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jueves, 9 de diciembre de 2010

El duque de Lerma

Felipe II murió el 13 de septiembre de1598, dejando a su último hijo sobre­viviente, que tenía entonces 20 años, el gobierno del imperio más extenso y más poderoso del mundo. Felipe III, escasamente dotado en inteligencia y personalidad para sus enor­mes responsabilidades, sometió a la más dura de las pruebas a la monarquía personal. El nuevo monarca no podía pretender emular a su padre: Felipe II, además de ser un gran rey, había sido un gran funcionario. Feli­pe III reconoció sus limitaciones y tomó una decisión sin precedentes: delegó el poder en un ministro princi­pal. Su elección recayó en Francisco Gómez de San­doval y Rojas, marqués de Denia y elevado prontamente a la condición de duque de Lerma, su amigo más íntimo y confidente, y escasamente más apto que el monarca para el ejercicio del poder.

Lerma y su familia procedían de Castilla la Vieja; había nacido en Tordesi­llas y consolidó su linaje desposando a la hija del duque de Medinaceli. Su condición social y su amistad con el rey eran sus únicas virtudes para el cargo. A los 45 años, el único cargo importante —y en el que no se había distinguido— era el de virrey de Valencia, que Felipe II le había confiado, no por sus méritos, sino para alejarle del príncipe.

Es cierto que abogó en todo mo­mento por una política de paz y que trató de liberar a España de sus compro­misos imperiales en el norte y el centro de Europa, pero esas cualidades habrían sido más convincentes si Lerma hubiera intentado utilizar la paz como medio para reformular las prioridades españolas, aliviar al contribuyente y proseguir una política de ahorros y reforma.

Lerma quería el poder, no para gobernar, sino para adquirir prestigio, y so­bre todo, riqueza. En su afán de conseguirla se mostró activo y sin escrúpulos. Distribuyó títulos y oficios para seleccionar un grupo de favoritos hasta que consiguió toda una facción afecta a él. La ve­nalidad de Lerma está fuera de toda duda, aunque es difícil concluir si ejerció una influencia corruptora sobre la vida pública española. Es poco probable que el núcleo fundamental de la burocracia se viera afectado por la influencia de Lerma, pues el funcionariado español no era tan sensible a los cambios como el rey. Sin embargo, en el traslado de la corte a Valladolid (1601-1606), así como la política viajera del rey, cuidadosamente planificada, Lerma pretendía alejar al monarca de influencias ajenas, a la vez que acrecentar su poder personal, su influencia y sus propiedades.

La novedad de un monarca débil y un valido poderoso, no sólo impresionó a los contemporáneos, que consideraron el año 1598 como el fin de una era, sino que también, historiadores posteriores han considerado que ese año fue un punto de inflexión en la Historia de España: el momento en que el gobierno personal del monarca dejó paso al de los validos.

Foto: El duque de Lerma de Pedro Pablo Rubens. 1603. Museo del Prado. Madrid.

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