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viernes, 16 de julio de 2010

Historia de Bosnia y Herzegovina (VI)

LA IRRUPCIÓN DE LOS NACIONALISMOS Y LA SUCESIÓN DE TITO (1971-1980):

Al iniciarse la década de los setenta Yugoslavia se vio inmersa en una seria crisis económica (400.000 parados, devaluaciones del dinar en 1971 y 1973, déficit de 1.170 millones de $). Los mecanismos de mercado de su economía, reforzados con la descentralización, habían aumentado la disparidad entre las distintas repúblicas.

El mayor peso de las direcciones nacionalistas de las Ligas de Serbia, Croacia y, en modo menor, Eslovenia, se dejó sentir entonces en la reforma constitucional de 1971, que limitó los poderes del Gobierno Federal e institucionalizó una presidencia colectiva de 23 miembros encargada de suceder a Tito.

En el plano político, la descentralización permitió la irrupción de los diversos nacionalismos, muy especialmente en Croacia, lo que unido a la situación económica y a la previsible desaparición de Tito, dio lugar a una seria crisis del Estado Federal.

La subida de Stane Dolanc a la dirección de la Liga Comunista de Yugoslavia significó el inicio de una reimplantación del centralismo democrático acompañado de una serie de purgas que se iniciaron con la destitución de los dirigentes de la Liga Comunista de Croacia y la represión del movimiento nacionalista croata (Matica Hrvatska). Las depuraciones de elementos nacionalistas se extendieron en el otoño de 1972 a las Ligas de Serbia, Eslovenia y Macedonia, y en febrero de 1973 una reforma judicial introdujo la pena de muerte por delitos de terrorismo y penalizaciones de hasta veinte años por “propaganda hostil”. Una nueva constitución, en febrero de 1974, redujo el peso de la representación de las Repúblicas Federadas en la presidencia colectiva de la República, amplió en contrapartida el sistema de autogestión. Después de constituirse una nueva Asamblea Federal y con Dežemal Bijedic y Stane Dolanc al frente del gobierno y del partido respectivamente, Tito fue elegido Presidente vitalicio pasando a ocuparse exclusivamente de las relaciones exteriores que fueron mantenidas dentro de la tradicional equidistancia con respecto a los dos grandes bloques: por un lado, acuerdos de cooperación económica con la URSS, con sucesivas visitas de Tito a Moscú entre 1972 y 1979; y por otro lado, se facilitaron las inversiones norteamericanas y se realizaron acuerdos sobre compra de armamento, Tito viajó a USA en marzo de 1978, y renovación, en junio de 1973, de los acuerdos comerciales con la CEE.

A lo largo de esta década, Yugoslavia siguió desempeñando un destacado papel en el movimiento de países no alineados (conferencias de Argel y La Habana de 1979) y apoyó políticamente los movimientos tercermundistas de liberación nacional. Las relaciones con los países vecinos mejoraron sustancialmente, con vistas a asegurar la transición del régimen. El litigio sobre Trieste dio paso a una renovación del estatuto de la ciudad, así como a la firma de acuerdos de cooperación con Italia (1975). Al mismo tiempo, Yugoslavia estableció sendos acuerdos comerciales con Rumanía (1974), Grecia (1976), y Albania (1978). Con Bulgaria, el deterioro de relaciones ocasionado por el no reconocimiento búlgaro de la nacionalidad macedonia fue compensado con un incremento de las relaciones comerciales entre ambos países. En mayo de 1978 fue renovada la Asamblea Federal y Veselin Djuranovic, que había sucedido a Haris Dijedic en la dirección del gobierno en 1977, fue reelegido. Un año después Stane Dolanc fue reemplazado en la dirección de la Liga Comunista por Stevan Doronjski y fueron reelegidos los miembros de la presidencia colectiva. Después de una larga agonía, Tito murió en mayo de 1980, y asumió el poder la nueva presidencia colectiva.

En 1981 se produjeron en Kosovo un conjunto de manifestaciones reclamando la conversión del territorio autónomo en república, así como una mayor atención económica y protección a la lengua albanesa (77 % de la población), que fueron duramente reprimidas (unos 25 muertos, 500 heridos y 700 encausados) y ocasionaron una purga en las filas de la administración, así como fuertes tensiones con Albania.

En 1989 Yugoslavia entra en una nueva etapa hacia la desintegración del Estado Federal creado por el Mariscal Tito al finalizar la II Guerra Mundial bajo el liderazgo de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia (LCY).

En primer lugar, la profunda crisis económica que sufría el país, y que había provocado densas discrepancias sobre las reformas a introducir hasta forzar la dimisión del primer ministro Branco Miculic, en diciembre de 1988, continuó con altibajos durante el año siguiente. De hecho, el 19 de enero, la presidencia colectiva nombró como nuevo primer ministro al industrial croata Ante Marcovic quien, dos meses más tarde, formó un Gobierno de 18 miembros y presentó un programa de reformas económicas centrado en la instauración de la economía de mercado y la privatización de las empresas no esenciales. Aunque durante el año se crearon más de 300 nuevas empresas con aportes de capital del extranjero superior a los 200 millones de dólares, este elemento dinamizador de la economía quedó contrarrestado por una hiperinflación que alcanzó el 2.500 %. Por este motivo, el Gobierno decidió, a finales de año, un drástico Plan de Estabilización que había sido preparado en el mayor secreto. La primera fase consistió en una nueva devaluación del dinar que pasaba a cotizarse, a partir del 19 de diciembre, a 70.000 dinares por marco alemán (moneda elegida como nuevo punto de referencia yugoslava durante el proceso que se iba a iniciar). A partir de enero, se crearía un “nuevo dinar” que sustituiría a los viejos, equivalente a 10.000 dinares y con un cambio oficial de 7 nuevos dinares por marco alemán. Los salarios quedarían bloqueados al nivel de noviembre de 1989 hasta junio de 1990 y deberían equipararse a los cambios de la cotización oficial de la nueva moneda. El 26 de diciembre, también se abrió el primer mercado bursátil de Yugoslavia, con sede en la capital eslovena, Ljubljana.

Estas medidas económicas, preparados con el Fondo Monetario Internacional, tenían un elevado precio social y provocaron duras discusiones con los partidarios del antiguo sistema socialista autogestionado. Por otro lado, la privatización de empresas era de difícil aplicación ya que no eran propiedad del Estado sino de la sociedad, con lo que su desnacionalización habría complejos procesos difíciles de resolver. El paro también se disparó, hasta alcanzar el 17 % de la población activa. Otro problema era el aumento de las diferencias internas entre repúblicas y provincias hasta el punto que, a finales de 1989, la desproporción de la renta por habitante era de 8 a 1 entre Eslovenia y Kosovo (dos puntos más que a principios de la década). Entre los puntos positivos de la economía yugoslava hay que destacar el dinamismo del sector exportador (al ser los productos yugoslavos enormemente competitivos con la incesante devaluación de la moneda nacional) y la liberalización del mercado de divisas (con lo que pudieron aflorar los dólares del mercado negro) que permitió aumentar la reserva de divisas por encima de los 5.000 millones de dólares, cifra impensable sólo dos años antes, cuando era de sólo 600 millones.

Las rivalidades entre algunas repúblicas y provincias fueron, sin embargo, el mayor factor desestabilizador de la unidad de Yugoslavia. En primer lugar, Serbia continuó presionando para lograr el triunfo de la reforma constitucional que debería significar, en la práctica, la total asimilación de las provincias de Vojvodina y Kosovo. Mientras en el norte la minoría húngara de Vojvodina parecía aceptar con resignación las pretensiones serbias, en el sur los albaneses kosovares multiplicaron las manifestaciones del año anterior. Las primeras huelgas de protesta fueron protagonizadas por los mineros de la zona de Trepca al conocer la forzada dimisión de Azem Vlasi (uno de los más populares líderes provinciales), el 2 de febrero de 1989, del Comité Central del la LCY, en Belgrado.

Sin embargo, el movimiento de protesta se incrementó antes de fin de mes para rechazar la reforma constitucional aprobada por Serbia, el 23 de febrero, y exigir la dimisión de los dirigentes provinciales, incluido el recién nombrado presidente del partido, Rahman Morina, considerados simples representantes de los deseos de Serbia. El movimiento huelguista cesó tras la dimisión de los líderes provinciales, pero pronto se comprobó que había sido una simple estratagema ya que ocuparon nuevamente sus cargos, el 5 de marzo, después de que la policía arrestara a varios líderes mineros y a Azem Vlasi, como instigadores de los desórdenes de febrero.

En medio de grandes manifestaciones de protesta, la Asamblea Provincial de Kosovo aprobó la enmienda constitucional, el 23 de marzo, y durante los días siguientes hubo batallas campales entre manifestantes y fuerzas del orden, con más de veinte muertos. La reforma constitucional fue definitivamente aprobada en Belgrado, el 28 de marzo, mientras se celebraban funerales tanto en Serbia como en Kosovo por las víctimas nacionalistas de los últimos incidentes. Bajo la proclamación del estado de emergencia, se produjeron centenares de detenciones entre los sectores nacionalistas, aunque la mayor parte de las restricciones del estado de excepción fueron levantadas a principio de julio después de que la multitudinaria conmemoración del 600 aniversario de la batalla de Kosovo Polje (en la que un millón de serbios viajaron a Kosovo para rendir homenaje a sus antepasados derrotados por los turcos en 1389) transcurriera sin incidentes.

A finales de 1989, la normalización se había reinstaurado en Kosovo y Azem Vlasi, al igual que otros nacionalistas, estaba pendiente de la decisión del tribunal en un juicio que podía condenarlo a diez años de cárcel.

En la República de Eslovenia, los grupos nacionalistas acentuaron las iniciativas locales prescindiendo de las decisiones federales. En enero, el escritor Dimitrij Rupel creó la Alianza Democrática favorable a la soberanía nacional en un régimen político pluripartidista, en franca oposición a la doctrina oficial de Belgrado. En abril, los comunistas eslovenos también decidieron organizar por primera vez en Yugoslavia una votación popular para elegir a su candidato para la presidencia colectiva, con la victoria (con el 54 % de los votos) del economista liberal Janez Drnovsek, quien asumió la presidencia rotativa durante el período 1989-1990, el 15 de mayo con el serbio Borislav Jovic como vicepresidente. Sin embargo, la decisión más polémica fue la aprobación de un paquete de enmiendas constitucionales, el 27 de septiembre, que incluían la declaración de Eslovenia como un estado independiente, soberano y autónomo con prioridad de sus decisiones por encima de las federales y la posibilidad de dejar la Federación Yugoslava si era necesario. Estas enmiendas habían sido consensuadas entre todas las fuerzas políticas eslovenas, incluida la Liga de Comunistas, lo que debilitaba la incidencia de las condenas emanadas desde la dirección federal del partido. Inmediatamente después de la aprobación de las enmiendas, el Gobierno esloveno autorizó los partidos políticos, inició la liberación de los militares detenidos por el caso “Mladina”, y actuó, de hecho, con absoluta autonomía. La rivalidad serbo-eslovena se puso una vez más en evidencia, a fines de noviembre, cuando las autoridades de Ljubljana no autorizaron una manifestación de serbios para protestar por la supuesta persecución que sufrían sus nacionales en Kosovo, lo que supuso el cese de los intercambios comerciales entre las dos repúblicas.

Con una importante minoría no croata (25 % de la población, con predominio de serbios, 11 %, y musulmanes), la República de Croacia se alineó a las tesis nacionalistas eslovenas pero sin insistir en la opción independentista debido a la existencia de regiones donde los serbios eran mayoría absoluta. Por otro lado, el recuerdo de las matanzas de serbios por nacionalistas croatas aliados a los nazis, durante la Segunda Guerra Mundial, fue nuevamente objeto de polémica con motivo de la conmemoración del 50º aniversario del inicio de la última conflagración mundial que coincidió con una ceremonia católica en honor al rey Zvonimir (muerto en 1089), durante la cual el arzobispo Ante Juric, indicó que los croatas habían actuado únicamente en defensa propia. Al igual que en Eslovenia, durante 1989 también se constituyen en Croacia distintos partidos políticos opuestos a la Liga Comunista.

Por consiguiente, a finales de 1989, las instituciones federales se encontraban muy debilitadas frente a las iniciativas antagónicas de Serbia (con BiH, Montenegro y Macedonia como aliados) y Eslovenia (y, en menor medida, Croacia). Desde la primavera, el líder de la Liga de los Comunistas de Serbia, el carismático Slobodan Milosevic, insistía en la necesidad de convocar un congreso extraordinario de la LCY para intentar fijar una línea política unitaria ante los problemas de disgregación que amenazaban al Estado Federal. Serbia se mostró contraria a la celebración del Congreso ante el temor de que sus proyectos autonómicos fueran congelados. De hecho, sólo se celebraron reuniones previas, en las que, no obstante, se reconoció la necesidad de transformar Yugoslavia en un país multipartidista, y el 14º Congreso fue finalmente convocado para enero de 1990.

Finalmente, también hay que reseñar que los restos del último rey de Montenegro, Nicola Petrivic, fueron trasladados de San Remo (Italia) a Cetinje (la antigua capital montenegrina), el 1 de octubre de 1989. Con este acto simbólico el gobierno quiso demostrar que, en su opinión, el sentimiento monárquico ya no constituía ningún peligro para la República Federal Socialista de Yugoslavia.

Foto: Josip Broz Tito en una de sus últimas manifestaciones

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