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martes, 26 de octubre de 2010

Las reinas de Enrique VIII (I)

Con la emisión de la serie de televisión «Los Tudor» mucha gente ha tenido conocimiento de la licenciosa vida de Enrique VIII, uno de los reyes más conocidos de la vieja Inglaterra del siglo XVI.

Aunque la serie tiene ciertos matices no acertados del todo históricamente, si que refleja bastante bien los acontecimientos, teniendo en cuenta que se trata de una serie televisiva.

Voy a ir poniendo la historia de las mujeres de Enrique VIII, empezando por sus seis esposas —Catalina de Aragón, Ana Bolena, Jeanne Seymour, Ana Cleves, Catalina Howard y Catalina Parr— y terminando por sus dos hijas —María I e Isabel I, todas ellas reinas de Inglaterra.

Catalina de Aragón

La primera de sus esposas fue Catalina de Aragón, última hija de los Reyes Católicos Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

Catalina nació en Alcalá de Henares el 16 de noviembre de 1485, siendo bautizada en la Colegiata de esa ciudad, por el ilustre Cardenal Pedro González de Mendoza. Tras la toma de Granada, sus padres se alojaron en el Palacio Árabe del Alcázar y allí fue donde pasó la mayor parte de su infancia. Educada directamente por su madre, la reina Isabel, Catalina se caracterizaba por su fuerte carácter y su notable inteligencia que unidas le daban

la prestancia digna de una verdadera princesa.

Todas las hijas de los reyes eran piezas clave en las alianzas matrimoniales de sus padres, según los intereses políticos del reino y Catalina no era una excepción, así Enrique VII de Inglaterra, primer rey de la dinastía Tudor, propuso a los Reyes Católicos una alianza para protegerse de Francia y al mismo tiempo asegurar y legitimar su poder real, discutido por algunos pretendientes al trono, frente a un enemigo común.

El acuerdo entre ambos reinos establecía que la quinta hija de los Reyes Católicos, la pequeña Catalina —de tres años de edad— sería la prometida de Arturo —de sólo dos años— heredero de la corona inglesa, y celebrar las nupcias cuando tuvieran edad de hacerlo.

Los Reyes Católicos pusieron como condición que la dote de Catalina no sería muy elevada y si el príncipe moría después de la boda, ella heredaría un tercio de las recaudaciones de los condados de Chester, Cornwall y Gales, lo que la convertiría en una princesa de gran fortuna.

Finalmente cuando el Papa Alejandro VI, ante los ataques franceses contra la sede apostólica, pidió ayuda a los monarcas españoles, estos consideraron necesario contar con el apoyo del rey inglés y para obtenerlo cedieron a la boda pactada.

Así, en 1497 el acuerdo matrimonial entre Catalina de Aragón y Arturo Tudor fue firmado y confirmado por una ceremonia matrimonial celebrada en Inglaterra. A la edad de 15 años, Catalina debió ser enviada a Inglaterra donde Arturo, de 14 años, la esperaba.

Al principio de su llegada a Inglaterra fue mirada con recelo por sus nuevos súbditos, pero al poco tiempo fue aclamada y querida por ellos. El encuentro entre ambos príncipes fue de aceptación recíproca. El propio Tomas Moro quedó impresionado por la imagen de la joven princesa de quien dijo: …Creed en mi palabra, encantó el corazón de todos,... posee todas las cualidades que constituyen la belleza de una jovencita encantadora. En todas partes recibe las mayores alabanzas...”

Pero como la felicidad no dura siempre lo que uno quiere, a los pocos meses de su matrimonio, la peste asoló Inglaterra y alcanzo a ambos príncipes, Catalina, fuerte y sana, se sobrepuso a la enfermedad, pero Arturo, más débil no la superó y así Catalina con 16 años se convirtió en viuda. Esta situación fue desoladora para ella, sin la presencia de su marido, retenida en la corte inglesa y privada de su dote.

Enrique VII, para no tener que devolverle su dote, logró comprometerla con su otro hijo, Enrique, que contaba con sólo 11 años. Se pidió a la Santa Sede una dispensa pretextando que el matrimonio no se había consumado.

A la muerte de Enrique VII, en 1509, su hijo fue coronado rey con el nombre de Enrique VIII y, una vez obtenida la dispensa papal, se unió en matrimonio con Catalina de Aragón. El tenía de 18 años y ella 23. Catalina se enamoró de Enrique, y era una hermosa, culta y excelente esposa, aunque no era plenamente correspondida. Catalina, era una reina querida por el pueblo y respetada por la corte, dadas sus excelentes cualidades.

Esta unión, que duró 18 años, se encontró con un obstáculo que no pudieron salvar. El rey deseaba un hijo varón para consolidar el trono y sólo logró sobrevivir una niña, María, futura reina de Inglaterra y de España.

Enrique consideró que la falta de un hijo varón era un castigo divino y pensó en el divorcio como solución, deseo que se acrecentó por la presencia en la corte de Ana Bolena, una bella joven, hermana menor de una de sus amantes y de la que se había enamorado perdidamente. Pidió al Papa Clemente VII la anulación de su matrimonio con Catalina alegando que la dispensa no era válida por haber consumado el matrimonio Catalina con su hermano Arturo. El Papa, para no ofender a los Reyes Católicos, se negó a concederla mientras Catalina no accediese a ello.

Catalina demostró su carácter haciendo valer su posición de soberana y haciendo respetar sus derechos y los de su hija María. No cedió ante ninguno de los medios que la presionaron para que cediese: se la alejó de palacio, se la trasladó a residencias lúgubres, se la amenazó con un juicio y una condena por traición y, aún así mantuvo su posición diciendo que prefería la muerte a la deshonra y que su destino y el de su hija estaba en manos de Dios.

Su intransigencia tuvo como consecuencia la ruptura de Inglaterra con la Iglesia de Roma provocando, con el Cisma de Occidente, la creación de la Iglesia Anglicana, con la que el rey se convertía en la cabeza visible de la Iglesia.

Tras varios años de sufrimiento, Catalina cayó muy enferma y murió en el Castillo de Kimbolton el 7 de enero de 1536, a los 50 años de edad, dejando constancia hasta el final, de que ella era la única y verdadera reina Inglaterra, y su hija verdadera y real heredera al trono. Sin embargo, fue enterrada en la Catedral de Peterborough como Princesa Viuda en lugar de reina.

Según se cuenta en las oraciones que realizó en su lecho de muerte dijo: “Dios mío, perdónalo tú a Enrique, porque yo no puedo”.

Shakespeare definiría a Catalina de Aragón como: “Reina de todas las reinas y modelo al mundo de majestad femenina!"

Foto: Cuadro de Catalina de Aragón como la Magdalena de Michell Sittow. Detroit Institute of Arts.

1 comentario:

  1. Estupendo artículo Juan.
    Bien por Catalina! que no cedió,(medio aragonesa tenía que ser...) aunque le valiera de poco a la pobre.
    Al igual que su hermana Juana fueron bastante desgraciadas.
    Parte de la culpa fueron los "instintos primarios masculinos" no? jaja

    Arwen

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