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martes, 25 de mayo de 2010

Historia de Bosnia y Herzegovina (III)

Herzegovina.

También formó parte de la Iliria romana y fue posteriormente invadida por los godos en el siglo IV, y por los eslavos en el VII, que le dieron el nombre de «país de Hum». En el siglo IX, el país que aparece con los nombres de Hum o Zahumlje y Travun o Tribunium, es un territorio especial y, ya entonces, habitado por los serbios que a él habían emigrado. Liberada de la dominación bizantina (1040), cayó inmediatamente en poder del príncipe serbio Esteban Nemanja (1170-1196). En el siglo XIII, Herzegovina es sometida en parte a Hungría y en parte a Serbia. En 1326 cayó en poder de Bosnia, en 1362 en poder de Hungría y en 1382 totalmente en poder de Tvrtko I de Bosnia, hasta que en 1440 el emperador Federico II la erigió en ducado alemán independiente, dándolo en feudo a la familia Hranic.

En 1448, el gran vojvoda Esteban Vukđiž agraciado con el título de duque de San Savas (Dux Sancti Sabbae, llamado así por el Arzobispo Sava, Patrón del país) la separó de Bosnia con ayuda del sultán, cuya soberanía reconoció, y recibió el título de duque o herzeg, por lo que al país se llamó desde entonces Herzegovina (ducado). En 1463 fue tributaria de Turquía, en cuyo poder cayó en 1483 y pasó a convertirse en un distrito perteneciente a Bosnia con el nombre de Hersek. El duque Esteban abrazó el islamismo y pasó a llamarse Ahmed Herzegovic.

En 1832, el sultán Mehmed la sometió, como visirato independiente, a Ali Aga Risvanbegovic, gobernador de Stolac, que durante la insurrección de Bosnia había permanecido fiel a la Sublime Puerta y que, no obstante, fue fusilado en 1851 por no acatar el mandato de Omar Bajá. En 1861, Vikatovic levantó el estandarte de la rebelión, obteniendo de la Sublime Puerta algunas concesiones. Desde 1865 formó parte de nuevo Herzegovina, un liva de la provincia de Bosnia. En julio de 1875 estalló, a causa de los desmesurados y arbitrarios impuestos de los funcionarios turcos, una revolución de la población cristiana acaudillada por Ljubibratic, favorecida por Montenegro se propagó a una parte de Bosnia y no pudo ser sofocada por las insuficientes tropas turcas, ni apaciguada con la promesa de reformas administrativas.

En virtud del Art. 25 del Acta del Congreso de Berlín, en 1878, Herzegovina, como también Bosnia, fueron ocupadas y administradas por el Imperio Austro-Húngaro, con una pequeña porción, al sur, que pasó a poder de Montenegro. El 31 de julio y el 1 de agosto, respectivamente, salieron de Imoski y Vrgorac la 18ª División de Infantería al mando del Mariscal de Campo Jovanovic, entrando en Herzegovina y apoderándose, el 4 de agosto, de la ciudad de Mostar y con ella de toda la provincia.

Tanto en Bosnia como en Herzegovina Septentrional se formaron bandas de guerrilleros que obligaron a los austro-húngaros a reforzar sus tropas de ocupación. El encargado de pacificar la zona fue el 5º Cuerpo del Ejército, después de que la fortaleza de Klobuk hubiese caído en poder de los imperiales el 25 de septiembre de 1881. Al implantarse en Herzegovina, ese mismo año, el servicio militar, estalló allí y en Dalmacia Septentrional (Crivoscic) una nueva revolución que fue sofocada con las armas en 1882.

Bosnia y Herzegovina.

La anexión de estos dos países al Imperio Austro-Húngaro provocó la enemistad entre éste y Serbia, que culminó en el atentado de Sarajevo. Serbia, aunque contraria a la anexión de Bosnia-Herzegovina al imperio de los Habsburgo en octubre de 1908, reconoció la anexión en marzo del año siguiente. Rusia, que no pudo evitar a Serbia esta humillación, la incorporó a la alianza balcánica, triunfadora sobre Turquía. Viena se vio obligada a conceder a Bosnia y Herzegovina un Gobierno representativo, y le otorgó un Estatuto en que estaban contenidos los principios de libertad vigentes en todos los países, pero no les dio representación parlamentaria ni en Viena ni en Budapest y tampoco le permitió la intervención en los asuntos extranjeros.

El Estatuto o Constitución, promulgado el 17 de febrero de 1910, adolecía del defecto de acrecentar las diferencias religiosas y sociales, dividiendo el cuerpo electoral en tres curias o colegios y asignando a cada uno de ellos una proporción fija de mandatos entre ortodoxos, musulmanes y católicos.

El objetivo por el que luchaban los partidos era cada vez más notorio: la mayor autonomía posible para el territorio de Bosnia y Herzegovina, y la independencia respecto al Gobierno Central de Viena. Con la recusación del presupuesto de 1912 empezó el conflicto entre el Gobierno y los partidos de la Dieta (serbio ortodoxo, bosnio musulmán y croata católico), que dio por resultado una larga pausa en la actividad de la misma.

Tras una serie de pesadas negociaciones, y mediante la aceptación por el Gobierno de algunas de las proposiciones de la Dieta, se llegó, en el verano de 1912, a una solución combinada de croatas, bosnios y serbios moderados. Pero surgió el debate debido a la cuestión del idioma. El proyecto especificaba el «serbocroata» como idioma oficial en todos los asuntos, tanto interiores como exteriores, relacionados con la administración civil, con los establecimientos públicos de enseñanza y con los ferrocarriles del Estado.

Los debates de la Dieta se vieron súbitamente interrumpidos por el asesinato del Archiduque Francisco Fernando y de su esposa, en Sarajevo, llevado a cabo por un estudiante radical serbio, Gavrilo Princip, el mismo día del aniversario de Kosovo (28 de junio de 1914), lo que incrementó la propaganda anti-imperial. La Administración Imperial acusó a los comitadjis y a una sociedad secreta serbia, Crna Ruka (La Mano Negra), de haber organizado el atentado, y dirigió un ultimátum a Serbia, el 23 de julio, en el que exigía la disolución de las sociedades de propaganda anti-austríaca, la expulsión del ejército de los oficiales considerados por Viena como anti-austríacos y, finalmente, juzgar a los culpables con la participación de los representantes austro-húngaros. Aunque Serbia rechazó sólo el último punto y ofreció someterse a la decisión del Tribunal Internacional de La Haya, el Imperio le declaró la guerra el 28 de julio, lo que desencadenó el primer conflicto mundial.

El ejército serbio, que resistió con éxito a los austríacos, fue aplastado cuando Bulgaria entró en guerra (octubre de 1915). Mientras los ocupantes aniquilaban el Estado y maltrataban a la población civil, los soldados serbios consiguieron atravesar Albania y refugiarse en Corfú (noviembre-diciembre de 1915), desde donde fueron conducidos a Salónica para reforzar el ejército del este.

En octubre de 1918 terminó también el Gobierno austro-húngaro en Bosnia y Herzegovina. El 1 de noviembre de 1918, el Gobierno Nacional (Narodna Vlada), recién formado en Sarajevo, declaró que se hacía cargo del Gobierno del país y rompió todas las relaciones con el antiguo Gobierno de Viena. A raíz de este hecho, los territorios de Bosnia y Herzegovina proclamaron su unión al recién formado Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, la Gran Serbia.

La difícil cuestión de la propiedad de Bosnia, que el Imperio Austro-Húngaro no había podido resolver, fue resuelta ahora de manera radical y con tendencias partidistas. El Estado prometió la compensación a los propietarios musulmanes, pero no cumplió su oferta, también por razones políticas, y aunque los latifundios fueron divididos, se originó un nuevo proletariado agrícola y urbano. Por otra parte, Sarajevo y otras ciudades perdieron no poco de su prosperidad a causa de las tendencias centralistas de Belgrado.

Historia de Bosnia y Herzegovina (II)

BOSNIA:

Formó parte de la provincia romana de Iliria. Debe su nombre al río Bosna, palabra de origen ilirio que significa “corriente o fluir de agua”. Fue eslavizada a partir del siglo VII por una tribu de la familia de los croatas y sobre todo por los serbios. Se constituyó muy pronto en principado gobernado por un ban. A partir del siglo X, fue objeto de las ambiciones de los búlgaros, quienes se anexionaron la parte occidental del país (927) e impusieron su soberanía al resto, constituido en principado gobernado por el serbio Žaslav (928-960).

Por su posición geográfica, Bosnia estuvo amenazada por los bizantinos hasta 1025, por los húngaros en los siglos XII-XIII y por los turcos en el siglo XV. Los reyes de Hungría Kolomán (a principios del siglo XII) y Bela IV (a partir de 1250) intentaron en vano integrar Bosnia en su reino, y se vieron obligados a respetar la autonomía del país, mantenida por los banes Kulín (antes del 1180-1204) y Mateo Ninoslav (1233-1250). En el siglo XIV, a pesar de la lucha por el poder que enfrentó a las grandes familias (los Kotromanič y los Žubič), Bosnia consiguió asegurar su independencia hasta orillas del Adriático, gracias a Esteban II Kotromanič (1322-1353), frente a las influencias de la corte de los angevinos de Hungría, en la que se educaban los hijos de los príncipes de Bosnia, y frente al imperio serbio de Dučan. La región de Hum (futura Herzegovina) y el litoral hasta Ragusa (actual Dubrovnik) fueron controlados por este príncipe. Su sobrino y sucesor, Tvrtko I († 1391), se hizo proclamar en 1377 rey de Serbia y de Bosnia junto a la tumba de San Sava, en el Monasterio de Mileševa y participó con los serbios en la lucha contra los turcos (derrotas de Marica en 1371 y de Kosovo en 1389).

A partir del siglo XIII, se había implantado fuertemente una herejía maniquea próxima al catarismo, el bogomilismo, por cuyo motivo se produjeron las cruzadas de 1239 y 1245, la triple intervención en Bosnia del rey Segismundo de Hungría (1405, 1407 y 1410-1411), el envío de misiones franciscanas, que llegaron a convertir al rey Tvrtko II Tvrtkoviž (1404-1409) y las persecuciones de los últimos reyes de Bosnia, surgidos de una oscura dinastía: Esteban Tomás (1443-1461) y Esteban V Tomačeviž (1461-1463). Debilitado el país por esta herejía y por las luchas entre los señores locales, se vio precisado a pagar tributo a los turcos desde 1436. La ocupación de Bosnia, realizada en pocos días por el sultán Mehmet II (mayo-junio 1463) provocó la desaparición de la herejía, muy probablemente a causa de la conversión de sus adeptos al Islam.

Con excepción del norte del territorio y de su capital, Jajce, ocupadas por el rey de Hungría, Matías Corvino, Bosnia constituyó una marca avanzada del Imperio Otomano, administrada por un bajá. La región se islamizó con rapidez, gracias, entre otros motivos, al interés demostrado por los grandes propietarios en convertirse a fin de conservar sus privilegios. Después de veinte años de heroica resistencia dirigida por el duque (herzeg) Esteban Vukđiž (1435-1448), posteriormente duque de San Sava (1448-1466), el territorio de Hum (Herzegovina) fue anexionado al vilayato de Bosnia.

Desde mediados del siglo XVI, con el gran visir Sokullu Mehmet, hasta el siglo XVIII, los sultanes pusieron en el gobierno a los miembros de las grandes familias de Bosnia vinculadas al Islam. No obstante, después de la victoria del príncipe Eugenio en Zenta (1697), la provincia se sublevó y los Habsburgo, que deseaban destruir esta base avanzada turca en el camino de Viena, la anexionaron temporalmente, desde 1718 (Tratado de Passarowitz) hasta 1739 (Tratado de Belgrado). Recobrada por los turcos, siguió vegetando hasta principios del siglo XIX, época en que la emancipación de Serbia por Gjorgje Petrovich Karagjorgje hizo despertar la idea nacional, particularmente entre los campesinos que habían permanecido católicos u ortodoxos, casi todos muy pobres y hostiles a los funcionarios turcos y a los grandes propietarios eslavos islamizados. Las perturbaciones fueron multiplicándose hasta que finalmente estalló la insurrección en Herzegovina (1875) y en Bosnia (1876). Las matanzas realizadas por las fuerzas irregulares turcas (bachi-buzuks) provocaron la intervención de Rusia contra el Imperio Otomano. Austria-Hungría, que había ofrecido su mediación, obtuvo con tal motivo, y como precio de su neutralidad, la administración provisional de Bosnia-Herzegovina, que por otro lado continuó bajo soberanía turca (Congreso de Berlín de 1878). Un protocolo anexo al Tratado de los Tres Emperadores (1881) reconocía incluso que Rusia no se opondría a una verdadera anexión, para la cual sirvió de pretexto la revolución de los «Jóvenes turcos» de 1908.

Las potencias europeas, en particular Inglaterra, se resistían a reconocer la anexión. Rusia se declaró formalmente opuesta a ella, subordinándola a concesiones a los Estados balcánicos. La actitud resuelta de Austria-Hungría y el apoyo incondicional de Alemania solucionaron la crisis, durante la cual Bosnia fue objeto de una gran concentración de tropas. La hostilidad de los bosnios hacia los austríacos y las reivindicaciones serbias condujeron al asesinato, en Sarajevo, del archiduque Francisco Fernando el 28 de junio de 1914, causa directa de la primera guerra mundial.

En noviembre de 1918, Bosnia proclamó su unión al nuevo Estado Yugoslavo, que se encontró con el grave problema de la asimilación de los musulmanes. Bosnia se opuso a la centralización, que los serbios ortodoxos y los croatas católicos deseaban realizar en provecho propio, y asimismo combatió la reforma agraria, perjudicial para los intereses de los grandes propietarios, agrupados en la Unión de Musulmanes Yugoslavos de Mehmet Sapho, muy vinculada al Partido Agrario Croata.

Agregada al Reino de Croacia (1941-1945), pasó a formar parte de Yugoslavia y fue constituida en República para evitar las reivindicaciones que serbios y croatas mantenían sobre ella. Pero al ser una de las Repúblicas Yugoslavas más subdesarrolladas se produjeron en ella reacciones nacionalistas en 1971 y su territorio volvió a ser reivindicado por los nacionalistas croatas en 1973.

lunes, 24 de mayo de 2010

Historia de Bosnia y Herzegovina (I)

Comienzo un nuevo tema sobre la Historia de Bosnia y Herzegovina desde sus orígenes hasta los Acuerdos de Dayton que pusieron fin a la Guerra de los Balcanes. Una guerra que, aparte de cruenta, fue un acontecimiento protagonizado en el corazón de Europa y que puso de manifiesto hasta donde puede llegar el rencor y el odio humano hasta el punto de matarse por el mero hecho de tener unas creencias distintas entre comunidades. Yo he sido testigo de ello y estaba presente allí cuando se firmaron los Acuerdos y se ponía fin al conflicto. Un final impuesto por la comunidad internacional y que hasta el día de hoy no ha cerrado las heridas que se abrieron tan profundas en aquellos años.

El origen

El pueblo ilirio:

Iliria es el antiguo nombre de una región montañosa situada en la costa nororiental del Adriático, conocida con el nombre de Illyricum ya en 168 a.C.; correspondía aproximadamente a las actuales Bosnia-Herzegovina, Dalmacia y Albania.

Los ilirios eran uno de los más importantes pueblos indogermánicos de la Europa Central. Después de haber contribuido al poblamiento de la Italia primitiva, Iliria conoció la colonización griega, que estableció factorías en la costa y en las islas. Desde entonces, como si una maldición pesara sobre ese lugar, los ejércitos de todos los conquistadores de la historia pasaron por allí desde Alejandro hasta Gengis Khan. Pero fueron las invencibles legiones romanas quienes dominaron tempranamente toda la costa del Adriático. Las luchas entre Roma e Iliria se repitieron hasta que Augusto (35-33 a.C.) la conquistó definitivamente para el Imperio, e Iliria pasó a ser provincia romana abarcando desde Macedonia hasta Istria y el Danubio. Entonces comenzó la prosperidad y pujanza de Iliria. Alguno de los más notables emperadores romanos como Aureliano, Diocleciano y Constantino I fueron ilirios.

Tras la sangrienta represión realizada por Tiberio (6-9 d.C.) tras una sublevación de Iliria, esta fue desmembrada y por primera vez se separó en dos provincias imperiales, la Panonia y la Dalmacia. El nombre de Illyricum se reservó al conjunto formado por Dalmacia, Mesia y Panonia. Desde el 324, fue una de las cuatro grandes prefecturas del Imperio. Cuando se produjo la partición del Imperio Romano por Teodosio, Iliria quedó bajo el dominio del Imperio de Occidente y en 476, pasó a formar parte del Imperio Bizantino.

En los siglos VI y VII, en el declive bizantino, se produjo la expansión hacia Iliria de las tribus eslavas del Cáucaso que, al cabo de muy poco, se apoderaron de la Panonia romana, llegaron a Dalmacia y se asentaron en la costa croata. Estas tribus eslavas son los antepasados de los actuales eslovenos, croatas y serbios.

El pueblo eslavo:

Aparece este pueblo en la historia, en el oriente de Europa, divididos en varias tribus sometidas a los escitas, a los godos, a los sármatas y a los hunos, quienes en sus primeras invasiones los empujaron hacia los valles de los Cárpatos, en la actual provincia polaca de Galitzia.

Al derrumbarse el Imperio huno de Atila, y cuando los germanos pasaron a la Europa occidental, los eslavos abandonaron los montes y se establecieron en las llanuras regadas por el Vístula, el Elba y el Danubio. A últimos del siglo V, empieza a hablarse de ellos ya como pueblo distinto y con la denominación de eslaveni. Se dividían en tres grupos: antos a orillas del Danubio y sus afluentes, venedos al noroeste del Danubio al mar Báltico, y los eslavos propiamente dichos al este, más allá del Vístula.

Agrupándose en torno de los serbios, de los croatas y de los eslovenos, coincidiendo con la decadencia bizantina, ocuparon Panonia a fines del siglo VI y avanzaron hacia el litoral, asimilando lentamente a las poblaciones romanizadas de Iliria. A principios del siglo VII, los antos se trasladaron, como aliados de los ávaros, al Imperio griego. Para atraerlos, el emperador bizantino Heraclio (610-641) cedió a estas tribus eslavas las provincias que habían ocupado, a condición de reconocer la autoridad del Imperio Bizantino. Repoblaron fronteras y fundaron los reinos o bánatos de Dalmacia, Bulgaria, Eslovenia, Serbia, Bosnia y Croacia. Estos eslavos del sur o yugoeslavos formaron durante la Edad Media los Estados de Crobatia o Croacia, de Bosna o Bosnia, de Hum o Hercegovina, de Raška o Serbia y de Zeta o Montenegro. Para afirmar el lazo de unión entre el Imperio y el pueblo eslavo, que eran paganos, los emperadores se esforzaron en convertirlos al cristianismo; pero ellos abrazaron de un modo definitivo la nueva religión solamente hacia fines del siglo IX.

La conversión al cristianismo, que se produjo desde el siglo VIII al XII, dividió al mundo eslavo en dos grupos culturales claramente diferenciados. Los polacos, los checos, los eslovacos, los eslovenos y los croatas dependieron de la Iglesia romana, mientras que los rusos, los búlgaros y los serbios fueron evangelizados por los bizantinos Cirilo y Metodio, que les dieron su lengua litúrgica, el eslavón, y una escritura característica, el cirílico.

En el siglo XIII, unificados por Gengis Khan, los tártaros de la Horda de Oro arrasaron Eslovenia, Croacia y Eslavonia. Cuando se retiraron, sólo quedó una tierra casi despoblada y calcinada por el fuego. Eso favoreció a los serbios, que pudieron agrandar sus fronteras: se extendieron hacia Albania y Macedonia y ocuparon, en lo que hoy es Croacia, la actual Krajina. Pero eran demasiado débiles para oponerse a los jenízaros turcos, convertidos en los nuevos poderosos invasores. En 1371 Serbia cayó sin combatir y los otomanos musulmanes se apoderaron de toda la península balcánica. Se quedaron allí por espacio de quinientos años.

En Croacia, en 1835, surgió un movimiento literario y político, iniciado por Ljudevit Gaj, que propuso referir la denominación ilírico o pueblos ilíricos, en sentido nacionalista, a la unidad de los serbios, croatas y eslovenos, y consolidar el poderío de los eslavos del sur o yugoeslavos con el establecimiento del reino ilírico —la Gran Iliria—, y que comprendería, además de Croacia y Eslovenia, la Marca Meridional de Estiria, Carintia, Carniola, Istria, Gorizia, Gradisca, Dalmacia, la Hungría serbia y Bosnia-Herzegovina. Este sueño se realizó casi por completo, pero el reino formado no llevaba el nombre de Iliria, sino el de Yugoslavia, toda vez que el nombre de ilirio fue prohibido en 1843 por el Emperador Fernando V y substituido por el de yugoeslavo que ha prevalecido hasta nuestros días.

lunes, 17 de mayo de 2010

La Batalla de Zaragoza o del Monte de Torrero.

El domingo 16 de mayo ha tenido lugar en Zaragoza la recreación de la Batalla de Zaragoza que tuvo lugar el 20 de agosto de 1710 a las puertas de Zaragoza, en los Montes de Torrero, enmarcada en la Guerra de Sucesión Española. Fue de crucial importancia ya que las tropas borbónicas fueron derrotadas y el Archiduque Carlos restituyó todos los fueros y privilegios del Reino de Aragón, que habían sido revocados por Felipe V en 1707. Esa batalla, es la última gran victoria austriacista en la Península Ibérica y fue la llave que abrió el postrero aunque efímero período de soberanía aragonesa.

Los acontecimientos ocurrieron de la siguiente manera:

Las tropas borbónicas habían sido derrotadas en la Batalla de Almenara (Castellón) el 27 de julio y se retiraron hacia Zaragoza hasta dónde fueron perseguidas por las tropas austriacistas, al mando del general Starhemberg, entrando nuevamente en combate el 20 de agosto.

El ejército borbónico estaba al mando del Marqués de Bay, quien sustituyó al Marqués de Villadarias, tras la derrota en Almenara. Felipe V que se había refugiado en Lérida tras la derrota de Almenara se desplazó con sus tropas hasta Zaragoza.

El ejército de Felipe V se componía de cerca de 20.000 soldados, todos españoles, mientras que el ejército del Archiduque Carlos se componía de unos 30.000 soldados de diversas procedencias.

El 15 de agosto el general Starhemberg atacó al ejército borbónico con 28 escuadrones a lo que estos respondieron al ataque y consiguieron desbaratar las formaciones de la caballería enemiga y arrebatarles siete estandartes.

Tras dos días de escaramuzas, el Marqués de Bay formó en batalla al ejército real, apoyando el flanco izquierdo en el Ebro y el derecho en el alto de Torrero. En el flanco derecho desplegaron los Escuadrones de Dragones y Caballería de Mahony y Amézaga. En el flanco izquierdo lo hizo la Caballería de Armendáriz. El centro estaba al mando del propio Marqués.

El ejército del Archiduque pasó el Ebro sin oposición y dedicó todo el día 19 en desplegar. En el flanco izquierdo formó la Caballería catalana y la holandesa, al mando del conde de la Atalaya. En el flanco derecho desplegaron unidades británicas y austriacas al mando de Stanhope. El centro quedó al mando del general Starhemberg.

Los disparos de cañón comenzaron a las ocho de la mañana. Felipe V recorrió las filas arengando a sus hombres, y se situó en el centro poder ver y dirigir a sus tropas. La batalla en sí, no comenzó hasta pasado el medio día. La Caballería borbónica cargó duramente sobre el ala derecha enemiga, pero los aliados aguantaron el envite y la Infantería anglo-austriaca de Stanhope avanzó con el apoyo de la Caballería. El ataque aniquiló al ejército borbónico, que se dispersaron en franca retirada. Únicamente aguantaron el ataque los Regimientos de Guardias y de Sicilia pero terminaron derrotados por el general Starhemberg.

El desastre borbónico fue total, perdió 10.000 hombres entre muertos y heridos, y cerca de 5.000 fueron hechos prisioneros.

El Archiduque Carlos entró en Zaragoza el 21 de agosto, donde permaneció cinco días y restituyó los Fueros de Aragón derogados por Felipe V en 1707. Como consecuencia de la batalla, todo Aragón quedó bajo en control del pretendiente austriaco. El 9 de septiembre, Felipe V y su familia abandonan Madrid, en medio del fervor popular, y se trasladan a Valladolid. El 28 de septiembre las tropas del Archiduque entraron en Madrid, rodeadas de la hostilidad popular. Ante tal situación el Archiduque hizo el famoso comentario: «Esta ciudad es un desierto».

El 9 de noviembre, el Archiduque se vio obligado a salir de Madrid ante la presión de las tropas borbónicas reorganizadas por el Duque de Vendôme, enviado por Luís XIV, para apoyar a Felipe V, y fue derrotado, primero en Brihuega, y vencido definitivamente en la batalla de Villaviciosa poniendo así fin a la Guerra de Sucesión en 1713, aunque la resistencia se mantuvo hasta 1714 en Cataluña y hasta 1715 en Mallorca.

domingo, 2 de mayo de 2010

La resistencia numantina.

Uno de los episodios más apasionantes de la conquista romana de la Península Ibérica lo constituye el asedio y conquista de Numancia, símbolo de la resistencia de los celtíberos, concretamente del pueblo celtibérico de los arévacos. Los numantinos llevaban 18 años resistiéndose a la conquista, desde que la quiso tomar el pretor Fulvio Nobilior, en el año 155 a.C. La tenaz resistencia unida al duro invierno soriano hicieron que las fuerzas romanas perdieran más de la mitad de sus hombres. En los años siguientes continuaron resistiendo el ataque de sucesivos cónsules, como los de Pompilio Lenas o Quinto Pompeyo, obsesionados con su conquista y fracasando en su empeño.

En el 134 a.C., Roma envía a Publio Escipión Emiliano, llamado el Africano por ser el destructor de Cartago. Escipión se encontró con un ejército desmoralizado, desentrenado y muy bajo de moral, por lo que antes de atacar Numancia se propuso disciplinar y entrenar a sus hombres al tiempo que se dirige contra los pueblos colindantes —vaceos— con el fin de reclutar aliados e impedir el envío de suministros y refuerzos a Numancia. Prepara un ejército, de 10000 legionarios y 50000 celtíberos aliados, fuertemente disciplinado, instala dos grandes campamentos en los extremos para impedir cualquier salida de la ciudad y, entre ellos, cada cien metros una torre de vigilancia con dos catapultas y una empalizada que las unía. Para completar el cerco un gruesa cadena atravesaba el río para impedir el paso de embarcaciones por él.

La intención de Escipión era vencer a los numantinos por hambre, lo que logra tras nueve meses de asedio, siendo llamado por ello el numantino. Al entrar en la ciudad, algunos de su habitantes se habían dado muerte antes de rendirse a los romanos, la arrasó totalmente y vendió sus habitantes como esclavos.

La conquista y destrucción de Numancia puso fin a las guerras celtibéricas y allanó el camino de la romanización final de la Península Ibérica donde sus pueblos se fueron integrando y diluyéndose en la romana.

Pero algo nos ha quedado de la gesta de los arévacos ya que su espíritu ha caracterizado siempre a la identidad del pueblo español, al que no se ha conseguido someter nunca.