Yezid, que pronto hizo en el dicho aduar su cuartel general de la rebeldía, al que se unieron poco después bastantes caídes y soldados de la disuelta guardia negra.

Lleno de santa indignación quiso Sidi-Mohamed marchar en persona contra los revoltosos, pero una grave dolencia le postró en el lecho y al cabo de una semana expiró, entre las lamentaciones de los buenos muslimes que tan felices habían sido bajo su paternal gobierno.

El nuevo Sultán no disimuló su inquina contra los españoles y por primera providencia mandó decapitar al primer Ministro de su padre, después de haberle hecho despellejar vivo y sus manos, cortadas a cercén, fueron clavadas en las puertas del Consulado Español de Tetuán; nuestro representante atendió presuroso tan contundente aviso y más que a paso se alejó de tan peligrosa vecindad, poniendo agua de por medio.

Habiéndonos pillado, como siempre, totalmente desprevenidos el brusco cambio de política, fue sobre manera fácil y hacedero a Muley Yezid, ayudado por sus rubios amigos, los ingleses, arrancarnos la concesión, que sobre el puerto de Tánger nos hiciera su padre Sidi-Mohamed, dejándonos por puertas y sin otro derecho que el del pataleo diplomático, reducido durante varios años a notas y contra-notas; es decir, música celestial.

Los hijos de Sidi-Mohamed se enzarzaron en una guerra civil que
terminó con el reinado del Al-Yezid
No contento el «Zaar» con habernos expulsado violentamente de sus dominios», se atrevió a declararnos una guerra que no llegó a estallar, por haberse alzado en armas contra él, sus hermanos Hissan y Muslama, con la colaboración del general Abderrahman ben Nasir, que le tomaron las ciudades de Fez y Marrakesh y a la postre le vencieron en una batalla que le costó el Trono y la vida, después de un tempestuoso reinado de dos años en constante guerra civil.

España apoyó el levantamiento contra Yezid y Carlos IV mandó las fragatas “Santa Catalina” y “Santa Florentina” con dinero y pertrechos de guerra para los sublevados.