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martes, 8 de febrero de 2011

La Farsa de Ávila

El 5 de junio de 1465, en los alrededores de Ávila, se produjo uno de los hechos más infames y deplorables de la historia medieval española, en el que un grupo de nobles castellanos depuso al rey Enrique IV de Castilla, representado por un muñeco, y proclamó rey, en su lugar, a su hermano el infante Alfonso. Esta ceremonia fue llamada “La Farsa de Ávila”, nombre con el que ha pasado a la historia. Los hechos fueron los siguientes:

La Liga nobiliaria, impulsada por el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, el maestre de Calatrava, Pedro Girón y el marqués de Villena, Juan Pacheco, antiguo favorito del monarca y cabecilla del movimiento nobiliario, se había enfrentado abiertamente con el rey Enrique IV. Por parte real, la idea de constituir una Hermandad General, propuesta por los procuradores de Segovia, prendía poco a poco entre la población difundiendo principios de lealtad al trono.

Los nobles de la Liga se decidieron a un acto sin precedentes, e incalificable, hasta entonces en Castilla: el 5 de junio de 1465 alzaron un tablado junto a las murallas de Ávila, colocaron en él a un muñeco con los atributos regios, que fueron arrancándoselos uno a uno en medio de mofas a la persona del rey. A continuación, arrojaron al pelele del trono y sentaron en él al joven infante Alfonso, hermano del Rey, al que titularon como Alfonso XII.

El cronista de la época Enríquez del Castillo, cronista y capellán de Enrique IV, nos ha transmitido un relato espléndido de la deposición simbólica del rey:


"mandaron hacer un cadahalso... en un gran llano, y encima del cadahalso pusieron una estatua asentada en una silla, que descian representar a la persona del Rey, la cual estaba cubierta de luto. Tenía en la cabeza una corona, y un estoque delante de si, y estaba con un bastón en la mano. E así puesta en el campo, salieron todos aquestos ya nombrados acompañando al Príncipe Don Alonso hasta el cadahalso...

Y entonces...mandaron leer una carta mas llena de vanidad que de cosas sustanciales, en que señaladamente acusaban al Rey de quatro cosas:

Que por la primera, merescia perder la dignidad Real; y entonces llegó Don Alonso Carrillo, Arzobispo de Toledo, e le quitó la corona de la cabeza. Por la segunda, que merescia perder la administración de la justicia; así llegó Don Álvaro de Zúñiga, Conde de Plasencia, e le quitó el estoque que tenía delante. Por la tercera, que merescia perder la gobernación del Reyno; e así llegó Don Rodrigo Pimentel, Conde de Benavente, e le quitó el bastón que tenía en la mano. Por la quarta, que merescia perder el trono e asentamiento de Rey; e así llegó Don Diego López de Zúñiga, e derribó la estatua de la silla en que estaba, diciendo palabras furiosas e deshonestas.

El nuevo rey Alfonso XII fue considerado un títere en manos del marqués de Villena y no fue aceptado por la mayoría del país, que se mantuvo leal a Enrique IV. La situación degeneró en disturbios que duraron hasta la muerte de Alfonso en 1468 y el sometimiento de su hermana Isabel a la autoridad de Enrique.

Más adelante, el marqués de Villena y los partidarios de Alfonso rompieron con Isabel y, al morir Enrique en 1474, apoyaron a la princesa Juana «la Beltraneja» como heredera al trono. Estalló así la Guerra de Sucesión Castellana, que se prolongaría hasta 1479, con la victoria definitiva de Isabel de Castilla.

Foto: La Farsa de Ávila, según litografía del siglo XIX. Anónimo. h. 1880.

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