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martes, 20 de julio de 2010

Historia de Bosnia y Herzegovina (VII)

LA DESMEMBRACIÓN DE YUGOSLAVIA (1990-1992):

En Kosovo comenzó el final de Yugoslavia. Fue aquí donde se consumó la primera fase del plan de reconstrucción de la dictadura, ya no bajo el signo inaceptable del comunismo, sino bajo el del nacionalsocialismo. Este proyecto alió en un principio al aparato comunista dirigido por Slobodan Milosevic y al ejército federal yugoslavo. El objetivo inicial era mantener una Yugoslavia en la que estos estamentos privilegiados no fueran expulsados del poder por la liquidación, ya entonces inevitable, de la Liga Comunista Yugoslava (LCY).

Ultra-nacionalismo racista, igualitarismo dentro de la raza superior, salvo, claro está, la clase dirigente de Estado y ejército, arbitrariedad absoluta en el trato de las “minorías” o razas inferiores, impunidad policial y militar e intervencionismo estatal son los elementos principales del mensaje que, en Kosovo, lanzó Milosevic a todas las repúblicas de Yugoslavia en 1989: “En nuestro país no sucederá lo que está sucediendo en el resto de Europa oriental, donde los aparatos del Estado se desmoronan. Nosotros tenemos una vía alternativa que adoptaremos con la ayuda de la mayoría del pueblo, y ésta es serbia, nacional y socialista”.

En las repúblicas más desarrolladas del norte, de cultura no balcánica, sino centroeuropea, estaba plenamente en marcha la opción anticomunista, antiintervencionista y occidentalista. Que en Croacia ésta se viera en parte truncada algunos años más tarde tiene más que ver con los efectos de la guerra y el creciente desprestigio de Europa entre sus gentes que con las intenciones iniciales de Franjo Tudjman. El paso siguiente fue el asalto a las finanzas federales por parte de la Serbia de Milosevic con la impresión ilegal de moneda, aún común, y el uso de las reservas federales para el mantenimiento de su industria y el pago masivo de lealtades. Eslovenia, que ya había perdido en gran parte el mercado serbio por el llamamiento al boicot contra sus productos hecho por las autoridades de Belgrado, se revolvió contra esta práctica y decidió suspender sus aportaciones a la reserva federal.

En Belgrado el aparato propagandístico, que desde la llegada al poder de Milosevic había pasado de llamar antiyugoslavos a los albaneses a tildarlos de genocidas antiserbios, emprendió la misma escalada violenta con eslovenos y croatas. En la Presidencia federal, compuesta por un miembro de cada una de las seis repúblicas (Serbia, Eslovenia, Croacia, BiH, Macedonia y Montenegro), y uno por cada una de las dos provincias serbias (Vojvodina y Kosovo), la liquidación de todas las instituciones de Kosovo y medidas similares en Vojvodina, en el norte, más el asalto al poder en Montenegro de la facción comunista, obediente a la nueva dirección serbia, dejaban en unas manos, las de Milosevic, cuatro votos de un total de ocho.

La Presidencia estaba bloqueada. Las Repúblicas del norte argumentaron que, si se había abolido la autonomía de Kosovo y Vojvodina, lo lógico era que se eliminara su opción de voto, y que reaccionaba a todas las propuestas con soflamas propagandísticas contra los “secesionistas” y los “enemigos de Yugoslavia”. Ni eslovenos ni croatas hablaban aún de independencia. Después propusieron una Confederación entre las repúblicas que, manteniendo el espacio económico común, permitiera a las demás repúblicas impedir que Serbia practicara el saqueo de unas reservas comunes, bloqueara todas las reformas con sus cuatro votos en la Presidencia y se viera tentada a imponer su política a las repúblicas díscolas con los mismos métodos utilizados en Kosovo.

Así estaban las cosas a finales de 1990, cuando Estados Unidos y la mayoría de los países europeos, informados por unas Embajadas en Belgrado sometidas al bombardeo propagandístico del aparato de Milosevic, se lanzaron a una frenética actividad para «salvar Yugoslavia». Se sucedían las amenazas sobre las capitales supuestamente secesionistas y se animaba a un gobierno federal bajo Ante Markovic, que ya no tenía poder alguno, a lograr soluciones para preservar Yugoslavia. Liquidada definitivamente la Presidencia al no aceptar Serbia que el croata Stipe Mesic asumiera la jefatura rotatoria que le correspondía y rechazadas por Serbia todas las propuestas de confederación y asociación que no implicaran la sumisión del resto de las Repúblicas al dictado de Milosevic, Eslovenia y Croacia decidieron proclamar su independencia el 25 de junio de 1991.

Poco antes de esta fecha, el Secretario de Estado norteamericano James Baker viajó a Belgrado para dar ánimos a quienes querían “preservar la unidad de Yugoslavia”, sin entender que esa unidad había sido ya dinamitada por un proyecto totalitario en el corazón del Estado, en Serbia, que había hecho dispararse las fuerzas centrífugas.

Las Repúblicas del norte huían literalmente del intento de Belgrado de secuestrarlas para impedir su unión al proceso democratizador que se producía en Centroeuropa.

Los militares y Milosevic no recibieron advertencia alguna contra su política de aplastamiento de los albaneses en Kosovo y sus ya nada disimuladas intenciones de imponer por la fuerza a toda la federación una política de salvación de la ortodoxia de la Comunidad Internacional para, con un despliegue militar, intentar recuperar, por la fuerza de las armas, el control de las fronteras eslovenas hacia Italia, Austria y Hungría, y consiguientemente de los ingresos aduaneros yugoslavos.

Los eslovenos, sin embargo, recibieron al ejército a tiros. Ellos, al contrario que los croatas, habían logrado mantener el control de las armas que el concepto de defensa territorial de Tito tenía repartidas por todo el país para el caso de una intervención extranjera. Los diez días de guerra acabaron con una humillante derrota del ejército yugoslavo y la certeza de que aquella República ya no pertenecía a la Federación.

La Yugoslavia de Tito había muerto definitivamente en julio de 1991. Milosevic lo sabía, y también el ejército federal, que tras haber perdido la ideología en que basaba su existencia, perdía también el país cuya defensa territorial era su principal deber. El ejército yugoslavo no tenía ya razón de ser, y sus mandos, en la inmensa mayoría serbios, tenían que encontrar una patria que les financiara empleo y pensión.

Occidente, sin embargo, siguió sumido en la quimera de que Yugoslavia existía. En la ONU, en la OSCE y en las negociaciones que la Comunidad Europea organizaba con frenesí para “lograr acuerdos pacíficos” seguía dándose crédito negociador a representantes de una fantasmal «Yugoslavia» que ya no era sino una máscara legitimadora tras la que se escondía la propuesta totalitaria y nacional-expansionista de Milosevic. En los Acuerdos de Brioni, en julio de 1991, la Comunidad Europea afrontó la salida de Eslovenia de la Federación, pero cayó en el gravísimo error de no afrontar una solución global para todo el territorio de la antigua Yugoslavia, víctima del autoengaño de seguir creyendo existente a este Estado.

Los problemas de Croacia, la minoría serbia en Croacia, las tres etnias de BiH y las minorías en Serbia no suscitaron interés. Bruselas quizá creía poder solucionar estos problemas uno a uno, lo que, como se ha demostrado, era imposible. Aún entonces, la amenaza de sanciones o la imposición directa de las mismas sobre Belgrado quizá habrían podido forzar a un acuerdo global en el que las garantías de supervivencia de las minorías bajo control de la ONU o la CE, tanto en Croacia como en Serbia y BiH, evitaran el uso de estas comunidades como pretexto para una guerra territorial.

Eslovenia podía perderse, y con ella la posibilidad de mantener toda Croacia en la Yugoslavia serbia. Belgrado lo sabía. Por ello, cuando aún no habían comenzado a disparar los aviones MIG-21 federales sobre los puestos fronterizos eslovenos, estaba en plena marcha el plan de conquista militar de aquellas partes de Croacia que tenían que ser mantenidas a toda costa en el Estado que pretendían crear: La Gran Serbia.

El Presidente croata Franjo Tudjman, sin embargo, seguía repitiendo que Belgrado jamás se atrevería a esta guerra en Croacia, y que los enfrentamientos habidos en diversos puntos de Croacia no pasarían de ser meros incidentes aislados. Todas las repúblicas, salvo Eslovenia, cayeron en la trampa de creer poder escapar a la suerte del vecino mostrándose cooperativos con el ejército de Belgrado. Hoy quizá muchos lamenten no haberse dispuesto en junio de 1991 para una acción conjunta que hubiera unido fuerzas contra Belgrado, y que no se produjo porque, el fallecido presidente Tudjman, como tantas otras veces, basó sus decisiones en consideraciones tan egoístas como ilusas y erróneas.

El gobierno de Zagreb dejó paso libre al ejército federal cuando largas columnas de blindados se dirigieron por territorio croata a apoyar a sus unidades en Eslovenia, el 27 y el 28 de junio de 1991. El gobierno de Tudjman garantizó a estas Unidades una seguridad que pronto no podría otorgar a sus propios ciudadanos. Nada más cruzar la frontera hacia Eslovenia, el ejército se topó con la encarnizada ofensiva de las fuerzas territoriales de esta República, que en 10 días había acabado con la voluntad de Belgrado de retener a la fuerza a Eslovenia en la Federación. Zagreb creía poder evitar la guerra abierta con Belgrado. Meses más tarde, con la guerra abierta ya en Croacia, el gobierno de Sarajevo también permitió que el ejército federal utilizara su territorio como gran base de operaciones para su guerra en la República vecina. Las Unidades del ejército que abandonaban Eslovenia, después de los Acuerdos de Brioni, se dirigían en largos convoyes hacia la hermosa tierra, de la que gran parte de la opinión pública mundial no había oído hablar aún, pero lo haría muy pronto y mucho.

Foto: Mapa de la desintegración Yugoslava durante la Guerra de los Balcanes.

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