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viernes, 30 de julio de 2010

Los cuatro soles aztecas

Las religiones de la América precolombina se formaron de la evolución de costumbres y culto a los dioses. De estos dioses, unos se asimilaron y mezclaron entre sí y se humanizaron dando como resultado una infinidad de mitos y leyendas, muchas contradictorias, que no llegaron a convertirse en un dogma propiamente dicho.

Estos dioses no eran seres de poder ilimitado, sino que muchas veces encarnaban a las fuerzas de la naturaleza con apariencia humana, por ello muchos estudiosos de estas culturas prefieren traducir el término “Téotl” como señor en lugar de cómo dios.

Una de estas leyendas es la de los cuatro soles aztecas. Entre los aztecas existía la creencia de la existencia de distintos mundos, interrumpidos y transformados por medio de cataclismos.

Según esto, el primer sol se llamaba Nahui-Oceloti (Cuatro-Ocelote o Jaguar), porque el mundo, habitado por gigantes, había sido destruido, después de tres veces 52 años, por los jaguares, a los que los aztecas consideraban como nahualli o máscara zoomorfa del dios Tiezcatlipoca, dios del frio y de la noche.

El segundo sol era Nahui-Ehécati (Cuatro-Viento), despareció después de siete veces 52 años tras desatarse un fuerte huracán, manifestación de Quetzalcóatl, que transformó a los supervivientes del huracán en monos.

El tercer sol era Nahuiquiahuitl, y al cabo de seis veces 52 años cayó una lluvia de fuego, manifestación de Tláloc, dios del trueno y el relámpago, de largos dientes y enormes ojos, y de Quiahuitl, la lluvia. Todos eran niños y los supervivientes se transformaron en pájaros.

El cuarto sol, Nahui-Atl (Cuatro-Agua), acabó con un terrible diluvio, después de tres veces 52 años y del que únicamente sobrevivieron un hombre y una mujer, que se refugiaron bajo un enorme ciprés (ahuehuete). Tezcatlipoca, en castigo por su desobediencia los convirtió en perros, cortándoles la cabeza y colocándosela en el trasero.

Cada uno de estos soles se corresponde con cada uno de los cuatro puntos cardinales: norte, oeste, sur y este respectivamente.

Foto: Quetzalcóatl y Tiezcatlipoca. (Wikimedia Commons)

jueves, 29 de julio de 2010

El Hombre de la máscara

Durante el reinado de Luis XIV de Francia se produjo un hecho muy curioso para la época y del que hoy en día no se sabe nada a ciencia cierta. Cuando el “Rey Sol” cumplía 60 años, un hombre moría en La Bastilla, tras 34 años de cautiverio, con su rostro cubierto por una máscara de terciopelo.

Muchas han sido las explicaciones que se han dado para identificar al hombre de la máscara, pero ninguna de ellas resulta del todo fiable. Alejandro Dumas lo inmortalizó en su obra “El hombre de la máscara de hierro” y divulgó la creencia de que se trataba del propio Luis XIV o de un hermano gemelo.

Los hechos que se conocen o que se relatan sobre el caso no aclaran el misterio de tan famoso prisionero. Esta es una versión de su “historia”, ya que, evidentemente, hay bastantes más.

El citado personaje fue apresado en 1669 en el puerto de Dunkerke y desde ese preciso instante estuvo sometido a la más estrecha vigilancia. Se le ingresó en la prisión de Pignerol, en las inmediaciones de Turín, que por aquél entonces pertenecía a Francia y se le puso bajo la custodia personal del gobernador Saint Mars a quien se le dio la siguiente orden: «Habréis de amenazarle de muerte si alguna vez se le ocurre dirigíos la palabra sobre cualquier cosa que no sean exclusivamente sus necesidades cotidianas».

Cuando Saint Mars cambiaba de destino, se llevaba siempre al prisionero consigo en una silla sellada para evitar las miradas de los curiosos. En 1698 Saint Mars fue nombrado gobernador de La Bastilla y a ella se llevó al prisionero, que ya llevaba casi 30 años de cautiverio, con todas las precauciones para que no fuese reconocido.

El motivo de tener al prisionero con una máscara no se sabe realmente, se cree que fue para no ser reconocido, pero por aquél entonces ninguna persona conocida fue echada en falta. Puede ser que tuviese un gran parecido con algún personaje importante y que su presencia podría resultar comprometedora, pudiera ser.

El político e historiador británico, Lord Quikswood, propuso una hipótesis que concuerda con los hechos conocidos por aquél entonces. El cautivo pudo ser el verdadero padre de Luis XIV. Se basa en los siguientes acontecimientos.

Luis XIII y Ana de Austria, tras 14 años de matrimonio no habían tenido descendencia y el Cardenal Richelieu, verdadero ostentador del poder en Francia, quería que el rey tuviese un heredero y así poder controlarlo a su antojo. Por ese motivo es muy probable que Richelieu persuadiese a la reina de que engendrase un hijo con un noble que no fuese su marido. Tras años de no cohabitar los reyes en el mismo lecho, el Cardenal consiguió una aparente reconciliación entre ambos y, ante la sorpresa general, en ese tiempo la reina dio a luz a un hijo. No era muy descabellado pensar esa posibilidad ya que por la corte francesa pululaban cantidad de descendientes ilegítimos borbones y uno de ellos pudo ser el elegido por Richelieu.

Se comentaba que la apariencia física del pequeño Luis era muy distinta de su padre Luis XIII, más fuerte y activo que su “progenitor”. Siguiendo con la teoría de Quikswood, el padre de Luis XIV fue enviado, probablemente, a la colonia francesa en Canadá, de la que regresaría años más tarde confiando en conseguir algunos favores del ya omnipotente Rey Sol.

Pero su apariencia física, tan semejante a la de Luis XIV podía propiciar una situación muy embarazosa en la corte. La solución pasaba por asesinarlo secretamente, pero esta situación no se la planteó el rey que nunca se hubiera avenido a matar a su propio padre. Por tanto, la mejor opción era la de el entierro en vida, de manera confortable pero apartado de todo contacto humano, excepto el de sus carceleros.

Así murió este personaje, desconocido, con el rostro bajo una máscara de terciopelo y sepultado bajo un nombre ficticio como Eustaquio Dauger, ayuda de cámara.

Un triste final para una triste vida. ¿De verdad fue así la historia del hombre de la máscara? Probablemente no lo sabremos nunca, pero bien pudo haberlo sido. ¿O fue de otra manera? ¿Existió realmente? Cada cual pensará lo que quiera pero ha pasado a la historia dentro de lo que podemos denominar mito o leyenda.

Foto: Luis XIV y el cautivo de la máscara.

martes, 20 de julio de 2010

Historia de Bosnia y Herzegovina (VII)

LA DESMEMBRACIÓN DE YUGOSLAVIA (1990-1992):

En Kosovo comenzó el final de Yugoslavia. Fue aquí donde se consumó la primera fase del plan de reconstrucción de la dictadura, ya no bajo el signo inaceptable del comunismo, sino bajo el del nacionalsocialismo. Este proyecto alió en un principio al aparato comunista dirigido por Slobodan Milosevic y al ejército federal yugoslavo. El objetivo inicial era mantener una Yugoslavia en la que estos estamentos privilegiados no fueran expulsados del poder por la liquidación, ya entonces inevitable, de la Liga Comunista Yugoslava (LCY).

Ultra-nacionalismo racista, igualitarismo dentro de la raza superior, salvo, claro está, la clase dirigente de Estado y ejército, arbitrariedad absoluta en el trato de las “minorías” o razas inferiores, impunidad policial y militar e intervencionismo estatal son los elementos principales del mensaje que, en Kosovo, lanzó Milosevic a todas las repúblicas de Yugoslavia en 1989: “En nuestro país no sucederá lo que está sucediendo en el resto de Europa oriental, donde los aparatos del Estado se desmoronan. Nosotros tenemos una vía alternativa que adoptaremos con la ayuda de la mayoría del pueblo, y ésta es serbia, nacional y socialista”.

En las repúblicas más desarrolladas del norte, de cultura no balcánica, sino centroeuropea, estaba plenamente en marcha la opción anticomunista, antiintervencionista y occidentalista. Que en Croacia ésta se viera en parte truncada algunos años más tarde tiene más que ver con los efectos de la guerra y el creciente desprestigio de Europa entre sus gentes que con las intenciones iniciales de Franjo Tudjman. El paso siguiente fue el asalto a las finanzas federales por parte de la Serbia de Milosevic con la impresión ilegal de moneda, aún común, y el uso de las reservas federales para el mantenimiento de su industria y el pago masivo de lealtades. Eslovenia, que ya había perdido en gran parte el mercado serbio por el llamamiento al boicot contra sus productos hecho por las autoridades de Belgrado, se revolvió contra esta práctica y decidió suspender sus aportaciones a la reserva federal.

En Belgrado el aparato propagandístico, que desde la llegada al poder de Milosevic había pasado de llamar antiyugoslavos a los albaneses a tildarlos de genocidas antiserbios, emprendió la misma escalada violenta con eslovenos y croatas. En la Presidencia federal, compuesta por un miembro de cada una de las seis repúblicas (Serbia, Eslovenia, Croacia, BiH, Macedonia y Montenegro), y uno por cada una de las dos provincias serbias (Vojvodina y Kosovo), la liquidación de todas las instituciones de Kosovo y medidas similares en Vojvodina, en el norte, más el asalto al poder en Montenegro de la facción comunista, obediente a la nueva dirección serbia, dejaban en unas manos, las de Milosevic, cuatro votos de un total de ocho.

La Presidencia estaba bloqueada. Las Repúblicas del norte argumentaron que, si se había abolido la autonomía de Kosovo y Vojvodina, lo lógico era que se eliminara su opción de voto, y que reaccionaba a todas las propuestas con soflamas propagandísticas contra los “secesionistas” y los “enemigos de Yugoslavia”. Ni eslovenos ni croatas hablaban aún de independencia. Después propusieron una Confederación entre las repúblicas que, manteniendo el espacio económico común, permitiera a las demás repúblicas impedir que Serbia practicara el saqueo de unas reservas comunes, bloqueara todas las reformas con sus cuatro votos en la Presidencia y se viera tentada a imponer su política a las repúblicas díscolas con los mismos métodos utilizados en Kosovo.

Así estaban las cosas a finales de 1990, cuando Estados Unidos y la mayoría de los países europeos, informados por unas Embajadas en Belgrado sometidas al bombardeo propagandístico del aparato de Milosevic, se lanzaron a una frenética actividad para «salvar Yugoslavia». Se sucedían las amenazas sobre las capitales supuestamente secesionistas y se animaba a un gobierno federal bajo Ante Markovic, que ya no tenía poder alguno, a lograr soluciones para preservar Yugoslavia. Liquidada definitivamente la Presidencia al no aceptar Serbia que el croata Stipe Mesic asumiera la jefatura rotatoria que le correspondía y rechazadas por Serbia todas las propuestas de confederación y asociación que no implicaran la sumisión del resto de las Repúblicas al dictado de Milosevic, Eslovenia y Croacia decidieron proclamar su independencia el 25 de junio de 1991.

Poco antes de esta fecha, el Secretario de Estado norteamericano James Baker viajó a Belgrado para dar ánimos a quienes querían “preservar la unidad de Yugoslavia”, sin entender que esa unidad había sido ya dinamitada por un proyecto totalitario en el corazón del Estado, en Serbia, que había hecho dispararse las fuerzas centrífugas.

Las Repúblicas del norte huían literalmente del intento de Belgrado de secuestrarlas para impedir su unión al proceso democratizador que se producía en Centroeuropa.

Los militares y Milosevic no recibieron advertencia alguna contra su política de aplastamiento de los albaneses en Kosovo y sus ya nada disimuladas intenciones de imponer por la fuerza a toda la federación una política de salvación de la ortodoxia de la Comunidad Internacional para, con un despliegue militar, intentar recuperar, por la fuerza de las armas, el control de las fronteras eslovenas hacia Italia, Austria y Hungría, y consiguientemente de los ingresos aduaneros yugoslavos.

Los eslovenos, sin embargo, recibieron al ejército a tiros. Ellos, al contrario que los croatas, habían logrado mantener el control de las armas que el concepto de defensa territorial de Tito tenía repartidas por todo el país para el caso de una intervención extranjera. Los diez días de guerra acabaron con una humillante derrota del ejército yugoslavo y la certeza de que aquella República ya no pertenecía a la Federación.

La Yugoslavia de Tito había muerto definitivamente en julio de 1991. Milosevic lo sabía, y también el ejército federal, que tras haber perdido la ideología en que basaba su existencia, perdía también el país cuya defensa territorial era su principal deber. El ejército yugoslavo no tenía ya razón de ser, y sus mandos, en la inmensa mayoría serbios, tenían que encontrar una patria que les financiara empleo y pensión.

Occidente, sin embargo, siguió sumido en la quimera de que Yugoslavia existía. En la ONU, en la OSCE y en las negociaciones que la Comunidad Europea organizaba con frenesí para “lograr acuerdos pacíficos” seguía dándose crédito negociador a representantes de una fantasmal «Yugoslavia» que ya no era sino una máscara legitimadora tras la que se escondía la propuesta totalitaria y nacional-expansionista de Milosevic. En los Acuerdos de Brioni, en julio de 1991, la Comunidad Europea afrontó la salida de Eslovenia de la Federación, pero cayó en el gravísimo error de no afrontar una solución global para todo el territorio de la antigua Yugoslavia, víctima del autoengaño de seguir creyendo existente a este Estado.

Los problemas de Croacia, la minoría serbia en Croacia, las tres etnias de BiH y las minorías en Serbia no suscitaron interés. Bruselas quizá creía poder solucionar estos problemas uno a uno, lo que, como se ha demostrado, era imposible. Aún entonces, la amenaza de sanciones o la imposición directa de las mismas sobre Belgrado quizá habrían podido forzar a un acuerdo global en el que las garantías de supervivencia de las minorías bajo control de la ONU o la CE, tanto en Croacia como en Serbia y BiH, evitaran el uso de estas comunidades como pretexto para una guerra territorial.

Eslovenia podía perderse, y con ella la posibilidad de mantener toda Croacia en la Yugoslavia serbia. Belgrado lo sabía. Por ello, cuando aún no habían comenzado a disparar los aviones MIG-21 federales sobre los puestos fronterizos eslovenos, estaba en plena marcha el plan de conquista militar de aquellas partes de Croacia que tenían que ser mantenidas a toda costa en el Estado que pretendían crear: La Gran Serbia.

El Presidente croata Franjo Tudjman, sin embargo, seguía repitiendo que Belgrado jamás se atrevería a esta guerra en Croacia, y que los enfrentamientos habidos en diversos puntos de Croacia no pasarían de ser meros incidentes aislados. Todas las repúblicas, salvo Eslovenia, cayeron en la trampa de creer poder escapar a la suerte del vecino mostrándose cooperativos con el ejército de Belgrado. Hoy quizá muchos lamenten no haberse dispuesto en junio de 1991 para una acción conjunta que hubiera unido fuerzas contra Belgrado, y que no se produjo porque, el fallecido presidente Tudjman, como tantas otras veces, basó sus decisiones en consideraciones tan egoístas como ilusas y erróneas.

El gobierno de Zagreb dejó paso libre al ejército federal cuando largas columnas de blindados se dirigieron por territorio croata a apoyar a sus unidades en Eslovenia, el 27 y el 28 de junio de 1991. El gobierno de Tudjman garantizó a estas Unidades una seguridad que pronto no podría otorgar a sus propios ciudadanos. Nada más cruzar la frontera hacia Eslovenia, el ejército se topó con la encarnizada ofensiva de las fuerzas territoriales de esta República, que en 10 días había acabado con la voluntad de Belgrado de retener a la fuerza a Eslovenia en la Federación. Zagreb creía poder evitar la guerra abierta con Belgrado. Meses más tarde, con la guerra abierta ya en Croacia, el gobierno de Sarajevo también permitió que el ejército federal utilizara su territorio como gran base de operaciones para su guerra en la República vecina. Las Unidades del ejército que abandonaban Eslovenia, después de los Acuerdos de Brioni, se dirigían en largos convoyes hacia la hermosa tierra, de la que gran parte de la opinión pública mundial no había oído hablar aún, pero lo haría muy pronto y mucho.

Foto: Mapa de la desintegración Yugoslava durante la Guerra de los Balcanes.

El verdadero Barba Azul

A finales del siglo XVII, el escritor francés Charles Perrault publicó su obra “Cuentos de Mama Oca”, un compendio de relatos y narraciones populares inspirados en leyendas o en personajes reales. Uno de los más conocidos es Barba Azul, protagonizado por un terrorífico asesino de mujeres a las que encerraba y mataba en su castillo.

El personaje real que lo inspiró fue Gilles Montmorency-Laval, Barón de Rais (1404-1440), con la diferencia de que las víctimas de éste eran niños y no mujeres. Mariscal de Francia y guerrero junto a Juana de Arco, Gilles de Rais escondía una vida secreta: la de asesino en serie de muchachos a los que encerraba y torturaba en su castillo.

Juan Antonio Cebrián, escribió un libro sobre él titulado “El mariscal de las tinieblas”, en el que habla de lo duro que resultaba ser niño en la Edad Media europea, cuando muchos de ellos estaban abocados a trabajos forzados y apenas tenían para comer. Gilles de Rais les engañaba y atraía a su castillo ofreciéndoles trabajo, amparado en su fortuna de grande de Francia.

A principios de 1440, llegaron los rumores hasta la corte del duque de Bretaña, quién ordenó abrir una investigación sobre los secuestros y la posible implicación del barón de Rais. El 13 de septiembre fue detenido en el pueblo de Machecoul por un grupo de soldados, quienes hallaron en su propiedad los cuerpos despedazados de 50 adolescentes. El duque de Bretaña le hizo compadecer ante la justicia acusado de haber asesinado e inmolado entre 140 y 200 niños en prácticas diabólicas.
Se le infligieron todo tipo de torturas para obligarle a confesar sus crímenes, que se obstinaba a negar pese a las evidencias, pero fue sólo la amenaza de la excomunión lo que le indujo a hacerlo detalladamente.

En octubre, Gilles de Rais aceptó voluntariamente todos los cargos que se le imputaban y confesó que había disfrutado mucho con su vicio, a veces cortando él mismo la cabeza de un niño con una daga o un cuchillo, y otras golpeando a los jóvenes hasta la muerte con un palo y besando voluptuosamente los cuerpos muertos, deleitándose sobre aquellos que tenían las cabezas más bellas y los miembros más atractivos. Afirmó ante los magistrados que su mayor placer era sentarse en sus estómagos y ver como agonizaban lentamente, y que en los cargos que se le imputaban no había intervenido nadie más que él, ni había obrado bajo la influencia de otras personas, sino que siguió el dictado de su propia imaginación con el único fin de procurarse placer y deleites carnales.

El 26 de octubre fue ahorcado y quemado en la hoguera junto a sus cómplices. En el momento de su muerte pidió perdón a los padres de sus víctimas. Sus restos se encuentran en una iglesia de las carmelitas en la localidad francesa de Nantes. En la región de Rais aún se recuerdan las tropelías del Mariscal, como todavía se le conoce.

Esta es un pequeño relato sobre uno de los asesinos en serie más sanguinarios que ha dado la Historia.

Foto: Guilles de Montmorency-Laval, Barón de Rais.

domingo, 18 de julio de 2010

La batalla más antigua de la historia

El primer enfrentamiento militar del que se tiene constancia histórica fue la batalla de Meggedo o Armagedón, también llamada de Meggido, el 9 de mayo de 1457 a.C., en la que el faraón egipcio Tutmosis III se enfrentó al rey de la ciudad de Qadesh que se había puesto al mando de las ciudades sirias.

El enfrentamiento tuvo lugar al sur de la ciudad cerrando el paso a las fuerzas de Tutmosis que pretendían sofocar la rebelión. La batalla fue rápida y decisiva. Las fuerzas sirias estaban acampadas fuera de la fortaleza, al sudoeste. El ala sur egipcia estaba situada en un monte al sur del arroyo Kina y el ala norte se repartió en dos grupos frente al monte Carmelo. Tutmosis, montado sobre su carro de guerra, dirigió el ataque que, con una sola carga, dispersó al enemigo que corrió a refugiarse en la fortaleza. Los rebeldes abandonaron sus armas y tuvieron que trepar por los muros ya que los habitantes de ciudad se negaron a abrir las puertas.

Foto: Representación de la Batalla de Meggido

viernes, 16 de julio de 2010

Historia de Bosnia y Herzegovina (VI)

LA IRRUPCIÓN DE LOS NACIONALISMOS Y LA SUCESIÓN DE TITO (1971-1980):

Al iniciarse la década de los setenta Yugoslavia se vio inmersa en una seria crisis económica (400.000 parados, devaluaciones del dinar en 1971 y 1973, déficit de 1.170 millones de $). Los mecanismos de mercado de su economía, reforzados con la descentralización, habían aumentado la disparidad entre las distintas repúblicas.

El mayor peso de las direcciones nacionalistas de las Ligas de Serbia, Croacia y, en modo menor, Eslovenia, se dejó sentir entonces en la reforma constitucional de 1971, que limitó los poderes del Gobierno Federal e institucionalizó una presidencia colectiva de 23 miembros encargada de suceder a Tito.

En el plano político, la descentralización permitió la irrupción de los diversos nacionalismos, muy especialmente en Croacia, lo que unido a la situación económica y a la previsible desaparición de Tito, dio lugar a una seria crisis del Estado Federal.

La subida de Stane Dolanc a la dirección de la Liga Comunista de Yugoslavia significó el inicio de una reimplantación del centralismo democrático acompañado de una serie de purgas que se iniciaron con la destitución de los dirigentes de la Liga Comunista de Croacia y la represión del movimiento nacionalista croata (Matica Hrvatska). Las depuraciones de elementos nacionalistas se extendieron en el otoño de 1972 a las Ligas de Serbia, Eslovenia y Macedonia, y en febrero de 1973 una reforma judicial introdujo la pena de muerte por delitos de terrorismo y penalizaciones de hasta veinte años por “propaganda hostil”. Una nueva constitución, en febrero de 1974, redujo el peso de la representación de las Repúblicas Federadas en la presidencia colectiva de la República, amplió en contrapartida el sistema de autogestión. Después de constituirse una nueva Asamblea Federal y con Dežemal Bijedic y Stane Dolanc al frente del gobierno y del partido respectivamente, Tito fue elegido Presidente vitalicio pasando a ocuparse exclusivamente de las relaciones exteriores que fueron mantenidas dentro de la tradicional equidistancia con respecto a los dos grandes bloques: por un lado, acuerdos de cooperación económica con la URSS, con sucesivas visitas de Tito a Moscú entre 1972 y 1979; y por otro lado, se facilitaron las inversiones norteamericanas y se realizaron acuerdos sobre compra de armamento, Tito viajó a USA en marzo de 1978, y renovación, en junio de 1973, de los acuerdos comerciales con la CEE.

A lo largo de esta década, Yugoslavia siguió desempeñando un destacado papel en el movimiento de países no alineados (conferencias de Argel y La Habana de 1979) y apoyó políticamente los movimientos tercermundistas de liberación nacional. Las relaciones con los países vecinos mejoraron sustancialmente, con vistas a asegurar la transición del régimen. El litigio sobre Trieste dio paso a una renovación del estatuto de la ciudad, así como a la firma de acuerdos de cooperación con Italia (1975). Al mismo tiempo, Yugoslavia estableció sendos acuerdos comerciales con Rumanía (1974), Grecia (1976), y Albania (1978). Con Bulgaria, el deterioro de relaciones ocasionado por el no reconocimiento búlgaro de la nacionalidad macedonia fue compensado con un incremento de las relaciones comerciales entre ambos países. En mayo de 1978 fue renovada la Asamblea Federal y Veselin Djuranovic, que había sucedido a Haris Dijedic en la dirección del gobierno en 1977, fue reelegido. Un año después Stane Dolanc fue reemplazado en la dirección de la Liga Comunista por Stevan Doronjski y fueron reelegidos los miembros de la presidencia colectiva. Después de una larga agonía, Tito murió en mayo de 1980, y asumió el poder la nueva presidencia colectiva.

En 1981 se produjeron en Kosovo un conjunto de manifestaciones reclamando la conversión del territorio autónomo en república, así como una mayor atención económica y protección a la lengua albanesa (77 % de la población), que fueron duramente reprimidas (unos 25 muertos, 500 heridos y 700 encausados) y ocasionaron una purga en las filas de la administración, así como fuertes tensiones con Albania.

En 1989 Yugoslavia entra en una nueva etapa hacia la desintegración del Estado Federal creado por el Mariscal Tito al finalizar la II Guerra Mundial bajo el liderazgo de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia (LCY).

En primer lugar, la profunda crisis económica que sufría el país, y que había provocado densas discrepancias sobre las reformas a introducir hasta forzar la dimisión del primer ministro Branco Miculic, en diciembre de 1988, continuó con altibajos durante el año siguiente. De hecho, el 19 de enero, la presidencia colectiva nombró como nuevo primer ministro al industrial croata Ante Marcovic quien, dos meses más tarde, formó un Gobierno de 18 miembros y presentó un programa de reformas económicas centrado en la instauración de la economía de mercado y la privatización de las empresas no esenciales. Aunque durante el año se crearon más de 300 nuevas empresas con aportes de capital del extranjero superior a los 200 millones de dólares, este elemento dinamizador de la economía quedó contrarrestado por una hiperinflación que alcanzó el 2.500 %. Por este motivo, el Gobierno decidió, a finales de año, un drástico Plan de Estabilización que había sido preparado en el mayor secreto. La primera fase consistió en una nueva devaluación del dinar que pasaba a cotizarse, a partir del 19 de diciembre, a 70.000 dinares por marco alemán (moneda elegida como nuevo punto de referencia yugoslava durante el proceso que se iba a iniciar). A partir de enero, se crearía un “nuevo dinar” que sustituiría a los viejos, equivalente a 10.000 dinares y con un cambio oficial de 7 nuevos dinares por marco alemán. Los salarios quedarían bloqueados al nivel de noviembre de 1989 hasta junio de 1990 y deberían equipararse a los cambios de la cotización oficial de la nueva moneda. El 26 de diciembre, también se abrió el primer mercado bursátil de Yugoslavia, con sede en la capital eslovena, Ljubljana.

Estas medidas económicas, preparados con el Fondo Monetario Internacional, tenían un elevado precio social y provocaron duras discusiones con los partidarios del antiguo sistema socialista autogestionado. Por otro lado, la privatización de empresas era de difícil aplicación ya que no eran propiedad del Estado sino de la sociedad, con lo que su desnacionalización habría complejos procesos difíciles de resolver. El paro también se disparó, hasta alcanzar el 17 % de la población activa. Otro problema era el aumento de las diferencias internas entre repúblicas y provincias hasta el punto que, a finales de 1989, la desproporción de la renta por habitante era de 8 a 1 entre Eslovenia y Kosovo (dos puntos más que a principios de la década). Entre los puntos positivos de la economía yugoslava hay que destacar el dinamismo del sector exportador (al ser los productos yugoslavos enormemente competitivos con la incesante devaluación de la moneda nacional) y la liberalización del mercado de divisas (con lo que pudieron aflorar los dólares del mercado negro) que permitió aumentar la reserva de divisas por encima de los 5.000 millones de dólares, cifra impensable sólo dos años antes, cuando era de sólo 600 millones.

Las rivalidades entre algunas repúblicas y provincias fueron, sin embargo, el mayor factor desestabilizador de la unidad de Yugoslavia. En primer lugar, Serbia continuó presionando para lograr el triunfo de la reforma constitucional que debería significar, en la práctica, la total asimilación de las provincias de Vojvodina y Kosovo. Mientras en el norte la minoría húngara de Vojvodina parecía aceptar con resignación las pretensiones serbias, en el sur los albaneses kosovares multiplicaron las manifestaciones del año anterior. Las primeras huelgas de protesta fueron protagonizadas por los mineros de la zona de Trepca al conocer la forzada dimisión de Azem Vlasi (uno de los más populares líderes provinciales), el 2 de febrero de 1989, del Comité Central del la LCY, en Belgrado.

Sin embargo, el movimiento de protesta se incrementó antes de fin de mes para rechazar la reforma constitucional aprobada por Serbia, el 23 de febrero, y exigir la dimisión de los dirigentes provinciales, incluido el recién nombrado presidente del partido, Rahman Morina, considerados simples representantes de los deseos de Serbia. El movimiento huelguista cesó tras la dimisión de los líderes provinciales, pero pronto se comprobó que había sido una simple estratagema ya que ocuparon nuevamente sus cargos, el 5 de marzo, después de que la policía arrestara a varios líderes mineros y a Azem Vlasi, como instigadores de los desórdenes de febrero.

En medio de grandes manifestaciones de protesta, la Asamblea Provincial de Kosovo aprobó la enmienda constitucional, el 23 de marzo, y durante los días siguientes hubo batallas campales entre manifestantes y fuerzas del orden, con más de veinte muertos. La reforma constitucional fue definitivamente aprobada en Belgrado, el 28 de marzo, mientras se celebraban funerales tanto en Serbia como en Kosovo por las víctimas nacionalistas de los últimos incidentes. Bajo la proclamación del estado de emergencia, se produjeron centenares de detenciones entre los sectores nacionalistas, aunque la mayor parte de las restricciones del estado de excepción fueron levantadas a principio de julio después de que la multitudinaria conmemoración del 600 aniversario de la batalla de Kosovo Polje (en la que un millón de serbios viajaron a Kosovo para rendir homenaje a sus antepasados derrotados por los turcos en 1389) transcurriera sin incidentes.

A finales de 1989, la normalización se había reinstaurado en Kosovo y Azem Vlasi, al igual que otros nacionalistas, estaba pendiente de la decisión del tribunal en un juicio que podía condenarlo a diez años de cárcel.

En la República de Eslovenia, los grupos nacionalistas acentuaron las iniciativas locales prescindiendo de las decisiones federales. En enero, el escritor Dimitrij Rupel creó la Alianza Democrática favorable a la soberanía nacional en un régimen político pluripartidista, en franca oposición a la doctrina oficial de Belgrado. En abril, los comunistas eslovenos también decidieron organizar por primera vez en Yugoslavia una votación popular para elegir a su candidato para la presidencia colectiva, con la victoria (con el 54 % de los votos) del economista liberal Janez Drnovsek, quien asumió la presidencia rotativa durante el período 1989-1990, el 15 de mayo con el serbio Borislav Jovic como vicepresidente. Sin embargo, la decisión más polémica fue la aprobación de un paquete de enmiendas constitucionales, el 27 de septiembre, que incluían la declaración de Eslovenia como un estado independiente, soberano y autónomo con prioridad de sus decisiones por encima de las federales y la posibilidad de dejar la Federación Yugoslava si era necesario. Estas enmiendas habían sido consensuadas entre todas las fuerzas políticas eslovenas, incluida la Liga de Comunistas, lo que debilitaba la incidencia de las condenas emanadas desde la dirección federal del partido. Inmediatamente después de la aprobación de las enmiendas, el Gobierno esloveno autorizó los partidos políticos, inició la liberación de los militares detenidos por el caso “Mladina”, y actuó, de hecho, con absoluta autonomía. La rivalidad serbo-eslovena se puso una vez más en evidencia, a fines de noviembre, cuando las autoridades de Ljubljana no autorizaron una manifestación de serbios para protestar por la supuesta persecución que sufrían sus nacionales en Kosovo, lo que supuso el cese de los intercambios comerciales entre las dos repúblicas.

Con una importante minoría no croata (25 % de la población, con predominio de serbios, 11 %, y musulmanes), la República de Croacia se alineó a las tesis nacionalistas eslovenas pero sin insistir en la opción independentista debido a la existencia de regiones donde los serbios eran mayoría absoluta. Por otro lado, el recuerdo de las matanzas de serbios por nacionalistas croatas aliados a los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial, fue nuevamente objeto de polémica con motivo de la conmemoración del 50º aniversario del inicio de la última conflagración mundial que coincidió con una ceremonia católica en honor al rey Zvonimir (muerto en 1089), durante la cual el arzobispo Ante Juric, indicó que los croatas habían actuado únicamente en defensa propia. Al igual que en Eslovenia, durante 1989 también se constituyen en Croacia distintos partidos políticos opuestos a la Liga Comunista.

Por consiguiente, a finales de 1989, las instituciones federales se encontraban muy debilitadas frente a las iniciativas antagónicas de Serbia (con BiH, Montenegro y Macedonia como aliados) y Eslovenia (y, en menor medida, Croacia). Desde la primavera, el líder de la Liga de los Comunistas de Serbia, el carismático Slobodan Milosevic, insistía en la necesidad de convocar un congreso extraordinario de la LCY para intentar fijar una línea política unitaria ante los problemas de disgregación que amenazaban al Estado Federal. Serbia se mostró contraria a la celebración del Congreso ante el temor de que sus proyectos autonómicos fueran congelados. De hecho, sólo se celebraron reuniones previas, en las que, no obstante, se reconoció la necesidad de transformar Yugoslavia en un país multipartidista, y el 14º Congreso fue finalmente convocado para enero de 1990.

Finalmente, también hay que reseñar que los restos del último rey de Montenegro, Nicola Petrivic, fueron trasladados de San Remo (Italia) a Cetinje (la antigua capital montenegrina), el 1 de octubre de 1989. Con este acto simbólico el gobierno quiso demostrar que, en su opinión, el sentimiento monárquico ya no constituía ningún peligro para la República Federal Socialista de Yugoslavia.

Foto: Josip Broz Tito en una de sus últimas manifestaciones