martes, 27 de agosto de 2013

Unidades del Ejército Colonial Español en África: Las Harkas

Miembros de una harka amiga
exploran el terreno
Durante la época del ejército colonial en África, las harkas fueron unas unidades que jugaron un papel muy importante. Se originaron como unidades de cobertura que se destacaban a vanguardia de las tropas regulares con el objetivo de descubrir y fijar al enemigo en sus posiciones para posteriormente dar paso a las fuerzas de cCabila, para actuar en una campaña determinada y que se desmovilizan al acabar la misma.
ombate. Eran fuerzas que se reclutaban entre los miembros de una misma
Aunque eran unas fuerzas de escasa consistencia, ejercieron una gran labor especialmente durante las razzias en las que se las destacaba a los poblados como acción previa a la operación de las unidades regulares. A pesar de esto, los gastos que ocasionaba su mantenimiento no eran suficientes para justificar su rendimiento.
La harka amiga en los montes de Beni Ulixek
Las harkas se organizaban en torno a los kadies. Sus componentes eran todos marroquíes, aunque se encuadraban con oficiales y suboficiales españoles. Eran fuerzas muy aptas para la guerra en Marruecos, pero mal instruidas y mal armadas, sus miembros iban armados sólo con fusiles y en ocasiones con granadas de mano. Poco o escasamente disciplinadas, con el tiempo al mando de sus jefes españoles y marroquíes fueron tan eficaces que incluso actuaron como tropas de choque en el desembarco de Alhucemas.
Como decía el comandante Francisco del Rosal,  Jefe de la Harka de Larache:
 “Había que tener en cuenta, esos momentos, la idiosincrasia de los combatientes moros, acostumbrados desde pequeños al sistema de caudillaje, por el que siguen a un líder, al principio por respeto y después por admiración, y que al no estar mandados permanentemente por los mismos oficiales y no ser su operativa regular hacía de estas unidades un verdadero desastre a la hora de tomar parte en las operaciones. Normalmente no se llegaba a reunir a más la mitad de la plantilla para intervenir en una operación”.
Un grupo de de harqueños amigos
con la bandera española para
evitar confundidos con el enemigo
Las primeras harkas que combatieran a favor de España de las que se tiene noticia fue las que lo hicieron en la Campaña del Kert de 1911: las del Zoco El Hach de Beni-Sicar, Beni-Sidel y Beni-Bu-Gafar, mandadas por los prestigiosos kaídes Abd-El-Kader, Butie y Mizzian.
El comandante del Rosal, en la Revista de Tropas Coloniales de abril de 1926, decía de las primeras harkas que:
“Las antiguas eran contingentes que se enviaban delante de las tropas organizadas, que descubrían al enemigo y lo fijaban, dando paso a las unidades regulares, volviendo a actuar en las razzias, dirigiéndose contra los poblados enemigos pero protegidas por unidades regulares. Eso no obstante, no tenían disciplina, mal armadas, con mala recluta y organización y sin continuidad, lo que hacía que no se pudiera esperar de ellas que alcanzasen grandes logros”.
Esta situación obligó a modificar su estructura, organización y empleo de una manera radical. Se estructuraron y organizaron, igual que el resto de las fuerzas regulares, en torno a Tabores, se las somete a una perfecta instrucción de combate y se les reduce notablemente la impedimenta con lo que se convierten en unas unidades sólidas, disciplinadas  y muy maniobreras. Se las dota de un mando permanente, con los mismos oficiales y aunque siguen conservando su cometido original de fuerzas de cobertura, ya están preparadas de modo eficaz para el combate y pueden ser empleadas en cualquier parte del territorio como demostraron en Alhucemas.
En los periodos de paz, realizaban igualmente una importante labor. Se desplegaban por todo el territorio en Mías, preparaban emboscadas, taponaban los caminos de acceso del enemigo, sorprendían convoyes y salían siempre al paso del enemigo y realizaban la seguridad de las Cabilas a las que están adscritas, dándolas un apoyo real y efectivo. También realizaban incursiones en el territorio enemigo, sembrando la alarma en ellos, ya sea en pequeñas partidas de tipo sección, o bien agrupadas en Mías o Tabores, cuando el objetivo era más difícil.
Harkeño parapetado tras un muro armado con un fusil 

En un principio eran conocidas por los nombres de las Cabilas en las que se reclutaban, o bien por los de sus jefes, ya fuesen marroquíes o españoles, y algunas recibieron el nombre de la región en las que se las reclutaba.

Las harkas

En 1919 en la zona de Larache se crean las de los kaídes Metugi con 100 hombres y la de Guelagui, con 50. En julio de 1921 existían como tales la de Alcázar, con 146 hombres y la del kaid Melali con 346.
En 1921 en la zona de Melilla el general Fernández Silvestre, en sus intentos de aprovisionar la posición de Igueriben, utiliza a la Policía Indígena, a los Regulares y a las harkas amigas de Beni-Said, al mando de Kadur Amar y la de M'Talza, mandada por Burrahay, que forman la vanguardia, pero pese al esfuerzo empleado y debido a las bajas sufridas, no consiguen llevar a la posición las provisiones. Un superviviente relata: «las harkas amigas, que iban en vanguardia, han sido deshechas y ha necesitado la Policía reemplazarlas». Abd-El-Kader, de la cábila de Beni-Sicar, que actúa en vanguardia. A la de lguerman se le añade la de Frajana, a las órdenes de Aomar Abellen, formando ambas parte de la columna del coronel Riquelme, que está compuesta por indígenas de Regulares, Policía y harkas. El 22 de noviembre intervienen en la ocupación sucesiva de Yazanen y Ras Medua, pasando a ser conocidas con el nombre de Idalas. Al poco tiempo se les unió la Idala de Beni-Sidel, mandada por El Aurachi. Estas unidades indígenas fueron felicitadas en repetidas ocasiones.
El comandante López Bravo con un grupo de beniurriagueles de su harka,
entre ellos, el kaid Alux
En octubre del mismo año, en la ocupación de Taxuda, interviene la harka amiga de
En 1922 en la zona de Afrau actúa en favor de España la de Beni-Said, al mando de uno de los kaides que siempre fue fiel a España: Mohamed Ben Amar Uchen y en la zona de Afsó se utilizan las de Ulad Settut y Beni Bu Yahi, con un total de 150 hombres.
Entre las más famosas mandadas por kaides indígenas estaba la de Abdelmalek, que siempre se mantuvo fiel a España, murió en combate en 1923 en Midar y fue enterrado en Tetuán con la presencia de las primeras autoridades marroquíes y españolas. Otra famosa fue la de Soliman el Jatabi, primo del cabecilla Abd El Krim, de la belicosa tribu de los Beni Urriaguel.
Un grupo de harqueños escoltan la bandera
española durante los combates en
Melilla en 1921
Entre las mandadas por españoles destacan la de Muñoz Grandes, que se formó con supervivientes de la de Abdelmalek, las de Varela, Martínez Zaldívar, López Bravo o la de Capaz. La de éste último en junio de 1926, compuesta por 1000 indígenas, divididos en Tabores, Mías e Idalas, partió del Rif central y atravesando el territorio enemigo ocupó todas las antiguas posiciones españolas de la costa de Uad-Lau y uniéndose a la de López Bravo, compuesta por 1000 beniurriagueles, siguieron el cauce del Lau hasta llegar a Xauen, ocupando la ciudad y las antiguas posiciones que la circundaban y defendían.
La de Varela contaba con unos efectivos de 850 marroquíes, de ellos 120 a caballo, con los que se constituyen seis Mías de infantería y una de caballería. Los mandos indígenas son un kaid de Tabor y seis de Mía y en cada una de éstas hay tres sargentos y seis cabos, todos indígenas, veteranos de Regulares o Mehal-las. En 1925 consta de seis Mías de infantería, agrupadas en dos Tabores y reciben reclutas de la zona de Larache y de la Cabila de Abdelmalek. Interviene en vanguardia en el desembarco de Alhucemas. En 1925 sus efectivos ascendían a 858 indígenas, de ellos 8 kaídes y 40 españoles. Entre 1924 y 1927 mueren 6 oficiales españoles y 3 marroquíes, corriendo igual suerte 255 harqueños y resultan heridos 8 kaídes y 703 harqueños.
Maimón Yaador, harqueño
al servicio de España
La harka de Tetuán, que llegó a contar con cuatro Tabores mixtos de infantería y caballería, con una plantilla en 1925 de 1213 indígenas, de ellos 13 kaídes y solo 57 españoles. La de Larache contó con dos Tabores mixtos con 607 indígenas, de ellos 7 kaídes y 37 españoles.
La harka de Beni Urriaguel intervino en la pacificación de la zona del Rif, se amplió con la Solimán El Jatabi, y llegó a disponer de 7 Mías, mandadas por kaídes rifeños. Amar Uchen siguió mandando la de los Beni Said y entre octubre de 1926 y octubre de 1927, se utilizaron diversas Mías de las Cabilas de Tensaman, Beni Ulixech, Guelaia, Beni Tuzin y Beni Buyahi, cada una mandada por un kaid de Mía, que tenía a sus órdenes un kaíd por cada 25 hombres.

También existieron otras harkas auxiliares de pocos efectivos que se utilizaron según las necesidades de las campañas. Otras se utilizaron para crear Mehal-las, como la harka del Amalato del Rif. Al finalizar las campañas, muchos de sus componentes pasaron a las Mehal-las y a las Mehaznías.


Cuatro de los oficiales españoles de las harkas se hicieron merecedores de la Cruz Laureada de San Fernando a título individual y diez a la Medalla Militar Individual.

viernes, 2 de agosto de 2013

El Castillo de San Felipe, la defensa de la Ría de Ferrol

Puerta de entrada al Patio de Armas
El Castillo de San Felipe es una fortaleza defensiva del siglo XVI ubicado en la ría de Ferrol que junto al Castillo de La Palma y al Castillo de San Martin defienden la entrada de la ría de Ferrol formando el llamado triángulo de fuego para la defensa de la Ría. Este sistema defensivo se planteó ante la necesidad de resguardo y aprovisionamiento para las Armadas de los Reyes de la Casa de Austria y permitió una defensa capaz de proteger las instalaciones militares ante previsibles ataques enemigos, tanto por tierra como por mar, ya que los castillos formaban un peligroso e insuperable triángulo de fuego. Permitían, además, la colocación de una cadena tendida entre el Castillo de San Felipe y el de San Martín que impediría la entrada de tropas enemigas.
Defensas del Castillo de San Felipe dominando la entrada a la Ría de Ferrol
Garita de vigilancia
Estas fortificaciones dieron probada muestra de su valor estratégico y disuasorio en varias ocasiones, así en 1693, durante el ataque del Almirante Henri D´Escobleau de Sourdis a la Base Naval ferrolana, las fuerzas francesas fueron rechazadas con facilidad. Igualmente el 26 de agosto de 1800 se produjo el ataque inglés, al mando del general Pultney, desembarcando las tropas inglesas en las playas de Doniños y San Jorge con el objetivo de arrasar el Arsenal de la Marina y fueron sucesivamente rechazadas desde el Castillo de San Felipe, retirándose a los Altos de Brión, donde culminó la victoria española.

El Castillo fue construido en 1589 por iniciativa del rey Felipe II, a quien debe su nombre, sufriendo sucesivos cambios hasta el siglo XVIII en que adopta la actual disposición. Tiene planta en punta de flecha y dirigía hacia el mar una doble línea de fuego organizada en dos pisos, proyectando hacia su frente de tierra un gran hornabeque, que se formaba en base a dos muros largos unidos por un frente de baluartes y una cortina intermedia. Fue sufriendo sucesivas reformas
Plano del Castillo
en su estructura entre 1731 y 1775, según diseños concebidos por los ingenieros Francisco Montaigú, Juan de la Ferrière y Juan Vergel. En el siglo XVIII era considerado un ejemplo de “batería abaluartada”, gracias a que por una parte, disponía de una zona con baterías de cañones dirigidos al mar, complementada con las de los castillos de La Palma y de San Martín; y por la otra, contaría con un sistema de baluartes o muros salientes cubriendo los flancos de las cortinas o muros frontales, pensada para rechazar también los ataques por tierra.


Patio de Armas
Para entrar en él se cruza el foso que rodea al castillo y se accede por la puerta principal, tras cruzar el puente levadizo. Pasado el Cuerpo de Guardia se accede a una plaza con cuatro accesos en cuyo frente se encuentra la zona más antigua  donde se sitúan las baterías y otros edificios de apoyo y almacenamiento de municiones. Interesante es la entrada monumental que da acceso a la plaza de armas, de construcción muy sencilla, presidida por un arco central, de fábrica lisa coronada por una forma curva airosa y monumental. Sobre su arco de entrada debió estar previsto el engaste de un escudo real.
Castillo de La Palma visto desde el Castillo de San Felipe


Agustina Zaragoza Domenech: "Agustina de Aragón"

Agustina de Aragón de
Ferrer Dalmau.2012
Otro de los personajes ilustres de nuestro ejército fue la ya famosa “Agustina de Aragón”, la más conocida de las heroínas de los sitios durante la Guerra de la Independencia, aquí os pongo un extracto de su historia:
En la mañana del día 2 de Julio de 1606, se hallaba Agustina haciendo las faenas propias de una humilde ama de casa, cuando un espantoso ruido, producido por una explosión de granada de cañón, hace trepidar la casa. Se asomó a la calle y pudo ver como los zaragozanos corrían para acudir a defender las entradas de la capital, prorrumpiendo en ensordecedores ¡Vivas! a España y a Fernando VII.
Estampa de Juan Gálvez y
Fernando Bambilla, publicada
en Cádiz en 1812-13
Su marido, Sargento segundo de Artillería, participaba en la defensa del Portillo de San Agustín, Agustina se lanza a la calle y pronto se une a un grupo de hombres que se dirigen al Portillo. Llega rápidamente y busca a su esposo, al que no ve por ningún lado, pues la atmósfera es casi irrespirable por el humo de la pólvora y el polvo de los cascotes que se desmoronan bajo la metralla. Un artillero surge entre los heridos y cuando va a aproximar la mecha a un cañón, cae abatido por las balas francesas, con lo que el enemigo pone el pie en las barricadas del Portillo.

Agustina, enardecida por una fuerza extraña y sobrenatural, se lanza sobre el artillero moribundo, le arranca de sus manos la mecha y al grito de ¡VIVA ESPANA' la aplica al cañón. La descarga hace verdaderos estragos en las filas de los sitiadores.
Animados por su acto, resurgen en las balerías algunos soldados heridos a los que se unieron paisanos que se hallaban parapetados por las calles próximas. Agustina, cada vez más enardecida, los arenga y anima a reanudar la pelea con mayor ardor. Vuelto a cargar el cañón, lo dispara de nuevo cuando los franceses ya empiezan a retroceder.
Agustina vestida con su  uniforme
de Infantería. Cuadro de José Antonio Márquez
El General Palafox, que manda las fuerzas de la Plaza, enterado del hecho ordenó que llevasen a su presencia a la heroica joven, pero ella contestó al emisario: "Agustina Zaragoza no abandonará su puesto mientras la batalla continúe". El General, al recibir tal respuesta, se presenta en el Portillo con su Estado Mayor y queda admirado ante la escena, en donde la figura principal es una mujer, a la que desde entonces se conocerá como "La Artillera".
Al terminar el combare, Palafox cogió las jinetas de un Sargento muerto y las colocó sobre los hombros de la heroica Agustina "cuya honrosa misión había representado tan dignamente", además de concederle el Escudo de Defensor de la Patria y la Cruz de Distinción del Primer Sitio de Zaragoza.
La Junta Central de Defensa, en nombre del Rey Fernando VII, por su resolución de 30 de Agosto de 1809, concedió a Dña. Agustina Zaragoza Doménech el grado de Subteniente Honorario de infantería con goce de haber, en atención a los extraordinarios méritos y heroica actuación en la jornada del 2 de Julio de 1808 defendiendo a la Patria durante el Primer Sitio de la Inmortal ciudad de Zaragoza.
Durante el Segundo Sitio de Zaragoza, Agustina ocupó siempre puesto distinguido entre los defensores, realizando prodigios de valor en la balería de la Puerta del Carmen, cuyos primeros disparos fueron hechos por su propia mano en el intento de reconquista del convenlo de la Trinidad Descalza, y en las salidas que pocos días después hicieran los sitiados.
Al entrar en Zaragoza las huestes de Napoleón, Agustina fue herida, logrando refugiarse en el convenlo de la comunidad agustina en unión de su marido, que también estaba herido de cierta importancia. Allí fueron hechos prisioneros y conducidos a Francia, donde su marido consigue la libertad y ella logra evadirse regresando a España tras un calvario de hambre, frio y miseria.
Ya en España, se presenta en Tortosa al General Jefe de aquel Cantón, siendo rápidamente destinada a una batería y tomando parle activa en la defensa de la ciudad. Rendida Tortosa, fue hecha prisionera por segunda vez, pero con motivo de un canje recobra la libertad incorporándose al Ejército del Norte, con el que asiste a la decisiva batalla de Viloria.
Murió en Ceuta el 29 de Mayo de 1857 a los 71 años de edad, víctima de una afección pulmonar,  siendo amortajada con su uniforme. En 1870 se trasladaron sus restos a Zaragoza, rindiendo al cadáver honores de Capitán General siendo depositado en el templo de Nuestra Señora del Pilar.
Monumento a las Heroínas de los Sitios en la Plaza del Portillo de Zaragoza
. Obra del escultor Mariano Benlliure. 1908


Desde el 14 de junio de 1908, sus restos descansan en la capilla de la Anunciación de la Iglesia de Nuestra Señora del Portillo, muy cerca del lugar donde tan valientemente había luchado durante la Guerra de la Independencia, donde son venerados como los de una gran heroína que con valor y decisión repelió las adversidades. Se la considera como uno de los símbolos más representativos de la resistencia española contra los invasores napoleónicos.

martes, 23 de julio de 2013

El Castillo de Argüeso

Castillo de Argüeso
No fue Cantabria tierra pródiga en  castillos o, al menos, no se han conservado. Sólo las villas marineras se dotaron de castillos para proteger sus puertos como Castro Urdiales, San Vicente de la Barquera y Santander, que no se conserva.
Un caso singular es el Castillo de San Vicente de Argüeso, que situado en lo alto de un cerro custodiaba el acceso a Castilla desde la costa a través del valle del Saja. Pertenece al término municipal de Hermandad de Campoo de Suso.
Se trata de una fortaleza de carácter militar y de estilo gótico, siendo la más antigua y destacada muestra de castillo roqueño de Cantabria. La unidad del conjunto está compuesta por dos torres, ligeramente desviadas para adaptarse a la topografía del terreno, construidas en los siglos XIII y XIV que presentan puertas en altura y ventanas con arcos trilobulados.
Plano del castillo

Ambas torres se encuentran unidas por un cuerpo central de tres plantas, construido en el siglo XV, con arcos ojivales, ventanas conopiales y matacanes ―parapeto de madera apoyado sobre ménsulas de piedra― uno orientado al norte y otro al sur con el objeto de defender los puntos más débiles del recinto. Esta garita estuvo custodiada por el cuerpo de guardia del castillo que vigilaba entradas y salidas y defendía la fortaleza con armas arrojadizas a través de saeteras y trampillas.
La barbacana cierra el castillo como si se tratara de una muralla de gran espesor que se alza sobre los riscos del terreno.
Torre 
El castillo de Argüeso era la fortaleza de la casa de Mendoza en las tierras altas de Campoo y  guarda relación con las luchas entre señores de fines de la Edad Media. Doña Leonor de la Vega, “la leona de Castilla”, habitó temporalmente el castillo defendiendo contra los Manrique de Lara.
Du hijo,  don Íñigo López de Mendoza, noble y literato, que merecerá el título de Marqués  de Santillana, fue desde el principio un miembro de la alta nobleza castellana como heredero de los linajes de la Vega, radicado en Asturias de Santillana, y de los Mendoza, con extensas posesiones en el centro de Castilla.
Puerta de acceso.
Vista interior
A su muerte en 1455 las tierras de Argüeso, como las de Santillana, pasan a su primogénito, Diego Hurtado de Mendoza, que alcanzará el título de Duque del Infantado. A éste le sucederá su hijo primogénito llamado Iñigo que porta de nuevo los títulos de II Duque del Infantado y Marqués de Santillana, a los que añade ya el de Marqués de Argüeso y Campoo.
El castillo será en adelante residencia del alcaide de la fortaleza y Justicia Mayor del Marquesado.
Los siglos que preceden a la construcción del castillo fueron tiempos de reconquista y repoblación, siglos de arte prerrománico y románico y sobre todo, siglos de necrópolis. Los restos materiales que quedan de aquellos tiempos como memoria histórica son fundamentalmente los enterramientos.
El castillo ha sido restaurado por el Gobierno de Cantabria y el Ayuntamiento de la Hermandad de Campoo de Suso respetando su estructura original. Es digno de mención el trabajo artesanal realizado sobre madera noble.

Salón principal
En las labores de restauración se comprobó que antes del castillo hubo en el lugar una ermita dedicada, según documentos de la época, a San Vicente Mártir. Los muros de la ermita se han encontrado en el sótano de la torre del sur. Alrededor de la ermita se generó una necrópolis en torno al siglo IX. La presencia de tumbas con forma de cista realizadas a base de lajas de piedra, recuerda la primitiva condición de camposanto que tuvo el lugar durante la Edad Media, antes de que el castillo se erigiese. Esta garita estuvo custodiada por el cuerpo de guardia del castillo que vigilaba entradas y salidas y defendía la fortaleza con armas arrojadizas a través de saeteras y trampillas.
Litografía del castillo de Argüeso

jueves, 4 de julio de 2013

El Teniente de Infantería Jacinto Ruiz de Mendoza, héroe del 2 de mayo

Grabado del Teniente Ruiz realizado
por Mariano Benlliure en 1891.
Museo del Ejército. Madrid
El Teniente Ruiz es otro de los Infantes ilustres que llenan de gloria y heroísmo al Ejército Español que tantas vidas ha dado en defensa de su patria. Tomó parte activa en los acontecimientos madrileños del 2 de mayo de 1808 siendo reconocido su valor y heroísmo junto a los Capitanes de Artillería Daoiz y Velarde. Este es un pequeño homenaje a su figura.

Postrado en el lecho, presa de violenta fiebre, yacía el Teniente Ruiz Mendoza en las primeras horas de la mañana del 2 de Mayo de 1808, cuando sonaron las primeras descargas en las calles de Madrid. Sin que le detenga lo precario de su estado, se viste de uniforme y se traslada con paso vacilante al Regimiento de Voluntarios del Estado, donde estaba destinado, y cuyo acuartelamiento se encontraba en la Calle Ancha de San Bernardo, muy cerca del Parque de Artillería.
Llega al Regimiento en el momento en que su Coronel, cediendo a las instancias del Capitán de Artillería D. Pedro Velarde y al deseo popular, se decide a enviar a la 3ª Compañía del 2º Batallón, al mando del Capitán D. Rafael Goicochea, para que se hiciera respetar dicho Parque, donde los franceses tenían establecida una fuerte guardia, bajo pretexto de custodiar algunos efectos que intencionadamente habían depositado allí, con objeto de apoderarse del Centro Militar en el momento que más les conviniera.
En aquella Compañía era Subalterno el valeroso Teniente Ruiz, siendo sus reducidos efectivos de treinta y ocho hombres, entre Oficiales, Cadetes, Sargentos, Cabos y Soldados.

Encontraron cerrada la puerta del Cuartel de Artillería y sólo practicable un postigo, custodiado por un artillero español, el cual mandó hacer alto. Detiene el Capitán Goicochea su Compañía y penetra en el Parque, seguido del Teniente Ruiz para notificar su llegada al Jefe del Establecimiento, encontrando en el patio al Capitán D. Luis Daoiz, que era en aquellos momentos el más caracterizado de los oficiales allí presentes. El insigne artillero sostenía dentro de sí una terrible lucha entre el deber y el patriotismo. Al cabo de un momento fija su resolución y rompiendo en pedazos la orden que tenía, desnuda su espada y manda franquear las puertas a las masas populares y a las exiguas fuerzas del Capitán Goicochea.
Monumento al Teniente Ruiz en la
Plaza del  Rey de Madrid.
Mariano Benlliure. 1891
Una vez dentro del Parque y tras desarmar y arrestar a la guardia francesa, son entregadas las armas a los paisanos, saliendo éstos, acto seguido, en busca del enemigo; logrando el Capitán Velarde retener a unos ochenta para reforzar la defensa del Centro.
Organizada la defensa, primera resistencia militar que encontraron los franceses en España, aquel puñado de valientes se disponía a medirse con los veteranos soldados de la División Lefranc que acantonada en San Bernardo, se acercaba por la Calle Ancha dispuesta a apoderarse del Parque.
En el fragor de los choques, el Teniente Ruiz recibe un balazo en el brazo izquierdo, en el cual se le ata fuertemente un pañuelo, y con este improvisado apósito vuelve a su puesto más enardecido si cabe, no cesando de dar voces de ¡fuego artilleros!
Lápidas frontal y posterior del Monumento al
Teniente Ruiz en la  Plaza del Rey de Madrid
El Capitán Daoiz que dirige la defensa y que se encuentra gravemente herido en una pierna, en vista de la superioridad aplastante del enemigo y ante la gran cantidad de heridos entre los defensores, intenta la capitulación, para lo cual penetra en el Parque el Jefe de las fuerzas francesas, quien olvidando la jerarquía y el estado en que se encontraba el heroico Capitán, habló a éste en tono desconsiderado a la par que vejatorio, y sin atender a razones mandó cargar de nuevo contra las ya escasas fuerzas que aún resistían en el interior del acuartelamiento.
Daoiz cae mortalmente herido y Velarde al acudir en auxilio de su compañero cae también abatido por certero disparo. Solamente el Teniente Ruiz, aunque maltrecho, sigue combatiendo heroicamente, hasta que un segundo balazo le atraviesa el pecho, cayendo a tierra casi exánime, y con él, el último baluarte de tan épica defensa.
Busto de Teniente Ruiz en su localidad natal,
Ceuta, en la plaza que lleva su nombre.
Confundido entre los muertos permaneció largo rato medio desangrado, hasta ser rescatado por sus soldados. Curado de sus heridas, se traslada contra todo pronóstico dada la gravedad de las mismas, hasta Badajoz a ocupar destino de Oficial en el Regimiento de la Guardia Walona, donde por su heroísmo es premiado con el grado honorífico de Teniente Coronel del Ejército.
Desde Badajoz se traslada a Trujillo, donde llega con la herida del pecho abierta, lo que agravó su estado de modo alarmante, muriendo el 13 de marzo de 1809, a los veintinueve años de edad, después de grandes sufrimientos, que soportó con una entereza admirable. Fue enterrado en la iglesia de San Martín en una tumba sin lápida ni inscripción. La Gaceta de Madrid del 23 de marzo de 1815 reconoció, a petición de su padre y bajo la firma del rey, su sacrificio en la jornada del 2 de mayo.

Después su figura caería en un cierto olvido, en comparación a sus compañeros de Artillería, los Capitanes Daoíz y Velarde, hasta que en 1890 el gobierno de Sagasta promovió la construcción del bello monumento dedicado a su figura y realizado por Mariano Benlliure que se encuentra en la madrileña plaza del Rey. Finalmente, en el primer centenario, sus restos fueron trasladados a la plaza de la Lealtad, donde reposan hoy junto a los de las víctimas y los demás héroes con quienes combatió aquel 2 de mayo de 1808.

Su nombre figuraba en cabeza de los Tenientes de Infantería en la Escalilla del Arma, con el texto:
“Mártir de la Independencia Española. Murió en Trujillo el día 13 de Marzo de 1809, a consecuencia de las heridas que recibió peleando heroicamente el 2 de Mayo de 1808, en el Parque de Artillería de Madrid”.