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lunes, 31 de agosto de 2015

Historias del Rif, contadas por los propios rifeños

Protectorado Español en Marruecos
El tiempo en el que España estaba al frente de la Administración del Protectorado de Marruecos muchas son las historias y anécdotas que tuvieron lugar en aquellas tierras, especialmente las que trataban sobre cuestiones de guerra pero también se daban las que provenían de las costumbres, modos de vida y tradiciones de las gentes del Rif, de los propios refeños.

Esta historia que os pongo a continuación la contaba un periodista español que escribía habitualmente sobre los rifeños. Dice así:

«El  Fakih Si Ali volvió a mirarme, esta vez más fijamente con sus grandes ojos llenos de recelo.Yo insistí sin piedad.

Pero dime, Fakih. ¿No es posible que entre tantos y tantos santos musulmanes haya alguno que viva aún en la tradición más por milagro do la fe que por la influencia de sus virtudes? ¿'Todos fueron realmente santos?

Titubeó el Fakih. Quería ser sincero, pero no se atrevía por miedo a que la verdad fuese un pecado. Al fin, con una leve sonrisa irónica dijo:

— Si El Raisuli hubiese muerto en su casa de Tazarot, sus familiares, como era rico, le hubieran levantado una gran kobba. Y con el tiempo, olvidada su azarosa vida en medio de los caminos, se hubiera convertido el santuario en lugar de devota peregrinación. El Raisuli sería entonces uno de los santos más venerados. Y ya ves. Dios no lo quiso. Fue un gran pecador y el castigo cayó sobre él. Su tumba, que ya nadie recuerda en Tamasint, será borrada poco a poco con los temporales. Luego, no quedará nada; ni la leyenda. El Raisuli, con una tumba ostentosa en Beni Aros, hubiese sido para el porvenir un gran santo. Y todos conocimos sus virtudes... Esto de la santidad es a veces difícil de conseguir, a veces demasiado fácil también. Dios, que todo lo sabe, todo lo dispone. Escucha lo que sucedió una vez en...

El Fakih Si Ali se interrumpió. Estuvo a punto de decir el lugar del suceso. En un momento de expansión confidencial, quiso, o amigo, abrir su pecho a la franqueza, pero no debía descubrir a los sencillos creyentes que se equivocaron. No, no... Que nadie supiese por él dónde había sido este error... de santidad.

El Fakih sonrió al corregir su ligereza, y siguió así su plática:

Había una vez en cierto lugar un comerciante bien acomodado que gustaba de correr mundos en busca de su honrada ganancia.  Hacia largos viajes a muy lejanas tierras y los afanes del tráfico le obligaban frecuentemente a prolongar las ausencias mucho tiempo. Era nuestro hombre, musulmán de buena ley, laborioso y sencillo, amante de su casa y de lo suyo, y tan respetadopor su bondad como admirado por su riqueza. Y siendo así era voluntarioso, pues la vida sólo le enseñaba sus satisfacciones, y por ello gustaba de hacer siempre lo que a bien tenía. Y aconteció para su mal que la suerte así juega con los felices, que un perro que poseía nuestro hombre y que era quizás el más querido de sus caprichos, murió, y con su muerte ensombreció el ánino de su dueño y le puso casi en el límite de la desesperación. Tenía el comerciante que marchar a su negocio y no queriendo que su fidelísimo can fuese al estercolero, como era posible, hizo cavar en su huerto una fosa, y, para señalarla, sepultado el animalito, colocó sobre ella un montón de piedras y las marcó con cal, para que el lugar le fuese conocido. Y satisfecho de su buena acción, marchóse nuestro hombre a recorrer mundos.

Pasaron dos años, quizás tres, tal vez cuatro... Y un día regresó. Y cuál no sería su asombro cuando al buscar en su huerto la sepultura del perro, hallóse con una hermosa kobba, bellamente construida, blanca y reluciente de limpieza. Sobre el arco de la puerta leyó una inscripción. En la ventana vio los exvotos que la devoción fue colgando...

Creyó soñar. Tocó las paredes. Dio vueltas y vueltas en torno al santuario. Pensó que no era su terreno; que aquella casa frontera no era la suya. Temía preguntar piero preguntó. Le respondieron que era Sidi T.... un santo veneradísimo en toda la región, porque sacaba los demonios del cuerpo, como Sidi Malek, el otro milagroso de la llanura de Mei'ika. Todos decían lo mismo. Y lo repetían llenos de respeto  sugestionados por la prodigiosa taumaturgia del santo.


En su ánimo hubo entonces una penosa confusión de sentimientos contradictorios. Quiso protestar de aquella mentira que llevó a los musulmanes a la veneración de un perro. Mas también sintió sobre su atribulado espíritu el agobio del fanatismo secular. 1 quedó sumido en la duda. ^Y' si un milagro obró aquella maravilla?...

Pero se reveló. Nadie más que él podía querer a su perro. Y él no lo adoraba. Indignóle aquella profanación hecha a nombre de un santo.


      —    ¿Pero estáis seguros de que éste es el santuario de Sidi T...?—gritó a los fieles que rezaban.

Sus estentóreas voces causaron estupor en aquella buena gente piadosa. Le miraron con asombro. El insistió;
     
     —   ¿Piero estáis seguros de que aquí está enterrado Sidi T...? ¿Y si yo os dijera que ésta es la sepultura de mi perro?...

Los fieles se ocultaron el rostro horrorizados de la blasfemia. Y gritaron:

      —    ¡Maldito seas! ¡Maldito seas! ¡Que así te atrevas a injuriar a nuestro santo! ¡Tuno eres musulmán, tu no eres creyente! ¡Maldito seas!...

Acudió más gente. Pronto el grupo se fue engrosando por una multitud enardecida, que voceaba y gesticulaba iracunda. Ahora, siendo tantos y fortalecidos aún más por el furor, le amenazaban, querían matarle. Una piedra rozó su cabeza. Otra le dio en el pecho. Un mocetón avanzó con un grueso palo levantado. Unas mujeres, exaltadísimas, le escupieron y le maldijeron con los más tremendos anatemas. Kl circulo se estrechaba cada vez más. Le acosaban, le acosaban como a una fiera...

El se mantuvo quieto, erguido, sereno, valeroso. Y repitió, como tirándoles las palabras a la cara:

      —    Os afirmo que ésta es la tumba de mi perro. Y. si no, decidme, creyentes: ¿Puede el cuerpo de un santo convertirse en un perro? ¿Dios permitiría esto? ¡Imposible! Y os voy a demostrar que aquí lo que hay enterrado es un perro, pues yo mismo vi cavar su fosa.

La multitud, fanática y supersticiosa, impresionada por el tono de rotunda firmeza que había en sus palabras, que parecían de un iluminado, quedó en silencio, sobrecogida de temor.

Requirieron unas azadas y algunos, voluntariamente, empezaron afanosamente a descubrir la sepultura. Sólo se oía el golpe seco de las herramientas y el latir ansioso de los corazones. Pronto hallaron un esqueleto. Y era, claro está, ¡el del perro!..,

¿Cómo pudo aquello ocurrir? Sencilla y natural explicación fue la que después dióse al suceso. Un día—dicen—una viejecita se sentó a descansar junto al montón de piedras blanqueadas que señalaba la sepultura del afortunado perro. Al rato un mendigo se acomodó en aquel sitio y comenzó su plañidera súplica. Unos heddauas, de la pordiosera cofradía de los harapientos, formaron corro cerca de las piedras. Unos aisauas errabundos, con sus panderos, sus flautas y sus brujerías, se pararon allí a contar sus asombrosas mentiras...

Pronto el lugar convirtióse en centro de una abigarrada concurrencia. Y alguien, que esto es harto frecuente en tierra de moros, dijo que aquella era la tumba de im santo. Otro dijo su nombre. Alguno relató sus prodigiosos milagros... Fueron entonces frecuentes y abundantes las limosnas, que no hay mortal que no tenga que pedir algo a los santos, y la piedad y la devoción de los creyentes levantó después aquél veneradísimo santuario, al que acudían de las más apartadas regiones, en peregrinación constante, los pobres de espíritu y los atormentados por el fanatismo a sacarse los demonios del cuerpo...

Pero a los fieles de Sidi T... les costaba trabajo negar y perder aquella maravillosa taumaturgia del santo. Y tal vez—el Fakih Si Ali no lo dice — quedáronse en la veneración el santo y el perro. 

Y no es de extrañar. En Temsaman, en Cabo Quilates, está la kobba de Sidi Xaib Bu Meftah y un poco apartada la sepultura de su perro y nadie puede visitar la kobba sin haber pasado antes a reverenciar al perro cuya intercesión se pide. En Beni Bufrah existe también la tumba de otro perro milagroso. En Bokoia, en el aduar de Maia, está la Zauia del santo que pudiéramos llamar el patrón de los perros...

Y si Sidi T... siguió haciendo milagros, ¿por qué no habían de rezarle?

El Fakih Si Ali, comprensivo y bueno, sonrió levemente». 

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