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lunes, 3 de agosto de 2015

La Cruz del lloro

La Cruz del lloro en Martos (Jaén)
Hoy voy a contar la historia de la Cruz del lloro, una historia que se ha ido contando de padres a hijos a través del tiempo y que, según la leyenda, solo podía ser vista por aquellos que tuviesen un estricto sentido de la justicia.

Siendo rey de Castilla y León, Fernando IV, que como es conocido tuvo un corto reinado que transcurrió entre constantes controversias y conjuros. Cuando cumplió los 10 años vio como moría su padre el rey Sancho IV el Bravo, y a partir de aquel momento hasta que alcanzó la mayoría de edad en el año de 1301, todo fueron obstáculos. Durante su reinado sus acciones tuvieron siempre un mismo talante: el de la mezquindad.

Por eso no es de extrañar que fueran muy numerosos los enemigos que se granjeó, lo que afectó de forma gradual a su salud. Aquejado de hemorragias provenientes de los bronquios y pulmones que le provocaba un mal humor feroz desentendiéndose así de cualquier razonamiento sensato. Se cuenta que su obsesión era la de destruir a todos sus enemigos por medio de conjuras y de falsas acusaciones. Entre sus más destacados enemigos se encontraban, al parecer, los hermanos Juan y Pedro Alfonso de Carvajal, a quienes decidió eliminar, para lo que envió a un tal Alfonso de Benavides, uno de sus favoritos reales, para que les asesinara. Después él mismo pretendía encargarse de administrar justicia traicionando y condenando a muerte a su propio favorito.

LA reina María de Molina presentando a su hijo Fernando IV en las Cortes de
Valladolid en 1295. Obra de Antonio Gisbert en 1863
Pero el favorito erró en su cometido y fueron los dos caballeros quienes en defensa propia eliminaron al favorito real. Este hecho no tardó en llegar a los oídos del rey quien inmediatamente les acusó de asesinar a un miembro de la corte real y de conspiración contra el rey. Y, ni corto ni perezoso ordenó su arresto. Fueron detenidos en la Feria vallisoletana de Medina del Campo mientras adquirían arreos para sus corceles.

Durante los días siguientes a su detención fueron humillados y vejados y el rey tuvo una de sus expectoraciones sanguinolentas que, para su desgracia, le obligó a un forzado retiro en la ciudad de Jaén. Durante este absceso de mal humor ordenó que fueran llevados a su presencia  los asesinos de su favorito. El juicio se inició con la reiterada petición de inocencia por parte de ambos hermanos que juraban y perjuraban que en ningún momento habían asesinado a sangre fría al favorito real sino que lo que lo hicieron en defensa propia a ser atacados por la la espalda.

Restos del castillo de Martos
Pero como la intención, desde el principio, del rey Fernando IV era deshacerse de dos de sus más encarnizados enemigos, de nada sirvieron las promesas, los juramentos o las razones que esgrimieron los acusados y les condenó a ser trasladados al cercano castillo de Martos, donde debían ser encerrados en una jaula de hierro para más tarde ser arrojados al vacío desde la almena más alta.
Muchos de los partidarios de Juan y de Pedro Alfonso Carvajal suplicaron al rey que les condonara la pena alegando que si en realidad hubieran realizado tamaña felonía no hubieran ido tranquilamente a comprar arreos para sus caballerizas a una feria tan concurrida e importante como la de Medina del Campo.

Pero el rey, obcecado por su odio y por sus hemorragias, hizo caso omiso de sus ruegos. Una mañana del mes de agosto de 1311, el rey se presentó en el castillo de Martos para hacer cumplir la cruel sentencia. La jaula fue izada sobre la torre más alta del castillo, justamente la que daba a un gran precipicio, y Fernando IV, antes de que fueran ejecutados y en un arranque de generosidad, decidió concederles una gracia: darles la opción de expresar su última voluntad. Ambos hermanos respondieron de la misma forma:

Ante Dios, don Fernando, probaremos nuestra inocencia y lo execrable de vuestra justicia. Él, con su poder supremo, hará que acudáis a su juicio, ante una justicia suprema e inapelable, para responder de vuestra menguada justicia terrena. Desde aquí os emplazamos para que en breve plazo de un mes comparezcáis ante el Todopoderoso. Mientras llega ese ansiado momento, solo podréis vomitar sangre.

Al oír aquello el rey se rio a carcajadas, a pesar del dolor que le producía ejecutar cualquier esfuerzo físico. Pero en el mismo momento en que dio la orden y la jaula se precipitaba al vacío estrellándose de forma violenta contra las rocas, el rey expectoró sangre en abundancia.

El tiempo pasaba y la enfermedad del rey no remitía. Mientras algunos lugareños, junto a los partidarios de los desafortunados, construyeron una cruz de piedra a la que denominaron “La Cruz del lloro”. Al enterarse de este hecho, el rey Fernando envió una expedición de soldados a todos los rincones del reino para que la destruyeran, pero nunca la encontraron. Lo que sí hallaron fue una leyenda que corría de boca en boca en cada uno de los lugares que visitaban; según esta sólo podían  ver la cruz aquellos que fueran limpios de corazón a los ojos de Dios. Aguijoneado en su orgullo, Fernando IV acudió unos días más tarde al lugar de su crimen, el precipicio donde se despeño a los dos caballeros, para ver la cruz y de esta forma desafiar a quienes le acusaban de haber asesinado por cuestiones de celos y envidia a ambos caballeros.

Encontró a dos pastores y les preguntó lo siguiente: ¿Lugareños, sabéis por ventura quien soy yo?
No, pero por vuestras vestimentas debéis ser un caballero muy importante. Contestaron los pastores.
Al oír esta respuesta, el rey se percató  de que les podía hacer la pregunta clave sin temor a ser engañado por temor a sus represalias.
Pastores; ¿qué veis en aquellos riscos?
La respuesta de ambos fue dada al unísono: “La Cruz del lloro”.

Ultimos días de Fernando IV, atormentado por los hermanos Carbajal.
Obra de José Casado del Alisal de 1860.
El rey y sus mesnadas, por más que miraron a uno y otro lado, no vieron ninguna cruz, lo que les hizo pensar que la leyenda podría tener visos de ser cierta. De regreso al castillo, Fernando IV, empeoró notablemente, y un día de septiembre de 1312, tras haber comido y bebido en demasía, se retiró a sus aposentos para echarse una siesta de la que nunca más volvería a despertarse. Aquel día se cumplió exactamente un mes desde que los desafortunados nobles le habían emplazado a comparecer ante Dios, ante su juicio inapelable. Un mes, justo el tiempo en el que debía cumplirse una venganza terrible, una venganza de ultratumba o, simplemente, una mera coincidencia.


Quizá por los motivos relatados Fernando IV ha pasado a la historia con el real mote de “El Emplazado”. Por algo sería.

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