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viernes, 16 de septiembre de 2011

La leyenda del Delfín de Francia, Luis Carlos de Borbón


El caso del Delfín, Luis Carlos de Borbón, hijo de Luis XVI y María Antonieta, los guillotinados reyes de Francia durante la Revolución Francesa, es curioso de conocer ya que la creencia popular defiende que el Delfín no murió en prisión, como se hizo saber, sino que fue sustituido por otro muchacho y que consiguió escapar de sus carceleros.
Posteriormente, tras la restauración de los Borbones en el trono de Francia, aparecieron muchos que decían ser el desaparecido Delfín. De todos los impostores el más famoso fue Carlos Guillermo Naundorff que fue quién defendió con mayor ímpetu su reclamación, aunque nunca fue aceptado como tal, un caso que podríamos asemejar al de la princesa Anastasia Romanov y Anna Anderson.
La leyenda es la siguiente:
En 1792 fue encarcelado con sus padres, en la prisión del Temple en París. Tenía 9 años. A la muerte de sus progenitores, en 1793, fue reconocido como rey de Francia por los monárquicos con el nombre de Luis XVII, pero mantenido en prisión por los revolucionarios. Tras pasar más de un año en prisión donde estuvo al cuidado de un zapatero llamado Antoine Simon que según las fuentes de la época trataba bastante mal al pequeño infante. Las terribles condiciones que tuvo que soportar comenzaron a hacer mella en su salud y así el 10 de Agosto de 1795 se anunció su muerte en prisión. Las pruebas datan la fecha de su muerte el  8 de junio de 1795 cuando contaba con 10 años de edad. A partir de este momento los rumores de su sustitución y huída fueron de gran calado en el pueblo francés.
Cinco personas que vieron el cadáver afirmaron que se trataba del Delfín, sin embargo, ninguna de ellas había visto jamás al príncipe en vida. Durante el funeral, muchos se extrañaron que se utilizara un ataúd demasiado grande para un niño. Después fueron surgiendo distintos indicios que hicieron firme la sospecha de una posible sustitución del Delfín.
Se dice que el matrimonio que tenía a su cargo la custodia del Delfín renunció a su misión el 19 de enero de 1794, cuando el niño contaba 9 años y daba muestras de una salud y constitución excelentes. Siete meses después, el general Paul François Jean Nicolas, vizconde de Barras, encargado de la prisión, fue a visitar al Delfín y se encontró con un adolescente de aspecto enfermizo.
Este cambio repentino en la salud del prisionero seria explicado después de 20 años por la mujer que lo tuvo a su cuidado. Ésta manifestó en un hospital a las religiosas que la atendían que ella y su marido introdujeron secretamente en la cárcel a otro muchacho y se llevaron al Delfín el día en que renunciaron a su trabajo. Nada más reveló a las monjas, aparte de exclamar: “¡Mi pequeño príncipe no ha muerto”!
Los acontecimientos que ocurrieron a continuación de la visita del general Barras al Delfín dieron rienda suelta a los rumores sobre su sustitución. Un carcelero, dijo al general que el muchacho era un impostor. Éste organizó inmediatamente la búsqueda del Delfín por todo el país. Mientras tanto, otros funcionarios del gobierno visitaron la prisión. Según uno de ellos, el muchacho era sordomudo; otro lo describió como la criatura más digna de compasión que jamás se haya visto. Un destacado banquero denunció como falso el certificado de defunción del Delfín y menos de un año después, él y toda su familia fue asesinada. Barras informó del caso a sus colegas del gobierno y anunció que toda la familia del banquero había perecido: “excepto el niño que ustedes saben”.
Esta manifestación del vizconde de Barras hacía ver que su búsqueda había tenido éxito la búsqueda y que los ministros sabían que el Delfín se hallaba en casa del banquero.
Ahora el problema era determinar quien era verdaderamente el muchacho que murió en la prisión del Temple. Al exhumar su cadáver en 1846, dos médicos declararon que contaba de 15 a 16 años, en lugar de 10. En 1894 se examinaron de nuevo los restos. Una vez más se llegó a la conclusión de que los huesos pertenecían a un muchacho de edad comprendida entre los 16 y 18 años. Cualquiera que fuese la verdad del asunto, el muchacho del ataúd no podía ser el Delfín.
Después de la caída de Napoleón en 1815, quedó restaurada la monarquía de los Borbones y aparecieron numerosos delfines. Veintisiete hombres pretendieron el título: es decir, todos ellos aspiraban al trono y evidentemente, eran farsantes. Pero, en 1836 surge en escena Carlos Guillermo Naundorff, con firmes pruebas en apoyo de su demanda de ser el heredero francés desaparecido.
Naundorf fue reconocido por la antigua niñera del Delfín y por el ex ministro de Justicia de Luis XVI. La hermana del Delfín, María Teresa, rehusó verlo, aunque se la habló de su parecido extraordinario con los miembros de la familia real. Sus partidarios  interpretaron la negativa de la hermana del Delfín como una confirmación de su derecho. Se sabía que María Teresa apoyaba a su tío Carlos —Luis XVIII— como rey legitimo.
La historia de Naundorff concuerda con la opinión generalizada de que el matrimonio de carceleros sacó secretamente de la prisión al Delfín para ponerlo a salvo. Se afirmaba, en cambio, que Barras lo había trasladado a otro lugar de la prisión y que en su puesto había colocado a un segundo muchacho. Luego, al morir este, el Delfín fue sacado ocultamente del país y llevado primeramente a Italia y después a Prusia, donde tomó el nombre de Naundorff.
Para presentar su demanda, Naundorff recurrió a los tribunales civiles; pero fue detenido y expulsado de Francia. Se refugió en los Países Bajos, donde las autoridades lo trataron con cierta consideración. También intentó fundar una iglesia cismática, sin éxito. Murió en Delft en 1845, y su certificado de defunción fue extendido a nombre de Luis Carlos de Borbón, de 60 años, hijo de Luis XVI y María Antonieta. Sus hijos adoptaron legalmente el apellido Borbón, que aún mantienen sus descendientes e insisten en sus derechos ante los tribunales franceses. También cabe otra posibilidad, la de que Luis Carlos hubiese vivido como un hombre vulgar, sin ser reconocido y sin haber querido revelar su identidad.
Esta es la leyenda que rodea a la figura de Luis XVII de Francia, conocido como “el Delfín desaparecido”.
Lo cierto es que la investigación llevada a cabo por el belga Jean-Jacques Cassiman y el alemán Bernard Brinkmann desvelaron las dudas que existían sobre el final de Luis XVII.  El resultado es tajante, las pruebas de ADN confirman que el pequeño de 10 años que el 8 de junio de 1795 murió de tuberculosis en la prisión parisina del Temple era, efectivamente, el Delfín, Luis Carlos de Francia, —Luis XVII—, el hijo de los guillotinados Luis XVI y María Antonieta. Uno de los mayores misterios de la Revolución Francesa quedaba desvelado al tiempo que desmonta las aspiraciones a un hipotético trono de Francia de quienes se decían sucesores del Delfín. Actualmente, Luis Alfonso de Borbón, sobrino del Rey de España, en cuanto jefe de la Casa de Borbón de Francia, y Enrique de Orleans, descendiente de Luis Felipe de Orleans, el último rey de los franceses, son ya prácticamente los únicos que pueden soñar con ceñirse la corona francesa, lo que resulta prácticamente imposible ya que, después de más de 130 años, la República está totalmente asentada e identificada con un pueblo que se siente orgulloso de ella.
Existe otra historia sobre este personaje y es la de su corazón conservado en una urna, pero esa la contaré en otra ocasión.

Foto: Retrato en busto de Luis XVII por Alexandre Kucharski, siglo XVIII © RMN / Gérard Blot. 

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